Revista Intemperie

Guatón enamorado

Por: José Ignacio Silva A.

En Nunca de Patricio Urzúa, el fin del mundo funciona como una pirotecnia, que esconde una historia sin muchos dobleces: la de un obeso crítico de arte que sufre por las mujeres. José Ignacio Silva se pregunta si en una próxima entrega este autor logrará la originalidad.

  

Bien, tenemos en Nunca (Emecé, 2012), ópera prima del periodista nacional Patricio Urzúa (Santiago, 1977), una novela apocalíptica y pop. Sí, otra más, pues antes escritores como Álvaro Bisama y Mike Wilson (iluminados por Bolaño y su 2666) le sirvieron al lector ese arreglado. Entonces, de entrada, este libro propone un desafío claro: ver si logra rebasar a sus antecesores findemundistas, superar a novelas que comparten un recurso sobreexplotado y que generó productos cuestionados en más de una ocasión.

En Nunca, la historia no tiene muchos dobleces complicados. Es protagonizada por Ricardo, un obeso y solitario crítico de arte, que vive una vida bien amarga, donde las mujeres son su principal fuente de tormento. Enamorado perdidamente de una chica que no lo quiere tanto como él a ella, y perseguido por la ausencia de una hija y su madre, Ricardo escribe un catálogo de pinturas contemporáneas para una revista. En el ínterin el mundo se empieza a acabar, a ser devorado por una mancha, por un vacío, que el protagonista llamará, de ahí en adelante, la “Claridad”.

Como ya decíamos, la historia no tiene muchos dobleces, por lo que Urzúa opta por recurrir a la imaginería, a la descripción pictórica como su argumento más potente. El autor pone por escrito una pinacoteca, tanto en los cuadros de los que se hace cargo Ricardo, pero especialmente por la serie de postales de la vida diaria (tanto en la normalidad como en el descalabro total), de los tipos humanos que se relacionan con el protagonista, empezando por las mujeres, desde luego inalcanzables, pasando por los amigos de Ricardo, sumidos en la excentricidad, como aquél que sostiene una relación con una muñeca inflable (uno de los guiños al pop, a la película Lars and the real girl, en este caso). Así las cosas, Urzúa aporta una poética distinguible, una poética de postal, de perfil. Postales en medio del abandono, de la tristeza, de un spleen contemporáneo. Hastío que tampoco es nuevo, en todo caso. Hace ya varios años que la literatura local smells like teen spirit, e intenta formatear un vacío, un sinsentido vital donde nada importa mucho, y que en esta pasada se rompe de forma violenta con el deus ex machina cataclísmico que introduce el autor.

Pero más allá de ponerle alfileres y señalética específica a la visualidad que propone el autor en este libro, tal vez vale más la pena relevar que es la tristeza la marca de agua que signa este relato, por sobre la manida y forzada maroma apocalíptica o el intercalado de un catálogo de pinacoteca. Tristeza que se desvanece solamente con una calamidad bíblica, lo que indica su profundidad, su insospechada extensión. Dado que la novela carece de abismos argumentales, si sacamos el fin de mundo como elemento central, tendríamos una novela que podría seguir su retrato lastimero por más de mil páginas, sin desenlace visible. Así pareciera que es la desazón, el malestar silenciosamente amargo, emo y melancólico que vive Ricardo, un continuum sin solución aparente, sin luz al final de un túnel que el autor opta por dinamitar, Armagedón mediante, “La cocinera hace su labor pacientemente mientras afuera el mundo se acaba: el problema es que el mundo se acaba todos los días, despacio, como una vela que se consume, y por eso a ella no le queda más que seguir con su trabajo, igual que a cualquiera de nosotros. El apocalipsis, entonces, queda convertido en algo cotidiano”. El fin de mundo instalado en esta novela, opera como una conveniente caída de telón ante una obra que podría mantenerse hasta el infinito.

Fragmentos como el anterior confirman que Patricio Urzúa muestra en sus páginas una honesta condición humana de estos días, aún cuando lo vista con ropajes manoseados y meridianos; vestidos de lentejuelas que, comercialmente, brillan más que la historia de un guatón solitario que engulle todas las mañanas un desayuno propio de la halterofilia. En Nunca pareciera que los personajes se salvan o se condenan si están acompañados o solos, respectivamente. Infinitamente menos compleja que libros como Señales que precederán al fin del mundo, del mexicano Yuri Herrera, y algo más densas que canciones como It’s the end of the world, de REM (ya que estamos en la cantinela pop), Patricio Urzúa propone que la soledad es el gran desastre, disfrazado por la cortina de humo de la hipercomunicación tecnológica (conflicto cliché, dicho sea de paso), “Este es el presente. Este es el presente de días iguales unos a otros, días sin diarios, días en que la podredumbre avanza por el mundo. Es un presente que no se quema, porque no hay mañana. O mañana es idéntico a hoy y entonces da lo mismo”.

La habilidad narrativa de Urzúa llama la atención, genera expectativas, sobre todo al preguntarnos si a futuro será capaz de superar los expedientes y adornos trillados, y aportar una propuesta donde la originalidad sea otro rasgo a destacar.

 

Nunca

Patricio Urzúa
Santiago, Emecé, 2012

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