Revista Intemperie

Todo Severina, una controlada y dulce monstruosidad

Por: Rodolfo Reyes Macaya

Rodolfo Reyes discute en la última novela de Rodrigo Rey Rosa la fusión del intelectual con el aventurero, a través de la figura de una ladrona de libros.

 

El mecanismo parece sencillo: la vida de un librero, que quiere ser escritor, se ve colisionada por el esperpéntico mundo de una ladrona de libros. La liberación o el extravío definitivo del protagonista son puestos en marcha como una fuga del universo prosaico, en una Guatemala que aparece y desaparece entre cada uno de los pasos que componen el affaire entre esta curiosa delincuente, Ana Severina, y el joven librero. Un anciano y presunto maestro de aquella será el eje material de la relación que, como toda relación, no será nunca del todo un lindo sueño ni tampoco una absoluta pesadilla. Severina es, a primeras luces, una novela que aborda las dimensiones esquizoide y redentoras del amor, desde una prosa desmalezada, deudora de cierto minimalismo posmoderno cuya marca  es la constante remisión a una realidad muchísimo más monstruosa que aquella que representa. Una obra indudablemente incrustada en la órbita del planeta Borges.

Por otra parte, Ana Severina, dibujada con varios de los atributos de la femme fatale, es, más que una ladrona de libros, una especie de renegada, militante de un culto  literario que instituye la ficción como principio de realidad. Este culto resulta oficiado por Otto Blanco, un anciano, un padre, un abuelo, un maestro, quien revela su bibliofilia como parte de una a amplia tradición familiar: “¿Sabe usted?, uno de mis tíos, un loco, es cierto, pero a veces podía ser genial, creía o decía creer que detrás de los libros, había un espíritu de clase. (…) Hablaba de una lucha por la dominación libresca del planeta. (…) Movimientos, invasiones, brotes, extinciones”. Si uno de los signos más característicos de la narrativa contemporánea corresponde al juego tautológico, es decir, al constante despliegue y repliegue de la literatura sobre su propia tradición, esta novela se hace parte de lo mismo. Cada uno de los personajes está con un pie, o bien con ambos, en el mundo de los libros. Huella que da cuenta de la parcelación de la existencia cotidiana en un sólo bloque, articulado por la especialización del individuo. Escritores que escriben sobre y para  escritores, vanidad del gremio o símbolo del estado de marginación de una literatura que se distancia de una sociedad a la que desprecia.

Giacometti alguna vez sentenció: Si en un incendio tuviera que escoger entre salvar a un gato o un Rembrandt, salvaría al gato,…y luego lo dejaría libre”. Reducir el comentario del escultor a una mera irreverencia equivaldría a suprimir una discusión que ya lleva más de un siglo arraigada en las distintas producciones artísticas: el arte v/s la vida, y por ende, los libros como negación de la vida de sus lectores. Antes, Nietzsche, en su delirante y lúcida autobiografía Ecce homo, fue mucho más claro: “Leer un libro por la mañana temprano, al despuntar el día, en todo el frescor, en la alborada de la propia fuerza,- ¡yo esto lo considero abyecto!”. En las antípodas encontramos a Borges.

La imagen de un hombre que, ya sea por incapacidad o repulsión, se separa del mundo para recluirse en una biblioteca, suele ligarse casi inmediatamente con la figura que nos hemos hecho de Borges. Para los ‘vitalistas’ en ella se encuentra cifrada el enfermo, el débil, el asceta, el nihilista: aquel que le dice no a la vida y sí a sus sucedáneos. En medio de esta disputa podemos inscribir la obra de Rey Rosa, como otras tantas. La operación efectuada por éste consiste en conciliar en una sola figura al intelectual devoto a los libros por un lado y, por el otro, al aventurero arrojado. Y, acaso por esto encandila. ¿A qué lector no le parecerían atractivos personajes fuera de la ley que también leen? Personajes que en su búsqueda de vida encuentran muerte y pequeños orificios que llevan a alguna parte donde todo calza, aunque lo monstruoso no deje de acechar.

Por supuesto, la influencia del relato clásico en una modernidad trastornada podría rastrearse hasta un Stevenson, vigorizado por la lectura que Borges realiza de este. En palabras de Rey Rosa, “por muy desquiciado que sea el mundo hay que contarlo con una prosa controlada“. Orden, contención, claridad para relatar el caos, la noche sin luna en la que se tambalean los cuerpos frenéticos. La clave de este logro podríamos hallarla en el eficiente manejo de las elipsis, en la meditada factura de los cortes. Como la obra visceral de un artista encontrado en una cantina por el narrador durante una noche de desesperanza. “La idea era introducir por la boca de los animales un cordel de pesca, con una bolita de caucho untada en miel, para que la tragaran con facilidad. Unas horas más tarde, la bolita, unida aún al cordel, sería expulsada por el ano. Después de lavar la bolita, que seguiría sujeta al cordel, volvería a untarla, para darla a tragar al próximo animal, que se transformaría en una cuenta, ‘un abalorio vivo’”. Severina, así, se sitúa a medio camino entre la cursilería y lo ominoso.

 

Severina

Rodrigo Rey Rosa
Madrid, Alfaguara, 2011

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