Revista Intemperie

¿Esta muriendo la poesía?

Por: Pablo Torche
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Pablo Torche se lanza en una acalorada defensa de la lectura de poesía y critica el desarrollo de una sociedad que se da cada vez menos tiempo para sentarse a leer versos.

 

Todo el mundo habla de la muerte del libro de papel a causa de los e-book, pero nadie habla abiertamente de algo que parece mucho más trascendente, que es la creciente extinción de la lectura de poesía. Porque en realidad ¿qué importancia puede tener que la literatura deje de leerse en formato de papel y se disfrute ahora en una pantalla digital? Lo mismo pasamos de los papiros a los pergaminos, y luego de los pergaminos a los libros impresos, y el valor de la Ilíada, o de las obras de Esquilo o de Virgilio u Ovidio siguió siendo el mismo. Es cierto que si desparece el libro se perderá algo del  gustillo romántico asociado al objeto, pero no creo que esa nostalgia de un soporte determinado tenga mucha importancia en comparación con la pérdida del hábito mismo de leer, de conectarse con el lenguaje en términos no puramente funcionales o utilitarios sino estéticos.

La gradual declinación de la poesía como un hábito y una costumbre más o menos difundida o integrada a la vida cotidiana comenzó junto con las vanguardias, a comienzos del siglo XX, a través de las cuales el lenguaje poético se actualizó y “coloquializó”, pero también se volvió más difícil, y su disfrute más exigente, a veces hermético. Con La tierra baldía, publicada en 1922, un insigne crítico de la época comentó que se había acabado la “literatura para señoritas”. Este comentario políticamente incorrecto ponía de manifiesto un fenómeno real, que es la “complejización” y “elitización” de un arte que antes ocupaba un poco el lugar que ocupan ahora las baladas románticas. Es indudable que esta tendencia se profundizó a lo largo del siglo pasado, donde los últimos estertores de una poesía capaz de contactarse con una sensibilidad –no voy a decir masiva, pero sí cotidiana, no especializada–, fueron por un lado Neruda y, por otro, los poetas beatniks, en particular Ginsberg con ‘Aullido’.

En estas últimas tres o cuatro décadas la poesía se ha ido transformando cada vez más en una lectura exclusiva, reservada a ciertas personas, a ciertos momentos muy específicos, a ciertos estados de ánimo. Realmente no sé porque nadie habla de esto, porque es muy evidente. Se habla de la desafección política o de la decadencia del culto religioso o del ocaso de la iglesia como institución, pero lo cierto es  que, para bien o para mal, las iglesias todavía están sorprendentemente llenas los domingos y dudo que siquiera un décimo de esa gente se dé un momento tranquilo a la semana para leer un verso (ni siquiera al mes, o al año). ¿Quién, hoy por hoy, se sienta una tarde o noche, “bajo la luz de las estrellas o la luz de una lámpara” a saborear el ritmo o la cadencia de unas palabras caprichosamente entretejidas o rimadas, a preocuparse de extraer su sabor, resignarse a no comprender por completo su significado? Es un gesto que está muriendo, como darle cuerda al reloj.

Chile que, un poco por estereotipo, un poco en verdad, es un “país de poetas”, no está exento de esta tendencia, incluso por el contrario, me parece que nuestra vertiginosa y eficiente sociedad de mercado es un escenario ideal para la defunción de la lectura poética. Descontando los clásicos escolares, hoy por hoy ¿quién lee poesía? Creo que casi exclusivamente los mismos poetas, o los académicos especializados. En muchas librerías ni siquiera venden libros de poesía, me da la impresión de que eses espacio en las estanterías ha sido ocupado gradualmente por los libros de autoayuda.

Más que la remembranza de un público estable, lo que me parece más significativo es la gradual desaparición de los momentos para leer poesía. La lectura de versos está confinada cada vez más a ciertos momentos muy específicos: quizás algún mochileo en el sur, o algún momento un poco espiritual en un valle del norte. Me parece que prácticamente ya no se lee en los “carretes” (ni siquiera los literarios), para no hablar de las reuniones sociales en las casas, o los bares, ponerse a leer versos ahí sería como ponerse a tejer a crochet. Me da la idea también –pero no sé si estoy en lo correcto–, que incluso en privado la poesía se lee rápido, y mal, como en la búsqueda de algo, algún usufructo o ventaja concreta, aunque sea un remate sorprendente o una nota cómica. Creo que es por eso que una de las pocas poesías que se alaba hoy por hoy es la de Nicanor Parra, que lleva el último medio siglo publicando solo una especie de chistes, o frases ingeniosas y sorpresivas, acompañadas de caricaturas.

