Revista Intemperie

Nuevas andanzas de Pedro Lemebel

Por: Leonardo Villarroel

Leonardo Villarroel comenta una novela gráfica creada por Sergio Gómez y Ricardo Molina, que recupera los relatos juveniles de Pedro Lemebel, y a la vez un país dominado por la represión.

 

Uno. Las nuevas aventuras del joven Pedro Lemebel

Corría el año 1983 y el profesor de Artes Plásticas Pedro Lemebel se dedicaba, entre otras cosas, a distribuir su arte mano en mano. Mediante trípticos fotocopiados hacía circular cuentos entre sus conocidos y sus ni-tan-conocidos. Era la forma de hacerlo, el mejor medio de distribución. Eran esos tiempos también.

Veintinueve años después y tras un fallido intento de adaptación animada, Sergio Gómez consigue llevar su visión del relato al cómic, el noble medio ilustrado libre de las constricciones presupuestarias y temporales de los audiovisuales, acompañado por el lápiz de Ricardo Molina. La historia de Lemebel sobre las obsesiones adolescentes gatilladas por un acto de crueldad hacia los animales se vuelve una postal de la época en manos de Gómez y Molina.

Dos. La factura técnica

La presentación es preciosa. A estas alturas ya no es sorpresa que las editoriales de cómic local nos entreguen productos bien acabados y de buen diseño, pero aún así lo que hace Ocho Libros es digno de destacarse: desde el prefacio del autor a la inclusión, al final del libro, del relato original, el objeto mismo se vuelve una razón en-sí para su compra.

En términos de la adaptación del relato, el cómic viene a expandir ciertos horizontes. Mientras que el cuento de Lemebel es una narración agorafóbica, encerrada en su falta de puntos aparte (saludos, Reinaldo Arenas), imbuida en su primera persona, íntima y descarnada en la sexualidad del narrador; la novela gráfica de Gómez y Molina abre la perspectiva, pinta un poco más del mundo que está detrás, abriéndose así a nuevas posibilidades narrativas. Con ello pierde, ciertamente, la potencia del relato original. Críticos más malhumorados dirán que la traiciona, pero es más bien una dilución: entre la extensión en páginas y las imágenes que la acompañan, Ella entró expande el concepto original, respetándolo sin agregar, adaptando precisamente y por ende cayendo en algunas de las complicaciones que surgen de este proceso de adaptación. Tiene algunos momentos en que se vislumbran las ya mencionadas posibilidades nuevas: el encuadre rítmico de ciertos motivos que le dan pausa a la historia, el encierro avasallador que genera la presencia en la página de la represión policial. Estos son los puntos más altos de la adaptación como tal.

El arte de Molina queda atrapado a mitad de camino entre la pulcritud y la suciedad. Si bien sus composiciones de página son impecables, y la expresión en sus personajes ayuda a mover la historia en los puntos precisos; algo hay en el uso de técnicas digitales o en esa semisuciedad de su línea que terminan desfavoreciendo el relato. La misma historia podría haberse beneficiado ampliamente de un trato menos pulcro, más cargado a la estética del cómic chileno durante la dictadura, o haber tomado prestado una página o dos de Niko Henrichon en Pride of Baghdad (a propósito de zonas contenidas por un ejército opresor). Una mención aparte merecen sus tres páginas finales, que dan a la historia el golpe de gracia justo para rematar con la nota de sabor agridulce y mezclado que una narración así ha de dejarnos.

Tres. Majaderamente: el calígrafo

De nuevo tenemos una obra que padece de la falta de diseño en sus efectos de sonido. Maullidos, ladridos y golpes pierden su intensidad y se confunden, en una obra en que al menos los maullidos debieran figurar prominentemente.

Cuatro. Recordando tu expresión

Ella entró por la ventana del baño tiene la atmósfera ensoñada de quién recuerda una época que ya no volverá. Lo que es un acierto en los dos niveles en los que el relato funciona: históricamente, con las protestas que nunca cesaron en las poblaciones contra la dictadura, y narrativamente, con la partida de un primer amor como primer impulso, como todos los primeros amores: la primera en un auto de quien no sabe manejar. Todo esto visto con una inevitable nostalgia, marcada naturalmente por pertenecer a un pasado que si bien se fue hace un rato, todavía nos ronda demasiado cerca para consignarlo al pasado como tal. Gómez y Molina se hacen cargo de la adaptación insertando el relato dentro de una realidad histórica, la que a su vez genera esa distancia mediada inevitablemente por una pátina de melancolía. La infancia, la dictadura, la infancia en dictadura y las frustraciones que vienen con dejar de ser niño y no saber para dónde ir, contenidas en nuestro sexo por una cultura reprimida en medio de un país bajo la represión. Todas esas sensaciones se agolpan en Ella entró por la ventana del baño. Uno termina su lectura sintiendo que le gustaría haber pasado más lento, haberse detenido más en algunos personajes y saber más de ellos. A la vez su triunfo y su mayor problema, la novela gráfica consigue dejar, cuando menos, la ventana abierta a estas sensaciones.

 

Ella entró por la ventana del baño

Pedro Lemebel
Adaptación: Sergio Gómez
Ilustración: Ricardo Molina
Santiago, Ocho Libros Editores, 2012

Un comentario

  1. Laura dice:

    soy de argentina, como lo consigo?

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