Revista Intemperie

Libre defensa de un canon obligatorio de textos literarios en la escuela chilena

Por: Ignacio Álvarez
canon

En el marco de la discusión por educación pública, Ignacio Álvarez aborda el tema del plan de lectura, y defiende la importancia de canon literario mínimo.

 

Hay demasiadas lagunas en la relación que existe entre la literatura y el mundo escolar. Y digo “demasiadas” a la antigua, como cuando quería decir que esas lagunas comienzan a ser intolerables. Solo una, para comenzar: no es nada evidente la razón por la cual deben leerse textos literarios en la escuela. ¿Porque son la expresión depurada de nuestra alta cultura? Mentira: cualquier lector sabe que un juicio estético es siempre un juicio ideológico, y el contenido de esa “alta cultura” siempre será discutible. ¿Porque la literatura es la mejor expresión de nuestro idioma? Mentira: nadie aprende a escribir correctamente con Roberto Parra, pero Roberto Para es indispensable en la literatura chilena. ¿Porque convoca experiencias diferentes a la propia? Por ahí nos iríamos entendiendo, pero la literatura no tiene ningún monopolio al respecto. Es una discusión larga, y habrá que tenerla alguna vez.

Otra laguna, más abordable, no es ya si deben o no leerse textos literarios en la escuela, sino qué libros son los que deben leerse. Esa pregunta fue respondida, durante los gobiernos de la Concertación, con un criterio liberal y otro pedagógico. Según el criterio pedagógico los profesores tenían que considerar la madurez de sus estudiantes, sus habilidades de lectura y también sus intereses. El estado, decía el criterio liberal, no puede imponer textos obligatorios sino solo sugerir algunas obras que se adapten a cada audiencia. Ambos criterios parecen sensatos y respondieron, por cierto, al legado irracional de la dictadura.

Lo que hace veinte años fue una parte de la solución, sin embargo, hoy día es parte de un problema grave. La libertad terminó materializada, para cada escuela y hasta para cada profesor, en pequeñas listas de lectura muy restringidas, muy pobres y paradojalmente muy autoritarias. Para algunos de mis amigos los relatos más significativos de su adolescencia fueron Pregúntale a Alicia y Love Story. Conozco generaciones marcadas a fuego por Juventud en éxtasis. No voy a echarle la culpa a los profesores: son textos escogidos desde una mirada equivocadamente pedagógica, claro, textos escogidos con la mejor intención del mundo pero en el descampado cultural más absoluto. De eso son muy responsables también los departamentos de literatura de las universidades chilenas, nada interesados en ensuciarse las manos con un poco de escolaridad (esto también da para otra columna, así es que lo dejo).

Creo que podríamos comenzar a hablar de nuevo sobre literatura en la sala de clases si nos decidiéramos, como la sociedad diversa que somos, a proponer un canon para la escuela. Un canon, sí: un puñado de libros obligatorios, un grupo de textos que consideramos valiosos y que nadie que haya pasado por la escuela se puede saltar. La cosa suena pésimo, pero creo que sabemos lo suficiente sobre violencia política como para evitarnos los errores más estúpidos. Lo que propongo es una lista, en primer lugar, tolerante: cabrían en ella Nicomedes Guzmán y Oscar Wilde, por ejemplo. Una lista provisoria: nadie puede esperar que un canon de este tipo dure para siempre, y debería renovarse periódicamente. Una lista parcial: que no cope todo el espacio de lecturas de la escuela, porque también puede ser una buena idea, en algún momento, zamparse un Harry Potter con un curso entusiasmado.

Un canon es más que un juicio literario: es un conjunto de lecturas compartidas, es un territorio común que nos comunica, imaginariamente, más allá de algunas de nuestras diferencias. No de todas, claro, tampoco hay que ser ingenuo. Es un intento, la muestra de una voluntad. Obligaría a las universidades a leer con cuidado, al menos, esos textos mínimos, y serviría como plataforma para una discusión que no las aísle del mundo exterior.

¿Es un riesgo? Claro que sí, pero creo que vale la pena correrlo. Quizá en veinte años el canon sea parte de un problema, pero ese es un problema que no conocemos y que por lo tanto no nos importa. El nuestro, el que nos acucia, es el de hoy.

 

Foto: Oscar Chávez

Ignacio Álvarez @reiaurelio, es académico del Departamento de Lengua y Literatura de la Universidad Alberto Hurtado

17 Comentarios

  1. Francisco Ovando dice:

    Bueno, pero parta proponiendo. ¿Cuales son los infaltables?

