Revista Intemperie

El año que nací

Por: Pablo Torche
lola

El pasado junio de 2012 Pablo Torche vió en El año que nací -que es parte del Stgo a Mil 2013- más honestidad para debatir el trauma del Golpe y la Dictadura, que en muchas obras o series de televisión que han abordado hasta ahora el tema. Aquí recordamos qué dijimos en esa oportunidad.

 

Tengo que reconocer que me produce algo de escozor que haya tenido que venir una dramaturga argentina (Lola Arias) para organizar un taller de trabajo con hijos de personas que estuvieron en trincheras opuestas durante el Golpe de Estado y la Dictadura, y construir a partir de sus relatos una obra de teatro extraordinaria sobre el quiebre de la sociedad chilena, los dramas y prejuicios que nos dividen, y el anhelo siempre palpitante de reconciliación.

Pero es así, y el caso es que El año que nací, presentándose aún en el GAM a tablero vuelto, entrega una discusión del pasado de Chile, y de las lacras y velos que tiende sobre nuestra sociedad hasta el día de hoy, mucho más genuina, profunda y conmovedora, que la gran mayoría de obras o series de televisión con que la elite de la Concertación ha pretendido llenar un espacio que ni sus discursos ni sus políticas, han conseguido cerrar.

En El año que nací no hay actores ni parlamentos, sino que hay testimonios armados a partir de trayectorias de vida evidentemente verídicas, que convergen sobre el escenario para buscar algún tipo de solución al drama humano que las enfrenta. El delgado límite entre el actor y el personaje, que explorara Pirandello, aparece así invertido, en el sentido de que lo que se pone sobre las tablas no es ya un “personaje”, ni una recreación, sino que las personas mismas, de carne y hueso, que las ideologías y enfrentamientos de las últimas décadas no han hecho más que denegar.

A través de este expediente, Arias logra presentar los conflictos de la sociedad chilena con una inusual cuota de autenticidad. Lo que aparece aquí no son los discursos armados (muchas veces instrumentalizados), que han dominado la escena artística nacional de la “transición”, sino precisamente lo contrario, lo que está bajo el discurso, el drama real, lleno de matices y emociones, el dolor larvario interrumpido por fogonazos frecuentes de hilaridad, las intersecciones, los cruces, las frases hechas y hasta las faltas de ortografía. Es eso lo que sube al escenario en esta obra y logra, como es lógico, derribar el complejo velo de prejuicios y estereotipos que en Chile nos cuesta tanto descorrer.

Se escenifican así los clásicos ejes que articulan nuestra sociedad, la izquierda y la derecha, los pobres y los ricos, los “cuicos” y los “flaites” y hasta los “morenos” y los “blancos”. Pero lo que da valor y originalidad a esta obra es precisamente la desactivación de estos discursos, la demostración de su infinita injusticia, de su infinita estupidez. La obra no se hace cómplice de ellos para obtener un mezquino rédito ideológico o comercial, como se ha hecho tan frecuente en nuestro país, sino que se atreve a ponerlos en evidencia, a cuestionarlos, a minar su falsa apariencia.

Asimismo, se atreve a desacralizar la seriedad y morbidez totalizante con que algunos pretenden revestir el drama de la Dictadura, y el quiebre en general de la sociedad chilena, atreviéndose a impregnarla también con dosis de irreverencia, de humor, en el fondo de humanidad. Solo los discursos y las teorías son siempre uniformes, racionales y adustos, la realidad es más difícil, más irreductible, y por lo mismo más conmovedora.

En Chile nos hemos acostumbrado  a considerar progresismo o desacralización lo que no es en el fondo más que un discurso burdo y a veces oportunista basado en ciertas claves ideológicas cada vez más desactualizadas. No hay posibilidad de creatividad, de síntesis ni de reconciliación sobre estas pancartas pre-hechas que tan solo representan la avidez de poder de unos pocos. Más aún es necesario deshacerse de ellas para rescatar la realidad de las vidas y de los dramas que pueblan nuestro presente. En ese sentido esta obra viene a ser una bocanada de aire fresco, que recupera la función original del teatro al poner sobre el escenario al ser humano desnudo, y revelar su sufrimiento real, y no cubierto por las corrientes o teorías que trataron de doblegarlo: aprender a sufrir.

 

El año que nací 

Dramaturgia y dirección: Lola Arias
Elenco o Intérpretes: Alexandra Benado, Leopoldo Courbis, Pablo Díaz, Italo Gallardo, Soledad Gaspar, Alejandro Gómez Sepúlveda, Fernanda González, Viviana Hernandez, Ana Laura Racz, Jorge Rivero, Nicole Senerman, Mia Waissbluth y Noah Waissbluth.
Teatro: GAM. Sala A2
Hasta el 17 de junio. Miércoles a sábado 21 hrs. Domingo 20 hrs.

Un comentario

  1. Es muy buena la obra, honesta y despojada de poesía como un espejo.
    Me encantó, aunque sentí que no remató bien en el último texto.
    saludos,

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