Revista Intemperie

Espiando fantasmas: Fotos de Laura de Marcelo Leonart

Por: Macarena Figueroa

Una novela hecha de personajes que espían las vidas ajenas para ir encontrando la propia, es la lectura que propone Macarena Figueroa de “Fotos de Laura”, la obra con que Marcelo Leonart acaba de ganar el Premio Revista de Libros de El Mercurio.

 

Reconozcámoslo o no, la vida de los otros siempre ha sido un gran tema. Las figuras que se alcanzan a vislumbrar apenas a través de una ventana o una rendija, los pasos que oímos o dejamos de oír en el piso de arriba, las formas de gritar o de callar de los vecinos  son señales cotidianas que nos hablan de algo, de vidas ajenas que no nos pertenecen, pero que de cierta forma nos codifican.

Los personajes de Fotos de Laura, de Marcelo Leonart (novela ganadora del Premio Revista de Libros 2011) se vuelcan casi enteramente a lo ajeno. Sus vidas parecen ser mitades, fragmentos de algo que no alcanza su plenitud sin un otro, sin una segunda o tercera persona que los componga, que los defina y los ayude a ser. Sin embargo, la integridad no es algo que ansíen. Se muestran más bien resignados a la penumbra, a esa ambivalencia de no existir del todo, de estar siempre habitando un cuerpo incompleto, fragmentario.

Martina, la protagonista, llega a Santiago de Chile en el año 1999 después de haber estado viviendo cinco años en Barcelona, ciudad a la que, inicialmente, pretender regresar. El propósito de su viaje es difuso. Sabemos en un inicio que Martina regresa para ver a Laura, sabemos que Laura «no está del todo», sabemos que Martina y Laura compartían un departamento cerca del Parque Forestal. Pero ¿quién es Laura?, ¿qué era o sigue siendo Laura para Martina, su pareja, su hermana gemela, su amiga? ¿Por qué Laura no está más en el departamento en que vivían pero sí están sus cosas, su ropa, sus fotografías, sus recuerdos? Leonart baraja las cartas de la sutileza y construye una atmósfera sugerente en la que los pensamientos nunca son obvios, ni las relaciones humanas ni las palabras ni los saludos ni los gestos ni las ganas de quedarse o de partir.

Martina desde un comienzo dice que quiere marcharse, que quiere abandonar la “putamadre” ciudad lo antes que pueda, pero se queda igual. Sin querer o con querer se queda anclada en ese departamento atiborrado de fantasmas y recuerdos que al parecer no le son tan indiferentes como quisiera.

Quien la exhorta de forma velada a permanecer es Caetano, un aparecido, literalmente; un hombre de unos sesenta y dos años con el que Martina se encuentra una mañana en su propio living (después de pasar la primera noche en el departamento) y que se presenta como «el último hombre que se acostó con Laura». Esta irrupción sorpresiva y a la vez normal es la piedra angular de la novela. La tautología «el personaje es un personaje», en este caso, vale. Porque Caetano es un ser con historia y con enigmas: un hombre que arrastra un pasado sangrante y horrible, pero que a la vez parece estar dominado por la inocencia, una suerte de ingenuidad vinculada a sus actos, particularmente a esa obsesión que tiene por permanecer horas en el departamento de Laura en total silencio, con la única finalidad de oír cada palabra, cada susurro y cada paso que se dé en el piso de al lado, donde viven dos mujeres, Manuela y su pequeña hija Alicia. Nuevamente, Leonart juega con lo no dicho e instala infinitas preguntas: ¿por qué Caetano se entrega a la percepción de la vida ajena?, ¿qué hay en el departamento de al lado que lo hipnotiza?, ¿por qué su melancolía, por qué su andar cansino, por qué su afán de decirlo todo a medias, con una naturalidad que evidentemente encubre una realidad anómala?

Y en ese destape sale de todo: la historia oscura de país, la historia oscura individual y, por sobre todo, emerge la aceptación de que la lucha más importante es aquella que se libra con la memoria

Martina no tarda en caer en el juego y hacerse adicta a los ruidos que hacen las vecinas, y como si esos taconeos distantes pudiesen ser una especie de mantra que la salvara de su propio pesar y su propio delirio, empieza a involucrarse con ellas, a preguntarse qué tendrán esa niña y esa mujer que cautivan tanto al viejo. Pero las respuestas no son necesarias porque, casi sin querer, las experiencias de los personajes que habitan al lado de acá y al lado de allá de la pared se van entrelazando. Se entrelazan por sus quiebres, por esas cicatrices que les han dejado el abandono o la desilusión, por esos eventos que los han vuelto incompletos. «Yo era un hombre que se juraba entero. Pero hoy día se cumplen años del puto momento en que empecé a desarmarme», le confiesa Caetano a Martina en medio de una conversación íntima, cuando ella nota por primera vez que al hombre le faltan dedos en una mano y que, más allá de la metáfora, él es una persona que en términos tangibles también se deshace.

Estos personajes, aunque se resguarden, aunque no quieran, van revelando su verdadero contenido. Muestran lo que hay más allá de sus discursos, más allá de la imagen que proyectan. Y en ese destape sale de todo: la historia oscura de país, la historia oscura individual y, por sobre todo, emerge la aceptación de que la lucha más importante es aquella que se libra con la memoria; una memoria que lo gobierna todo, una memoria que remarca, una memoria flagrante a la que es imposible confundir y en la que es mejor penetrar, porque en ella están las respuestas, en ella se anclan los hechos que propician un abandono o los motivos que impulsan a una joven a tomar un avión y partir en lo que parece ser un acto convulso a un país lejano del que no se pretende retornar; una huida que finaliza en el mismo punto donde comenzó, un periplo inevitable.

 

Fotos de Laura

Marcelo Leonart
Santiago, Aguilar, 2011

Un comentario

  1. nicolas dice:

    Buenísimo análisis de esta novela. Capta muy agudamente los juegos y piruetas literarios que Leonart despliega en su narración!

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