  2. Ignacio Álvarez dice:

    Tienta comenzar a armar una lista, pero creo que es un error. Antes hay que definir criterios. Y considerando solo la variable literatura (que debería combinarse con las estrictamente pedagógicas), yo creo que esa lista:
    1. Debe tener buenos textos, lo que sabemos que es excelente.
    1. Debe dialogar, desde la ficción, con los proyectos políticos de la historia de Chile y América Latina.
    2. Debe mostrar distintos modos en que se representa la realidad.
    3. Debe tener capas geográficas: la literatura de occidente, la de América Latina, la chilena, la que sale de estas clasificaciones.
    4. Debe ser identitariamente heterogéneo: textos que representan o que han sido escritos por mujeres, minorías étnicas y sexuales, etc.
    Se ve fome, claro. Pero tomando en cuenta todo eso, se me ocurren varios nombres: Martín Rivas e Hijo de ladrón; algunos ensayos de Martí, los cuentos de Borges, algún testimonio de las dictaduras (Tejas Verdes, por ejemplo), un Bolaño; Antígona o la Orestíada, Melville (¿Benito Cereno?) y un Philip K. Dick.
    Releo la lista y me falta poesía y mujeres y el mundo mapuche. Mala cosa, o buena al final: es claro que si hacemos un canon hay que hacerlo entre muchos.

  3. Francisco Ovando dice:

    Y el problema pasa también porque se ha dejado de enseñar literatura. Lenguaje y comunicación ha perdido la batalla contra contenidos añejos y los “nuevos medios” (como si los niños no nacieran sabiendo aquello, hoy por hoy). Y tal, la muralla aquella de que ya nadie lee, que es cierto. Le das un mes a un niño para terminar un libro de 120 páginas y sencillamente ni lo miran. Malos lectores que, además, no leerán ni a combos nos deja totalmente desarmados frente a estas intenciones.

    Si tuviera que armar un canon fundamental evitaría la literatura escrita en lengua extranjera. Si tuviese que elegir, digamos, me iría casi derechamente por autores chilenos. Algunos argentinos, un uruguayo. Y no es que sea nacionalista, pero es una pena cuando te das cuenta que la gente sale del colegio (incluyendo a la gente que se supone recibe una “buena educación” en privados) sin conocer a Lihn, Donoso, Bolaño, Juan Emar (con lo que se divierten los más chicos con Emar), Droguett, Eltit, Lira y así. Varios se me quedan fuera, claro. Quizás hasta agregar contemporáneos.

  4. Pablo dice:

    No sé por qué se confunde siempre el objetivo con el método específico. Comparto plenamente la demanda del autor por un canon específico. Ese es el objetivo central, en el que todos podemos consensuar. Una vez que consensuemos el objetivo, será hora de definir el canon mismo, donde obviamente habrá sólo divergencias (yo pondría a Arlt). En ausencia de canon,lo que ocurre en la práctica es que los profesores no saben qué enseñar. Andan como locos buscando títulos que puedan servir para jovenes. En esa búsqueda desesperada agarran lo primero que tenga promoción y que se vea fácil. En resumen, gana el mercado.
    En el fondo, este artículo pone el dedo en la llaga en un problema arqutípico de la izquierda chilena, que se ve también en muchos otros planos: por tratar de enfatizar la autonomía y la libre elección de los ciudadanos, termina por fortalecer la mercantilización

  5. Carola Melys dice:

    Me parece interesante y fundamental el tema que plantea Ignacio Álvarez en estos tiempos, pero creo -tal como se expresa en el texto- que la discusión tiene muchas aristas. Pero también creo, que se puede abordar el tema para tirar líneas, pero líneas un poco más gruesas. Decir que se necesita un canon no pasa de ser un petardo.
    La lista de criterios expuesta más abajo, en el post, me parece un punto de partida, discutible como debe ser toda propuesta.
    En mi opinión, basada en la práctica docente, no pueden dejarse de lado -sólo por ideología- a extranjeros. En un mundo globalizado es mucho lo que se puede ganar leyendo a Douglas Coupland o a Tao Lin. También es impresionante ver cómo se netretienen con Murakami, Auster y Mc Ewan. Entiendo y comparto la necesidad de leer excelentes autores chilenos y latinoamericanos, pero son mucho los factores en juego cuando nos enfrentamos a la lectura con adolescentes.
    Por último, también se debe considerar el número de copias existentes y el precio. A veces, esto se convierte en la piedra de tope.

