Revista Intemperie

Cuatro llaves para nadar en Mar Negro de Ana Arzoumanian

Por: Andrea Jeftanovic
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Andrea Jeftanovic introduce la literatura de la escritora argentina Ana Arzoumanian, todavía dándose a conocer en nuestro país, a partir de cuatro claves que permiten “transformar el odio en belleza”.

 

Me gusta cuando llego a las personas a través de sus libros, en esa hermosa práctica de ser mensajeros o chasquis de otros autores, de establecer una red de contrabando con libros en maletas hasta armar esa cadena de sintonías y complicidades. Un libro de Ana Arzoumanian, Cuando todo acabe todo acabará, me llegó de manos de la escritora Carina Maguregui. Inmediatamente me capturó su ritmo, la pulsión de un lenguaje vasto en sensualidad y reflexión política; una combinación compleja que oscila entre el deseo y la catástrofe.

Luego vendrían más libros. Un recorrido que me llevaría por sus otras escrituras, narrativa alternada con poesía y ensayo. Y más, porque esta autora nacida en Buenos Aires, de formación abogada y con estudios en psicoanálisis lacaniano, es además traductora. En todos sus proyectos hay un pacto con la palabra y con la lengua; así es como esta políglota y fértil escritora cuenta ya con diez títulos a su haber. En poesía, Labios, Debajo de la piedra, El ahogadero, Cuando todo acabe todo acabará, Káukaso; en novela, La mujer de ellos; los relatos La granada, Mía (relaciones filiales), Juana I (sobre el personaje de Juana la Loca); y el ensayo El depósito humano: una geografía de la desaparición.

Ana, de origen armenio, ha dedicado parte importante de su obra a pensar el genocidio de su pueblo. La autora construye un universo propio con las desobediencias del lenguaje: ya sea en prosa o poesía, es intensa y opresiva, gira alrededor de la desolación individual y colectiva, y, al mismo tiempo, es capaz de sedimentar tradiciones superpuestas, la permeabilidad del lugar de origen con el lugar de destino, los territorios deseados o necesitados.

Para entrar a la obra de Ana hay que tener llaves. Propongo aquí cuatro:

Primera llave. Transformar el odio en belleza/ Atravesar el silencio

Tomando una cita de la dramaturga española Angélica Liddell, creo que una primera llave es “transformar el odio en belleza”. Hablar de ese odio con belleza es doblemente violento, en un intento de contar y no poder hacerlo, de pensar la palabra como un artefacto explosivo y seductor, pero demoledor.

La autora cincela esa “forma” a través de un tapiz-filigrana en el que se entrelazan hebras de terror, geografías, lenguas, crímenes, historia, cuerpos ávidos, cabezas decapitadas, diásporas. Creación e injusticia, literatura y dolor, cuerpo y vacío. Una forma para el odio que en Mar negro es un abuelo que escapó de la persecución pero “vio fotos de colgados, de decapitados. Por ende, lo propio de su trabajo será recortar la apariencia del mundo en pequeños trozos”. Fragmentar, descuartizar; nunca nada entero, el encuadre, el fragmento, lo que queda fuera de escena.

La primera parte del libro comienza con este abuelo que se inscribe en el nuevo territorio argentino y fotografía personas en las plazas de Buenos Aires. Un testigo que no quiere hablar y se apropia de escenas familiares ajenas. Ese abuelo se configura como un signo narrativo, eslabón de esa “Turquía asiática donde se eliminaban nueve de cada diez armenios”.

Segunda llave. Escritura, ley y pertenencia: “Tengo que poner las cosas por escrito, de lo contrario, no habrá delito.”

Una generación posterior, la nieta escribe. Ordena y clasifica las esquirlas diseminadas en la diáspora. Foto y escritura aparecen como dos máquinas que generan, que disparan, gatillan para fijar, como lo confirma la sentencia: “Para apoderarse de lo que se está moviendo y convertirlo en historia, hay que detenerlo”. Detener y fijar; es imposible no pensar en la analogía entre la máquina fotográfica y la máquina de escribir: “cada vez que se escoge y se detiene una imagen o una palabra, se desechan otras”. Aquí recuerdo una reflexión que la misma Ana regaló en las redes: “el acto de fotografiar no tiene nada que ver con adaptar; tienes que sentir que te están violando de verdad”.