Más que una difusión más o menos masiva de la poesía en nuestra cultura, que no tiene importancia más que en términos mercantiles, lo que me parece preocupante es la pérdida de la capacidad de leer y disfrutar poesía, la disposición de conectarse con una sensibilidad más profunda y auténtica, de valorar la apreciación estética como una vía fructífera de relacionarse con el lenguaje y la experiencia. Es eso en el fondo lo que me parece que se ha ido perdiendo de una manera asombrosa en nuestra época, la disposición y la capacidad de valorar la belleza –y no la utilidad, no funcionalidad–, como una vía de acceso a algo, como un camino hacia alguna clase de síntesis vital que valga la pena. La misma idea de “belleza” se ha devaluado por completo, se la equipara con frecuencia simplemente a algo ingenioso, quizás levemente corrosivo o contestatario, una buena frase para un panfleto o una tarjeta, en el mejor de los casos algo simplemente decorativo, como el diseño de un pañito comprado en Casa&Ideas.

Esto es muy claro y el mismo hecho de que nadie hable de ello revela un empobrecimiento bastante pavoroso de nuestra propia sensibilidad. La posibilidad de detenerse en el lenguaje y reposar en algún ritmo simplemente porque es bello, no porque “sirva” para algo, o cumpla algún propósito determinado, abre también la posibilidad de dejar de repetir los lugares comunes y las formulas publicitarias que nos bombardean en todo momento y acceder a un fondo más genuino, más “humano” (a falta de otra palabra).

La poesía no es así un ornamento abstracto o accesorio, es una necesidad que da la impresión que el Chile actual requiere a gritos. La necesidad de salir de la ramplonería y la vulgaridad generalizada, el predominio absoluto de la eficiencia y la mercantilización de todo, incluido nuestro tiempo y nuestras relaciones. La pérdida de la lectura de poesía tiene mucho que ver con esta limitación general de nuestra experiencia exclusivamente a lo útil e instrumentalizable. Por eso la lectura de poesía es tan importante, porque un lenguaje no instrumentalizado es el único que nos permite alcanzar algún grado de verdad, llegar a alguna comprensión más fidedigna de nosotros mismos. Pero es eso precisamente lo que la vorágine incesante de nuestra vida moderna no nos deja ver, la presencia que se nos niega.

 

Foto: The Promise of Money, Damien Hirst, 2003.

7 Comentarios

  1. javier dice:

    Desde el punto de vista cuantitativo, tienes razón. Casi nadie lee poesía. Pero desde el punto de vista cualitativo, actualmente la poesía está mucho más viva que, por ejemplo, el cine o la música. El cine “de autor” murió hace rato (y parece que a nadie le importó) mientras que la música, a nivel chileno y mundial, sigue respirando a punta de reciclajes de los 60, 70 y 80.

    El error del artículo es, básicamente, no enmarcar el estado de la poesía dentro de la crisis general del arte.

  2. Luis Marín dice:

    Buen análisis.

    Agregaría que mucha de la lectura de poesía se relaciona con el deseo de posesión de una fórmula o llave maestra que posibilite cierta excelencia en el desarrollo de un arte que sigue teniendo un prestigio que parece inexplicable. Es una admiración interesada, también instrumental, relacionada con el individualismo y con el desprecio por cualquier cultor “que no sea yo mismo”.

    Demás está decir que el exceso de cultores por sobre el de lectores provoca hacinamiento y hace que el mundillo de los cultores de la poesía parezca una bolsa de gatos.

  3. Hay una responsabilidad clara en nuestra moderna “comunicación de masas”, cuya misión fundamental desde principios del siglo XX ha sido tecnificar el lenguaje para hacerlo puramente instrumental. El actual periodismo en Chile no oculta su odio contra cualquier posibilidad de lenguaje no instrumental: la actual generación de periodistas, entre 20 y 40 años, es una verdadera mafia, que hace gala de la ignorancia de manera abismal.
    La tecnificación del lenguaje y de la literatura muestra un país cuyo ethos merece perecer, siendo ya una ruina. Y la primera responsabilidad de esto recae en los periodistas jóvenes chilenos, como gremio completo y prácticamente sin excepción. Seguro que al señor Marín le pagan para decir lo que dice: no sólo ostentoso de lenguaje vacío, sino con un obvio cretinismo: esto es, seguro que es periodista.

  4. Pablo Fante dice:

    En lo que respecta a Chile hoy, la verdad veo el problema al revés: los libros publicados como “poesía” se han vuelto tan coloquiales y prosaicos que se rompe el nexo con la lectura poética de antaño.