  6. Francisco Ovando dice:

    Le haría un daño horrible a un escolar leer a Tao Lin, sobre todo pensar que con ese tipo de literatura se puede llegar a alguna parte.

  7. Me interesó mucho la columna de Ignacio, también porque -como escritor- estoy incursionando en la gestación de talleres literarios a “alumnos” (entiendo que la palabra es fea) de universidades y liceos.

    Ahora, me interesó eso de que del vacío cultural son también responsables los departamentos de literatura de las universidades chilenas, nada interesados en ensuciarse las manos con un poco de escolaridad. ¿Podrías ahondar más?

    Saludos desde Ciudad Sur.-

  8. Ignacio Álvarez dice:

    Si se comprueba que existe un relativo consenso con respecto a que podría ser atinado pensar un canon, solo eso sería ya sorprendente, y por lo mismo una gran ganancia en principio. Por supuesto, la discusión sobre qué libros incluir allí es muy otra. Habrá que dar la pelea en otros frentes, pero aprecio las reacciones de los comentadores.

  9. Ignacio Álvarez dice:

    A Luis Antonio:
    Creo que los especialistas en literatura chilenos, o al menos los profesores universitarios de literatura de las universidades chilenas, no hemos estado en general a la altura de las circunstancias. No hemos participado en la confección del currículum sino de modo muy accidental, como consultores expertos, es decir, para opinar a favor o en contra de un plato que prepararon otros..
    Los especialistas en literatura deberíamos saber qué es lo esencial de nuestro conocimiento que debe ser transmitido al sistema escolar, y me temo que no lo sabemos. No debiera ser ningún contenido, en todo caso, sino maneras de leer, creo yo.
    Este tipo de reflexión no aparece en los departamentos de literatura, en donde se privilegia el saber especializado o la opinión política generalizante. El artículo académico o el capitalismo tardío, para exagerar un poco. Si pensamos en las dos universidades más grandes de Santiago, ya no de Chile, la UChile y la PUC, no creo que sus departamentos de literatura se hayan pronunciado una sola vez sobre qué o cómo debería leerse en la escuela en los últimos veinte años. No digo sus académicos de modo individual, porque si lo han hecho ha sido al modo de los consultores. Digo institucionalmente, desde una reflexión política de su saber experto.
    Los científicos lo han hecho (conviene revisar el programa ECBI, enseñanza de la ciencia basada en la indagación). Su intento puede tener problemas, pero es al menos una propuesta, de parte de los científicos, sobre cómo se debe enseñar la ciencia.

  10. Ignacio Alvarez dice:

    Aclaración: digo la Uchile y la PUC solo porque son las universidades más grandes y, uno supone, tendrían más recursos para hacerse cargo de esto. No sugiero que mi propio departamento haya abordado el tema, porque nadie lo ha hecho.

  11. andrea palet dice:

    Estoy muy de acuerdo con Ignacio, en mi calidad de no experta en nada. Gracias por poner el tema, ojalá prenda y se discuta.

