Revista Intemperie

El mapa y el territorio de Michel Houllebecq

Por: Andrés Olave
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Aunque considera que no está a la altura de su anteriores novelas, Houllebecq consigue en su última novela una obra extravagante e hipnótica, opina Andrés Olave.

 

Cuando a uno le gustan los libros de un autor vivo suele ocurrir que se esperan sus nuevas obras con emoción y expectativa creciente. Se aguarda pacientemente un año o dos, hasta que el siguiente libro llega a nuestras manos y es ahí cuando comienzan los problemas. En mi experiencia como lector, gana por mucho las decepciones ante los últimos libros de mis autores favoritos, que las alegrías. El caso de Paul Auster puede ser emblemático, o también el de Julian Barnes y sus libros de cocina. Algo de eso ocurre con Michel Houllebecq y su última novela El Mapa y el Territorio.

A pesar de estar avalado por el Gouncourt, el premio literario más importante de Francia, el regreso de Houllebecq deja un sabor agridulce. Si bien El mapa y el territorio es, en todo sentido, superior a La posibilidad de una isla, su novela anterior, no le es posible ponerse a la altura de Plataforma o Las partículas elementales, éste ultimo, acaso el mejor de sus libros, y como diría Ed Wood, el libro por el que será recordado.

Entremos en terreno entonces: El mapa y el territorio es un libro que como todo el resto de la narrativa de Houellebecq se halla a medio camino entre la novela y el ensayo. La decadencia de Europa, la violencia de las ciudades francesas, el arte como negocio y creación de fortunas, las pobres ambiciones políticas de Alexis de Tocqueville y cien temas más son tratados mientras avanzamos por la monocorde vida del artista visual Jed Martin, quien, menos que un personaje, parece a ratos representar la forma en que Houllebecq moderaría, lo que podríamos llamar su ideal de cómo la vida debe ser vivida, a saber, separación casi total de resto de los seres humanos, abstracción intensa, vida del arte. Este acaso sea uno de los grandes peros que el lector puede ponerle a Jed Martin, que la esencia de su historia es su ascenso sin obstáculos y cada vez más alto en el mercado del arte, desde ser una joven promesa a una superestrella, lo que, hasta cierto punto, emula la carrera literaria del propio Houllebecq.

Además, para condimentar la trama, Houllebecq se permite aparecer en su novela, un poco a la manera que lo hace Martín Amis en Dinero, pero más que para auxiliar al personaje de Jed en su conflicto (o en su falta de conflicto), es más que nada para hablar de su vida y sus hábitos personales. Todos los escritores tienden a ser egotistas pero aquí uno siente que se traspasan ciertos límites, pues vemos la vida de Houllebecq a través del aura de admiración que Jed Martin experimenta por él por largos pasajes, donde Houllebecq aprovecha de ajustar las cuentas a sus enemigos y explayarse largamente acerca de sus preferencias personales en vinos y comidas.

Se advierte un continuo mirarse al espejo en El mapa y el territorio, lo que es una decisión controversial pero que seguramente complacerá a miles de ávidos lectores deseosos de conocer los secretos de la vida personal del autor la cual, en esencia, consiste en pasarse buena parte del día en pijama, no salir ni ver a casi nadie e irse en temporada baja a Tailandia donde se puede obtener un buen sexo oral sin preservativo.

Hay una máxima en narrativa que consiste en escribir siempre de lo que uno conoce bien y Houllebecq en El mapa y el territorio la sigue a pie juntillas. El autor francés no parece muy interesado en desarrollar sus personajes más allá del punto de partida, como ocurre con el siempre ascético pero millonario Jed Martin o la perfecta y divina Olga, su novia. En ese sentido, lo que prefiere es hablar de sus amigos como Frederic Beigbeder o de su mundo interno, esto es, de sí mismo.

Hasta aquí las objeciones que uno pueda plantear. Vamos a lo positivo ahora. El mapa y el territorio avanza durante sus trescientas y tantas páginas de una forma excéntrica, siguiendo un principio no escrito pero esencial en la literatura de hoy día: que el lector no pueda soltar el libro. La novela, a ratos autobiográfica, a ratos devaneos sobre el arte contemporáneo muta inesperadamente al final en una historia policial. De este modo, nos permite visitar distintos ámbitos, casi opuestos entre sí, pero que Houllebecq conecta simplemente porque así quiso hacerlo, lo que me hizo recordar a Heidegger cuando se refería a las vías que se debían tomar al contar una historia: “el camino de nuestro discurso debe ser de un modo y dirección tal que, donde quiera que nos dirijamos, nos despierte interés, nos conmueva de verdad en nuestra propia esencia”.

Y en esto hay que ser claro. Houllebecq puede ser un personaje odioso, pero es un gran escritor. Las primeras cien páginas de El mapa y el territorio no se leen, se devoran. Luego quizás baje la intensidad, pero la atención y la decisión de llegar hasta el final ya han anidado en uno. Y eso, en una época donde ya no se lee, o los libros que se empiezan ya nunca se terminan es el mejor ejemplo de que Houllebecq conoce a sus lectores y sabe como mantenerlos agarrados del cuello, mientras les infunde sus opiniones y su visión de la decadencia de occidente. Un predicador invisible, un tranquilo provocador que encerrado en la soledad de su casa en la campiña francesa no se molesta por nada, se emborracha temprano y apartado del mundo mira pasar las horas y los días convertido en uno de nuestros más grandes artistas.

 

El mapa y el territorio

Michel Houellebecq
Barcelona, Anagrama, 2011

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