Revista Intemperie

El suelo que pisamos

Por: Emilio Gordillo
suelo

El escritor Emilio Gordillo ofrece un descarnado análisis de la sociedad chilena a propósito del asesinato de Daniel Zamudio

 

Debería estar escribiendo un texto pendiente sobre Vila-Matas. Pero Vila-Matas es demasiado literaturesco en el momento y lugar en qué me encuentro. Estoy en Chile y siempre voy y vuelvo, pero de todas las veces que he llegado, nunca sentí tal nivel de descomposición social, alienación y, en este caso, y sobre todo, humillación, tristeza, y por qué no decirlo, orgullo.

Desde que llegué, cada vez que alguien me pregunta qué pienso al volver a Chile se siente ofendido. Para ofenderse es necesaria una postura de superioridad sobre el otro. A veces me imagino que esa sensación de ofensa pasa por un asunto de superioridad moral torcida, de orgullo de resistencia falseada. Orgullo de sobrevivir en la carencia y bordeando la mendicidad. Último resquicio de una dignidad perdida hace rato: el trabajo bien hecho. ¿El trabajo para quién?, pregunto yo. Zambra hace pocos días escribía una irónica columna sobre la complicidad. Y a propósito de complicidad, y a propósito de descomposición, déjenme hablarles sobre los chicos de un liceo emblemático de Valparaíso. Tras las persecuciones que han sufrido por las movilizaciones del año pasado, el promedio por sala corresponde a trece alumnos. Los demás han sido reubicados en diferentes colegios. A esos chicos reubicados se les tiene prohibido hablar sobre lo sucedido el año pasado bajo expulsión tentativa, además de negarles la posibilidad de expresarse en clase. Los que quedan en ese colegio emblemático de Valparaíso deben llevar comunicaciones de apoderados escritas si desean participar en marchas – ya prohibidas en el centro del puerto -. Los chicos están tristes. El sistema y el gobierno de turno les ha pasado por encima y lo sigue haciendo, no solo en términos de violencia física, sino también psicológica: el plan de recuperación de clases, desde su implantación a fin del año pasado, hace que prime la traición sobre las necesidades del grupo. Sumemos a este panorama el miedo. El miedo de todos. El miedo a perder el trabajo, el miedo a las cuentas impagas, el miedo a la hipoteca, el miedo a no tener lo mismo o más que el vecino, a ser menos por no ser menos. Imaginen ahora  esos consejos de profesores, la inopia, la inmovilidad, rumores de pasillo donde se sapea a quienes participen en marchas de apoyo a estudiantes. ¿Van viendo o no van viendo? ¿Les gusta el panorama? ¿Ven el suelo que pisan? ¿Se atreven? ¿Se ofenden? Ahora sumemos a un inspector de colegio. Nadie tiene certeza absoluta, pues en Chile nunca hay enemigos aunque los haya. El inspector que requisa libretas de comunicaciones buscando condicionales en potencia, y marcha a marcha, podría ser uno de los sapos. El inspector, nadie lo sabe muy bien, aunque todos lo saben bastante bien – nadie es tan valiente ni tan torpe como para increparlo -, dicen, participaría en una agrupación neonazi. Por lo demás, este país está lleno de nazis o neonazis, aunque muchos no lo sepan verdaderamente pues no suelen mirar el suelo que pisan. Hay suficientes como para armar un partido político, como bien escribió hace años Patricio Jara en una crónica del puerto en un ejemplar de la revista Rolling Stone. ¿Saben cuánta gente se necesita para formar un partido político? ¿Saben cuál es el suelo que pisan? Yo llevo nada más que dos semanas aquí y ya me he encontrado con este tipo de cosas. ¿Tengo tan mala suerte, o nuestra actualidad está llena de estas complicidades silenciosas y no queremos levantar la cabeza y mirarnos en un espejo?

