Revista Intemperie

Todo un inmenso jardín

Por: José Ignacio Silva A.
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En Cajita americana se muestra el reclamo de un continente muchas veces aplastado y contenido. Es una poesía para ponerle ojo, asegura José Ignacio Silva. 

 

En poesía, por lo general nada cambia tanto. Los caminos por los cuales se conduce el idioma, el lenguaje, suelen ser los mismos. Los destinos también. Lo que sí permite ver nuevos pliegues es la forma en que cambian los tránsitos hacia esos destinos, cómo son los desplazamientos por esas vías de escape. Algo en este sentido ocurre con Cajita americana, primer poemario de Luz María Astudillo (Santiago, 1981) editado por el sello Cuneta, que el pasado año 2011 editó uno de los mejores libros de poesía que se haya publicado en mucho tiempo, escrito por uno de los poetas más indiscutibles de su generación, hablamos de Colonos, de Leonardo Sanhueza.

Volviendo a la poesía de Luz María Astudillo, los poemas contenidos en Cajita americana destilan la urgencia de nombrar, la premura de significar con palabras e imaginería coherente, un presente, una circunstancia, una lucha. Así devela la lectura de este breve volumen de poemas, que son un debut, un estreno que da cuenta de lecturas previas, de citas, de tributos y reescrituras, sobre todo a poetas chilenas.

Con estas premisas la autora entra de lleno en la cancha poética, haciéndose cargo de los temas grandes, esenciales, como lo son el amor, el abandono y la miseria, realizando un contrapunto entre el panorama sombrío de un continente, y el de, digamos, una interioridad. De esta forma, Astudillo logra destilar una estética, mediante una imaginería distintiva, signada por la desventura y el desamor, que ornan  un declive continental que parece inevitable, “ella está sentada bajo la sombra/ del único árbol,/ sabe que la lluvia no limpiará/ las últimas marcas de las rodillas/ pero insiste en enterrar/ el cielo es un espejo húmedo/ que devuelve imágenes manipuladas. (…) y todo es un jardín construido/ bajo el último derrumbe”.

El camino que traza Luz María Astudillo es claro, el dolor de todo un continente, de un pueblo, de una mancomunidad que sufre no solo de abandono sino también de un vicio americano a más no poder, el eufemismo y las luces de los discursos oficiales, que distorsionan la vista, y entrampan la comprensión, “poder decir naufragios/ sin pensar América/ el ombligo de otros continentes/ muerte/ y espectro,/ la infancia/ que no fue una fiesta/ no nombrar, aunque/ sigan vivos los fantasmas (…) la cajita americana/ escondida/ bajo el colchón,/ el rumor de todos los pueblos dormidos”. La reconstrucción de la historia –de todas las historias, o cualquier historia- es también un proceso doloroso, “olvidas/ que buscar el origen/ es deslizarse por las costuras/ de cada herida,/ dormir territorios/ para después incendiarlos”.

El origen que nos muestra la autora es el mismo, ya sea para el continente o para quienes como individuos lo constituimos, el dolor como punto de partida. Esto no es nada nuevo, el sufrimiento como destino manifiesto de todo un pueblo, adornado de miserias, fantasmas y mentiras, donde ni siquiera el lenguaje basta, “No todo el espacio/ comprendía nuestro lenguaje mudo/ clavado como aguja dentro de cuerpo,/ el hilo frágil que mecía la historia/ que no era historia sino silencio, / la espera”.

En Cajita americana Luz María Astudillo logra rebasar el turismo y la falacia política, y compendia brevemente rasgos distintivos del carácter de un continente, muchas veces contrahecho, muchas veces embaucado, y que, también en más de algún momento, se ha puesto de pie mediante el lenguaje. Astudillo desliza un tono de denuncia, de queja profunda, ancestral, de reclamo contenido, tal como suele retratarse Latinoamérica. Un reclamo contenido, pisoteado quizás, tras las bambalinas de los carnavalescos discursos oficiales. La revisión de un gran panorama que no deja de lado lo interno, lo íntimo, uno de los factores que convierte a Cajita americana en una entrega interesante, promisoria, para ponerle ojo.

 

Cajita americana

Luz María Astudillo
Santiago, Cuneta, 2012.

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