Revista Intemperie

Criticar al crítico: cien crónicas de José Miguel Varas

Por: Felipe González Alfonso
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El genial retrato de Joaquín Edwards Bello o Mauricio Redolés, es uno de los mayores méritos de José Miguel Varas como cronista. Eso cree Felipe González quien husmea en la labor periodística de este escritor a través de la lectura de Debo decir sucede.

 

El hecho de criticar al crítico, como reza el título de un ensayo de T.S. Eliot de 1961, tiene algo de vertiginoso, de puesta en abismo. Sucede algo parecido a lo que ocurre en ese cuadro de Dalí donde el pintor se pinta pintando a la amada. Al criticar al crítico se pretendería sorprender furtivamente, por detrás, los movimientos de la pluma de otro: los momentos en que se muestra más enérgico o sereno, los instantes mínimos en que agudiza su técnica o incluso cuando la descuida, sus transiciones, sus intensidades, sus presupuestos; en fin, se pretendería describir los procedimientos de su retrato haciendo otro retrato cuya ejecución —en el mejor de los casos— alguien vendrá luego, sigilosamente, a describir.

No conozco gran cosa la obra narrativa de José Miguel Varas, Premio Nacional de Literatura 2006, fallecido hace pocos meses, pero en cierto sentido esto puede ser beneficioso a la hora de calibrar, en su especificidad, su labor crítica desarrollada paralelamente a su obra literaria. Puede ser útil también, a la hora de criticar al crítico —literario, cultural, político— que sin duda había en él y que era inseparable del cuentista y novelista. Debo decir sucede, cien crónicas de carne y hueso (Catalonia, 2011), reúne el producto de la labor de Varas como crítico, cuyas publicaciones aparecieron en distintos medios (Araucaria de Chile, Rocinante, El Siglo) entre los años 1952 y 2008.

Respondiendo a un criterio temático —no cronológico—, las primeras dos secciones, “Lecturas” y “Poetas y profetas”, agrupan propiamente su trabajo como crítico literario, rico en anécdotas y reflexiones, ejemplo de una pluma consumada y eficaz. Desfilan por estas páginas algunas de las figuras más destacadas de la literatura chilena: Mariano Latorre, Nicomedes Guzmán, Francisco Coloane, Pablo Neruda, Enrique Lihn, José Donoso, Raúl Zurita, Ariel Dorfman, etc., y otros menos conocidos, a los que se intenta salvar del olvido. Sin embargo, en ocasiones, el costo de la fluidez y del dato sabroso se paga con la profundidad, y la mirada crítica parece sesgada por cierto prejuicio realista que contrasta la objetividad de un lenguaje directo —y, por lo tanto, más afincado a “la realidad”— con un lenguaje enrarecido por la floritura poética —que habría que evitar—, aunque sí hay que destacar que pone especial ojo en la destreza artística de algunos cuentistas sobresalientes, como Latorre y Coloane. Otro desliz crítico de Varas es el que lo lleva a evaluar el funcionamiento de ciertas obras a partir de un criterio extraliterario, es decir, en la medida en que se ciñan o no a los hechos que “reflejan” o refieren, como hace con La desesperanza de Donoso, novela a la que le reprocha mostrar a los comunistas oponiéndose a una misa en memoria de Matilde Urrutia, acto que tacha de “inverosímil”.

De cualquier modo hay que señalar que este tipo de aproximación es coherente con la actividad periodística de José Miguel Varas y su filiación con la narrativa social. Es por esta filiación, de hecho, que resulta entrañable el texto dedicado a la reedición de La sangre y la esperanza de Nicomedes Guzmán, y el que reivindica la novela Los sertones de Euclides da Cunha (periodista brasileño que denunció en su tiempo la ahora famosa matanza de Canudos, perpetrada por el ejército brasileño), precedente de La guerra del fin del mundo de Vargas Llosa.

Como crítico literario, José Miguel Varas tiene un raro talento —o limitación, depende de cómo se mire—: sobresale más cuando acaricia que cuando maltrata; no logra mirar de frente lo que desprecia, y esto se ve claro en los textos sobre Lihn y Donoso, escritores más comprometidos con la literatura que con la izquierda. Pero, sin duda, es en la crónica de “retratos”, por así decir, donde la pluma de Varas obtiene sus mejores resultados. Dibujados con cariñosa nostalgia aparecen en la tercera sección, “Damas y Caballeros”, personajes ligados al partido comunista, a la narrativa social y, en general, al círculo político, artístico e intelectual que a Varas le tocó vivir más de cerca, tales como Luis Advis (autor de la cantata Santa María de Iquique), Alfonso Alcalde, Fernando Alegría, Ligeia Balladares, Elena Caffarena, Mónica Echeverría, Joaquín Edwards Bello, Teresa Hamel, Mauricio Redolés, entre otros.

En último lugar, la sección “Sucede” hace honor al título del libro, a la fama de narrador del cronista, a su biografía y a su militancia política. Nos enteramos de su encarcelamiento durante el gobierno de González Videla bajo la llamada “ley maldita”, de sus quince años de exilio durante la dictadura militar, de su labor periodística en Bagdad, de su sorpresa frente a la paranoia de la seguridad —visible en las rejas que protegen las casas y cercan las calles— que encontró en su regreso a Santiago luego del exilio, entre otros. En esta sección también sobresalen los retratos de Pinochet (lejos de reducirlo a la figura del inculto villano, favoreciéndolo, lo complejiza con agudeza), del inefable Guatón Romo y del demencial Iván Moreira. La última crónica de esta sección y del libro entero, sean reales o no los personajes aludidos —lo que en varias crónicas, de hecho, llega a resultar secundario—, es un cuento notable sobre la estupidez académica, que en ocasiones le da asilo a notables estúpidos, a juicio de Varas.

La lectura de Debo decir sucede responde con perfecto equilibrio al imperativo clásico que exigía a la literatura entretener y educar, pero a esto se añade el plus de una crítica lúcida y mordaz, a ratos ácidamente irónica. José Miguel Varas no solo hace visible una larga tradición de infamia política en nuestro país —oscurecida por la infamia más reciente, pero iniciada con la llegada de clérigos y militares españoles—, sino también la inmensa riqueza cultural del siglo XX chileno. Y esto último a través de una abultada galería de personajes excepcionales, a menudo sumidos en el olvido a pesar del triunfo de muchos de ellos en Europa. En conjunto, estas cien crónicas poseen la vitalidad de la experiencia pensada y reelaborada a través de un riguroso manejo del lenguaje. Solo de este modo alcanzan lo más difícil: la íntima verdad de la sencillez.

 

Debo decir sucede, cien crónicas de carne y hueso

José Miguel Varas
Prólogo José Leandro Urbina
Santiago, Catalonia, 2011

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