Revista Intemperie

La invasión del chile dormido

Por: Federico Zurita Hecht

El estereotipo del pobre, desamparado y gracioso, que aparece en Los invasores, le quita al clásico texto de Egon Wolff su poder de denuncia. Federico Zurita cree que este montaje es la muestra de un Chile dormido ante la efervescencia social.

 

Cuando en 1963 se estrena la obra Los invasores de Egon Wolff, bajo la dirección de Víctor Jara, Chile se encaminaba a un período de efervescencia social propiciada por la necesidad de denunciar las grandes diferencias sociales y por una confianza en la posibilidad de revertir esa situación impuesta, sin sospechar que ese nuevo proyecto sería abortado solo diez años después a través de un golpe militar. El texto dramático de Wolff, en su necesidad de dialogar con el contexto social que lo produce, fue capaz de mapear con lucidez y profundidad los cuestionamientos que comienzan a circular en la década del 60 y de paso adelanta preguntas y respuestas relevantes para entender incluso el Chile de hoy. Tras diecisiete años de una dictadura que impuso un modelo económico neoliberal y violento, veinte años de democracia pactada que actuó regida bajo los parámetros económicos impuestos por el gobierno anterior y dos años de regreso de la derecha al gobierno para consolidar con brutalidad el modelo neoliberal, en Chile han renacido con algo de efervescencia las ideas que buscan denunciar tales desigualdades. En esto último radica la importancia de las ideas que propone Los invasores para hablarnos, casi cincuenta años después del estreno de su primer montaje, del Chile de hoy. Sin embargo, la más reciente puesta en escena de esta obra de Egon Wolff, bajo la dirección de Pablo Casals, toma decisiones que apuntan a bloquear gran parte del potencial discursivo del mencionado texto.

Para entender el bloqueo que el montaje de Casals realiza, es necesario primero pensar qué tipo de reflexiones es posible hacer sobre un eventual sentido del texto dramático de Wolff. La acción dramática presenta al industrial Lucas Meyer y su esposa Pietá llegando a su fastuosa casa luego de pasar la noche celebrando con sus amigos. Mientras tanto, los mendigos del otro lado del río comienzan a invadir la ciudad, y uno de ellos se escabulle en la casa de Meyer, iniciando el arribo de toda una comunidad de desamparados que invaden el magnífico jardín que Pietá tanto aprecia. Ya sea que este asunto sea leído como un intento por formular una representación realista o como una construcción simbólica de un estado de la comunidad nacional (un expresionismo que da cabida a lo monstruoso para manifestar una visión trágica de la existencia o un surrealismo que amplía la realidad a los lugares de la mente), la invasión que rige la acción dramática se presenta como una denuncia. Lo inquietante de la figura de los mendigos surge de un sentimiento que reside en la conciencia de Lucas Meyer y que apunta a manifestar su culpa. Meyer, así, es el representante de toda una clase social (la burguesía) que ha asumido el espacio que les pertenece y, por tanto, la invasión de la que están siendo víctimas. Sin embargo, con la culpa del industrial comienza a desnaturalizarse esa pertenencia, la que se convierte finalmente en una artificialidad disfrazada de condición natural. En ese gesto, el texto de Egon Wolff propondría que los que pueden ser tildados de invasores no son quienes inicialmente creemos, sino los que se sienten invadidos. Esto, porque la burguesía habría sido la primera en invadir o asaltar a los desposeídos y esta invasión es la que ahora recién comienza a ser develada.

Lo inquietante en la presencia de los mendigos es relevante en la conformación de discursos. Los invasores, así, buscaría traspasar al público esa sensación de amenaza que se instala, de diferente forma, en cada miembro de la familia Meyer (alguien quiere enfrentarlos, alguien más quiere evitar acercárseles, otro quiere acogerlos con una retórica estereotipada y Lucas busca sobornarlos). El público debería absorber la culpa y el miedo de los dueños de casa. A fin de cuentas, hoy en Chile las salas de teatro son repletadas por la burguesía. Pero el montaje de Casals se esfuerza por desintegrar todo el potencial inquietante que el texto de Wolff sí es capaz de transmitir al lector. ¿Cómo lo hace? La conformación de los mendigos se aleja totalmente de esa figura amenazante y se aproxima, en cambio, a una conformación estereotipada que repite modelos de dominación. Principalmente Toletole y Alí Babá son presentados como la usual caricatura del pobre: el desamparado como un personaje gracioso, lo que evidencia que su tragedia no nos interesa (fórmula habitual de las teleseries, por ejemplo, eterno templo de discursos conservadores). Al elegir por mendigos en gran medida a personajes graciosos, se toma una decisión discursiva. Ese, más que un problema de calidad artística es un problema de posición ideológica. El discurso subversivo del texto de Egon Wolff es abortado y se desplaza hacia una visión conservadora en el montaje de Casals. Este no es un problema de actuación, es un problema de dirección (aunque no puede dejar de mencionarse que, a excepción de Rodrigo Soto, las actuaciones son de un bajísimo nivel, especialmente la de un Willy Semler estereotipado y distraído, a cargo de Lucas Meyer).

El montaje busca mantener una equivalencia con el texto (con la salvedad de la fusión de los personajes de El Cojo y Alí Babá), sin embargo, el pequeño desplazamiento de lo inquietante a lo gracioso es definitorio al momento de llevar a escena esa denuncia que Egon Wolff formuló en 1963. Los invasores de Pablo Casals no realiza denuncia alguna y, por el contrario, provoca risas en un público distraído que sigue mofándose (mediante provocación del montaje, por cierto) de la representación del pobre. Los cuestionamientos, la culpa y las reflexiones en torno a la composición jerárquica de la sociedad se diluyen en risas grotescas y terribles aplausos de premio al final de la función. Lo inquietante es el espectáculo de la recepción. Mientras en Chile surge una eventual efervescencia similar a la de los años 60, este montaje nos habla del Chile dormido y nos engaña, nos hace creer que denuncia para finalmente no hacer lo que promete.

 

Los invasores

Dramaturgia: Egon Wolff
Dirección: Pablo Casals
Elenco: Willy Semler, Berta Lasala, Rodrigo Soto, Montserrat Estévez, Andrea Velasco, José Tomás Guzmán y Matías Jordán
Fechas: del 5 al 29 de abril. Jueves a sábado 21 hrs, domingo 20 hrs.
Lugar: Centro Cultural Gabriela Mistral GAM

Foto: Ignacio Rojas

Un comentario

  1. Pensé que iba por más cuando la vi. Y en efecto algunas actuaciones MUY débiles (Los hijos de Meyer por ejemplo)
    La tendencia de un modelo social y económico cortoplacista, que arrasó con todo, que fue y es tan fulminante que minimiza conflicto, -que es enemigo del conflicto más que un solucionador de conflictos a pesar que que estos sean inherentes a el ser humano- y ensalza lo grotesco; transformando ciertos estándares,trabajos, o actitudes, en caridad o chistes (en especial en caridad cuando se ponen la cruz en la boca), estereotipando de sobremanera,para que así sea más fácil pasar de largo o hablar en la mesa.

    No sé si fui yo, o algo faltó. Esa fue la sensación con la que quedé, y lo segundo que dije al salir. Por cierto no voy a negar que el componente instrumental, si fue algo que dio una intensidad muy buena, un recurso maravilloso.

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