Y hablando de suelo pisado, hablando de mendicidad, hablando de Paseo Ahumada, no puedo ni nunca pude olvidar un reportaje que vi en la adolescencia, cuando aún me reía de los chistes homofóbicos – como se siguen riendo muchos de los que hoy callan o rasgan vestiduras por la muerte de Zamudio -. En el reportaje se ponía a dos hombres de la mano a caminar por el Paseo Ahumada un día cualquiera. La idea era ver las reacciones de la masa frente a esa pareja que, de la mano, recorría el paseo rumbo a la Plaza de Armas. Gritos, risas unánimes. Chuchadas. Escarnio público. Espectáculo. La norma para generar conciencia en ese reportaje era la exposición espectacular. Si no hay espectáculo no hay conciencia. Diamela Eltit se repite incansablemente en múltiples columnas y libros. La imposición de una lógica de consumo y espectáculo que prima por sobre todas las manifestaciones sociales nos ha vuelto lo que somos hoy. Y hasta quienes piensan analizar con astucia los medios de comunicación, deteniéndose en realities y programas juveniles para describir la situación social en la que nos hallamos, pecan de hipervínculo, pecan de teoría, pecan de novedad, pecan de cómplices, pecan de moda. Yo he visto a mi amigo más querido, a quien admiro y en quien creo, sumergido en la contemplación de un reality show, ya totalmente inmerso en la seducción de ese formato, incapaz de desdoblarse, con la capacidad crítica al borde de un abismo. Esas cosas dan pena. Como da pena la mirada medio perdida y ojerosa de los familiares y los seres queridos. Yo intento que mi pena y mi dolor no forme parte de ese espectáculo. Es por ello que no hablo aquí del bajón que me provoca el asesinato de Zamudio y prefiero intentar ponerme en el rol de un tercero que trata de comprender el suelo que pisa. Y es difícil, incluso para mí, que no tengo que cuidar, por ahora, un trabajo que me permita comer y vivir en este país. Entre tanto montaje, tanto ministro del interior, tanta información torcida, tanta manipulación mediática, tanta catástrofe natural, tanto preludio de terremoto, tanta mala onda en la calle, tanta sospechosa micro quemada por ahí, es verdaderamente difícil reaccionar. Después de un golpe viene otro, y otro, y la muerte de Zamudio, lenta y casi inapelable, ha terminado por dejarnos una sensación colectiva oscura, limítrofe. Nótese que hablo de colectivo, comunidad. Lo dejo claro pues entre esa sensación de ofensa que se me enrostra constantemente aparece siempre el nacionalismo, la chilenidá y la gueá, y esa volá, como le llaman. Tal vez sea tiempo de abdicar de ese paracetamol nacional que le gusta tanto a la derecha y la izquierda y poner atención a conclusiones como las de Leonardo Sanhueza en su última columna de LUN, también sobre Zamudio: “Un país como el nuestro no tiene por dónde escaparse de su propio veneno”. Antes de un reconocimiento como este no habrá ley Zamudio, ley Gutiérrez – ¿se acuerda alguien de Manuel Gutiérrez? – que subsane los problemas políticos, sociales y educativos en los que estamos metidos. La ley antidiscriminación, tan necesaria, será papel muerto o efecto posterior: efecto punitivo. Pensar que la violencia disminuirá por la existencia de esta ley supone entrar en los mismos márgenes con que un partido como la UDI apela a sumar presos contra su supuesta puerta giratoria, en uno de los países con mayor población penal respecto a su número de habitantes. En otras palabras, necesitamos ser capaces de tomar cierta distancia y ver bien cuáles son los límites que se nos imponen en discusiones como esta. Pensar en la discusión de una ley como respuesta a lo que sucedió con Zamudio, y sigue sucediendo en nuestros hogares y en los hogares de nuestros vecinos, es seguir pensando dentro de los márgenes que el gobierno y los políticos cómplices nos imponen. En la última columna de su blog, Cynthia Rimsky escribe sobre la nueva ley de alcoholes y sus verdaderas intenciones: dejarnos sin calle, controlarnos y controlar nuestras ideas, nuestras conversaciones. Esa ley, y cualquier otra ley se determina y se determinará durante este gobierno bajo las conveniencias y el prisma que ya bien conocemos. Por una cuestión ética, y porque el mal gusto me descompone, yo ya hace unos buenos años he decidido, cada vez que alguien sale con un chistecito imbécil y homofóbico, decir con seriedad que soy homosexual. No importa la situación social, el contexto o las relaciones de poder en las que me encuentre. Aunque no seamos homosexuales podemos ser capaces de intentar ponernos en el lugar de quienes lo son. Hasta llega a ser placentero ver la manera en que se le descompone el rostro a quienes no pueden evitar ese tipo de comentarios de mal gusto. No saben cómo reaccionar, sobre todo cuando se visten con el ropaje de gente progre, tan de moda desde hace tantos años. Me parece que gestos como este pueden ser mucho más efectivos que una ley que regula a través del miedo a las penas.

El día que anunciaron la inminente muerte cerebral de Daniel Zamudio, bajé a comprar una empanada a la panadería de la esquina, en un cerro cualquiera de Valparaíso. Mientras me calentaban esa empanada miraba la misma tele que el dueño. En ella aparecían unos empresarios hablando de sus últimos negocios. Durante más de cinco minutos me quedé ahí. Hasta que miré el piso. Lo que me encontré fue la foto que les dejo a continuación. Un mosaico hecho de svásticas. En la panadería de la esquina. Un mosaico reparado. Lleno de detalles. Ese mosaico no tenía menos de cincuenta años. Trabajo bien hecho. Hecho con amor y dedicación. ¿Para quién? Y esto no es una metáfora o una alegoría simplona. Para escribir sobre figuras retóricas y literatura estaría escribiendo sobre Vila–Matas, y no lo estoy haciendo. Si estamos parados sobre esto, sobre este modelo, sobre este lenguaje, sobre esta sociedad que nos hemos construido o hemos dejado construir, al menos seamos capaces de mirar sin huir, sin ofendernos, sin llenarnos de orgullo. Ese mosaico no llevaba menos de cincuenta años ahí.

 

Foto: Emilio Gordillo

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