La autora también escribe para restablecer genealogías humanas y lingüísticas interrumpidas. La narradora dirá: “Están huérfanos de verbo el asesino y la víctima”. Entonces se fotografía y luego se escribe como un modo de ensayar una posible filiación: “¿Se puede tener un hijo por la garganta? ¿Acaso la filiación sea una manera de escribir con luz sobre el cuerpo?”. La narradora pareciera escribir para fundar lo que se ha intentado exterminar; escribir es evocar un texto que hemos olvidado. A medida que el libro avanza, se va demostrando que entre vida y texto hay un cuerpo que se construye, gozosa o dolorosamente. En la segunda parte, llamada “Berlín”, es el cuerpo afiebrado y tembloroso del joven armenio que mata en Berlín a su verdugo, el Ex Gran Visir Talaat Pashá. Y vienen una ráfaga de escenas condensadas: la escena del tribunal, el conflicto entre ley y territorio, la tipificación del delito, la profunda satisfacción que siente el supuesto “victimario” sobre su acto, el hecho de vengar en suelo alemán la tragedia de su pueblo, señalando el desigual valor de la vida.

En el vínculo ley y escritura, reconozco en Ana la impronta de la Antígona De Sófocles; es la heroína que hace público el mecanismo íntimo de la resistencia, aprendiendo la lengua del opresor para poder combatirlo. Una deuda que el relato de la narradora cancela o cobra para lidiar con la justicia y los traumas pendientes.

Tercera llave. La mujer como un cuerpo dolorosamente erótico 

El poderoso proyecto narrativo de Arzoumanian hace un recorrido desde la transgresión de los tabúes y el escándalo social, pasando por la biología como un territorio metafórico para postular las inquietantes posibilidades de otra configuración del sujeto mujer. Sus personajes femeninos son sujetos de violencia; su narradora es muchas veces una jueza de la historia. En palabras de la poeta argentina María Malusardi, en el trabajo de Ana la mujer es “un animal dolorosamente erótico”. Las protagonistas, conscientes de su poder, escenifican verdaderos cuadros sadianos. Recordemos que la naturaleza sadiana es esencialmente cruel; los males de unos son el bienestar de otros: para que unos nazcan, progresen y sobrevivan, otros han de morir y someterse. Hay también en el erotismo, al mismo tiempo, una burla irrisoria sobre el saber institucional y la imposibilidad de la ley, el nacimiento de hijos del enemigo. Los cuerpos de Ana quieren celebrar un rito, un sacrificio, hacer justicia en sus movimientos, escribir la historia en su piel.

Cuarta llave. “¿Un recuerdo puede ser pornográfico?” Pornografía/foto/imagen

Ajusto el lente para comentar esta pregunta que guía y tensa el relato. La narradora agrega: “¿hasta qué lugar del cerebro que no pensaba igual que la pelvis las fotos de los ahorcados comenzaron a excitarme?” Guerra y pornografía es una relación que podemos pensar desde la remota historia hasta llegar a la reciente referencia de la cárcel de Abu Gharib, en Bagdad, porque parece que el aparato bélico/la lógica genocida sostiene que no basta con aniquilar un cuerpo, que ya es demasiado, sino que antes es necesario hundirlo en la morbosidad más salvaje; cuerpos atados, ciegos e inmovilizados que luego se orinan, se pasean con cadenas de perro, se humillan, se FOTOGRAFIAN. La autora expresa al respecto: “El mundo no ofrece más que la explotación del cuerpo en todas sus formas: la fábrica, la prostitución, la violación. El cuerpo agraviado se vacía de causa, de origen, de especie. Pero hay que resistir”…y la poesía pareciera ser su mecanismo de resistencia a la “enajenación de cuerpos consumidos”.

Está la violencia “sufrida” por el personaje, pero también está la violencia que la autora aplica al texto que, según otra lectura, podría desplazarse al lector para instalar, al menos, el espacio lingüístico de lo que ya no está.

Ahora lanzo estas llaves al mismo para sumergirme y tomar otras, hundidas en el fondo del océano de la autora. Por ahora, recuerdo las frases de Ana que resuenan y palpitan como un mantra.

 

Mar Negro

Ana Arzoumanian
Santiago, Editorial Ceibo, 2012

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