  12. Ismael Gavilan dice:

    Interesante columna y donde ciertamente se abren una sinnúmero de aristas. A la luz de lo que conozco y veo, aquí no sólo hay un problema de establecer un equilibrio entre gusto lector-capacidad de elección de los profesores del sistema y mercado, porque me da la impresion que eso sería una variante del axioma de la “autorregulación” que los actores involucrados podrían invocar por puro voluntarismo: me parece que el asunto va más allá -o más acá-: tiene que ver con la pauperización o hasta la degradación del rol de la literatura en tanto discurso crítico al interior del curriculum escolar que, como política nacional ha establecido una debacle desde, al menos 1995 en el área. Esto a mi parecer está confirmado con el documento Estándares Nacionales Para Profesores Egresados de Pedagogía en Educación Media que raya la cancha acerca de lo que debe saber un futuro profesor de lenguaje y que acaba de ser promulgados por el Mineduc hace poco más de mes y medio. Leer ese texto da pena…pero también deja que pensar el entendimiento funcionalista-comunicativo que se le otorga al lenguaje. Sin embargo, no se trata creo yo de hacer defensas corporativas: se trata de verificar cuál es el concepto o idea que se tiene del lenguaje en nuestra sociedad y verificar su más absoluta reduccion a un fenomeno funcional-comunicativo con lo que ello implica en un contexto ideologico más superstructural. La desaparición de la literatura tal como la hemos entendido al interior del curriculum escolar y aún más su acorralamiento dentro de los planes de estudio de las diversas Pedagogías del área creo que apunta no tan solo a una crisis de la cultura letrada, sino más bien a una acción más o menos concertada de erradicacion paulatina de las discursividades críticas en la formacion de los profesionales de la educacion en aras de ponerse en sintonía con las necesidades del “progreso y desarrollo” que la “sociedad” requiere: pienso que esto no puede ser visto como ajeno o desligado a la desaparicion del discurso filosófico en el mundo secundario, a los “cortes” de horas en Historia y a la desapariciòn a nivel “electivo” de las Artes Visuales y del Arte en general del horizonte escolar.
    Es verdad, ha habido muy poco debate serio respecto a este tema y muy poca bibliografía. Sólo conozco el inteligente y agudo libro del poeta y academico Sergio Mansilla Torres LA ENSEÑANZA DE LA LITERATURA COMO PRÁCTICA DE LIBERACIÓN (HACIA UNA EPISTEMOLOGÍA CRÍTICA DE LA LITERATURA) editado por Cuarto Propio el 2004 donde se asume criticamente lo que estoy declarando en este post. Da para mucho este asunto

  13. Tao Lin dice:

    Excelente la columna de Ignacio.
    Qué horror todo lo que escribe y comenta el jovencito Ovando. Sería bueno que guardara silencio por un rato y, mejor, se dedicara a leer, pues se nota que le faltan algunas lecturas.
    Saludos Cordiales,

    T.

  14. Ignacio Alvarez dice:

    Ismael:
    Concuerdo con la sensación de que algo debe hacerse. Concertarse, quizá, comenzar por reponer la importancia de la literatura aunque no nos pongamos nunca de acuerdo en las razones por las cuales la consideramos importante. Sí concuerdo con la importancia de ese libro de Sergio Mansilla: es la lectura del problema desde los estudios literarios y para los estudiosos de la literatura. Creo que hoy corresponde una mediación diferente.

  15. Héctor Rojas dice:

    Si bien preguntarse por un canon obligatorio es una buena invitación, iniciar el debate y determinan una lista fundamental no cambia el panorama. Hay un trabajo no realizado en la formación de lectores y en este sentido creo que las fábulas, los libros de autoayuda novelados y la estructura del viaje del héroe mítico, le han hecho demasiado daño a los lectores.
    En mi experiencia como docente lo más común fue encontrarme con lectores que bordaban los 18 años y leían novelas buscando moralejas, mensajes, consejos para la vida. Además, la pretensión de abordar 10 libros al año, imaginando que al menos de séptimo básico en adelante asimilarán 60 libros es una ilusión. Si abordaran 4 libros al año, pero haciendo una lectura detenida y reflexiva, con profesores formados en crítica y teoría, saldrían del colegio con más de veinte libros sobre los que podrían opinar sin dificultades.

  16. Ignacio Álvarez dice:

    Héctor:
    Tienes razón cuando dices que no cambia nada si no cambia el modo en que se lee en la escuela. ¿Cuál es el modo enque debe leerse en los colegios? Esa es una cuestión sobre la que deben opinar no solo los didactas sino también los que estudian la literatura. Tampoco lo han hecho, y no creo que sea muy claro.
    Por otro lado, el establecimiento de un canon puede exigir mejores lecturas para esos textos, y de ese modo indirecto incidir en el problema que apuntas.

  17. Noe Sancho dice:

    Una son los autores, otra son los géneros. No es canon, pero debiera ser también parte del criterio, que sean de todos los géneros. Más poesía! más dramaturgia, de la nueva dramaturgia!…
    La única duda que me queda, es cómo aplicar el criterio: “Debe tener buenos textos, lo que sabemos que es excelente”. ¿Cómo se aplica? ¿Quién lo determina? ¿Qué pasa con las nuevas creaciones?… se me hace difícil pensar en cómo aplicarlo.
    Por otro lado, el tema de mediar las lecturas es fundamental… no es sólo qué leer, sino también CÓMO leer…. y ahí hay mucho camino también por recorrer.
    Y saludos don Ignacio! qué placer leerlo por acá 😉

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