  5. Gastón dice:

    Concuerdo con el planteamiento de Carlos (Henrickson). LA instrumentalización del lenguaje se ha instalado a nivel educativo desde las primeras reformas educacionales instauradas en democracia. Bien, es preciso que los estudiantes comprendan lo que leal, escriban textos medianamente legibles y sepan articular un discurso oral más o menos comprensible. Pero, ahora bien, cabe preguntarse, ¿qué textos se deben leer, con qué criterio elegirlos y de qué manera leerlos? Estamos claros que la categoria arbitrariamente designada “no literatura” establecida en los programas educacionales no es más que un intento por desarticular: aperturas de mundos, experiencias críticas, posicionamientos éticos y/o estéticos (todos objetivos planteados por el MINEDUC que, claramente, no se abordan en el día a día). Hay estudiantes de pedagogía que NO LEEN POESIA, no les interesa y no lo van a enseñar en sus aulas. La posibilidad de acercar esa esquiva “belleza” no puede ser un criterio al aire a manos de docentes y futuros docentes que no leen y, me me atrevo a decir, no saben leer poesía. Por ahora, ante la urgencia, el asunto está en la interpretación, en la posibilidad de analizar, juzgar o evaluar lo que se lee; todo entendido en una lógica de desarrollo cognitivo, crítico e, incluso, de ejercicio de nuestra libertad (como lectores, participantes del constructo social).

  6. GG dice:

    Gracias por considerar este y no el anterior.

    Concuerdo con Javier, el del primer comentario. La crisis es general, del arte, en una sociedad global cada vez más alejada de la experiencia sensorial que ofrece la vida rústica, y cada vez más exitista, donde lo que vale es lo transable, y no lo que está en ninguna parte, “lo bello”. Por otro lado, todo texto o contenido escrito parece requerir cierto “valor” -asimilable a una cantidad monetaria, claro- cuando se asemeja mucho más a la información. En la medida que “recibimos” algo transable de un texto -por ejemplo, las huevadas que uno aprende leyendo El código Da Vinci o cualquier Best Seller-, ahí sí “vale” para determinado lector, que después lo saca a colación en cenas y otros eventos sociales, como cafecitos por ahí.
    Lo otro: el lector, ha variado mucho en el último tiempo. No es casual que en Chile, después de la gran alfabetización que hubo a fines de los sesenta, se comenzó una serie de procesos revolucionarios en todas las regiones: hasta que gana la UP. Después el golpe. Después los años en que todo el mundo pasó el fin de semana a punta de Sábados Gigantes y otros, hasta el día de hoy, en que la emoción de los concursos en vivo ha sido reemplazada y superada por la de ver a huevones en vivo demostrando “cómo se hace para ser famoso y estar en la tele” –trampas, silicona, plástico-. Esa es la expresión de un sistema donde prevalece “lo que se lleva”, en el cual las personas quieren “ser famosas”. Acaso, cuando ustedes eran chicos, y les preguntaban qué quieres ser cuando grande, ¿decían “quiero ser famoso”? No creo, pero hoy hay muchos que sí lo dicen. Y muchos más, que ya son grandes y peludos, y peludas, que no lo dicen pero lo quieren, lo desean con toda su alma. Fama, ojo, no reconocimiento -que me parece más noble por lo menos, porque implica una lectura y no el resultado de la puesta en escena de un personaje-. Ni siquiera se trata de asegurar unas lucas para seguir trabajando tranquilo, leyendo, no. Ojalá se pueda ser famoso sin tener que trabajar, y en verdad, las lucas no importan tanto. Lo mismo pasa con muchos poetas que vienen de esa (de)formación del mundo “moderno”: muchas personas huelen la poesía, les gusta el aroma, creen que con eso pueden alcanzar algo y se acercan a los talleres literarios o las lecturas nocturnas con la idea de lograr una popularidad que les consiga cosas, personas, amigos, minas. Pero sólo es envalentonar el ser social. La literatura es sólo el medio. Lo mismo pasa en el caso de los best sellers: la literatura se convierte en plataforma de la industria del espectáculo. Vamos escribiendo libros mediocres, vamos emborrachándonos y hablando hueas -castillos en el aire-, vamos pintando el mono, pero creámonos poetas. Seamos poetas, que es como una forma barata de ser estrella de rock, o de reguetón. Y entre medio, las lecturas, pa la casa. La crítica seria: pa la casa. La poesía: pa la casa.

    Quizás la pregunta correcta no sea: ¿está muriendo la poesía? Si no ¿Se extinguieron los poetas de verdad?. O quizás sea también que los exterminaron.
    Al final, mientras haya poemas, habrá poesía. Incluso si se mueren todos los poetas del mundo: la poesía no tiene la culpa de que existan poetas.

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