Revista Intemperie

Palabras crucificadas

Por: Pablo Torche

Pablo Torche alaba la recopilación de poemas ‘Nada tiene que ver el amor con el amor’, de Verónica Jiménez, y destaca particularmente la valentía de atreverse con poemas de denuncia política directa.

 

La editorial Piedra del Sol, de nacimiento reciente, ha incorporado ya un conjunto de seis libros de poetas chilenos, constituyendo un catálogo que parece particularmente atento a la crítica política y social. Entre sus títulos más destacados se cuenta ‘Nada tiene que ver el amor con el amor”, de Verónica Jiménez (1964), que recoge buena parte de sus Palabras hexagonales (publicados el 2002), así como un conjunto de poemas basados en tropos religiosos denominados en conjunto ‘Miserere’ y una media docena de potentes piezas de denuncia política, agrupados bajo el título de ‘Poemas Crucificados en la pared’. La recopilación se agradece, pues permite actualizar la obra de una de las poetas destacadas de la difusa “generación de los ’90”, en la que se puede incluir a Jiménez al menos en términos cronológicos.

El resultado final es sin embargo extraño, pues se mezclan poemas de muy distinto tono y sensibilidad. Los primeros, pertenecientes a los libros “noventeros” de Jiménez, expresan un yo más libre y distendido, muchas veces fundido, incluso podría decirse “redimido” a través del paisaje. Los poemas de la sección ‘Miserere’ en cambio, dan muestra de un mundo más desesperanzado, donde el gesto hacia un espacio trascendente parece la única vía de escape posible, y los poemas “crucificados” que constituyen a mi juicio a mayor novedad del libro, son intensos mensajes políticos, que dan curso a la rabia que produce la situación actual del país.

En este contexto, el volumen ocupa el lugar de una antología o proyecto de recopilación, que, al no ser anunciado, corre el riesgo de ensombrecer las nuevas piezas en vez de destacarlas. Así, hubiera sido quizás conveniente introducir un prólogo que contextualice los diez años de producción que se compilan aquí, o al menos una presentación de contratapa que anuncie las fuentes y permita ponerlas en tensión, ya que una edición tan sobria podría confundir al lector e incomodar incluso a los mismos poemas.

La debatible opción editorial no conspira en todo caso contra la fuerza de los ‘Poemas crucificados’ que me parecen la mayor novedad del libro y en los que me centraré en esta crítica. Se trata de una media docena de textos extraordinarios, varios de ellos diagramados en forma de cruz, que vienen a llenar un relativo vacío de poesía abiertamente política en el Chile actual. No hay aquí una cómoda crítica al mullido sistema de mercado, o una reflexión en torno a la banalidad de los medios de comunicación –que constituye el leit motiv dilecto de la agenda progresista actual–, sino derechamente denuncia, testimonio, crisis.

El mayor interés de estos poemas es meter dentro del cuadro a los ciudadanos marginados que no llegan a la televisión más que como símbolos colectivos, sus dramas ocultos oscurecidos por el vendaval de la historia. Aquí lo que se busca es una poesía derechamente testimonial, que le dé voz a los sin voz. La construcción de un tono de alguna forma inerte y resignado –mitad reconstrucción, mitad transcripción literal pareciera–, es a mi juicio el mayor logro poético para abordar este arriesgado ejercicio. El resultado es un lenguaje que logra acoplarse al dolor de las víctimas y a la vez transmitir una sensación aún más dramática de inescapabilidad, de fatídico determinismo:

Llegaron a las ocho
a la casa de Sergio
Catrilaf y solo
por pedirles el permiso
de allanamiento
los carabineros
le dieron un balazo a mi padre

(Hospital Makewe)

El hecho de que los poemas estén literalmente “crucificados” respalda también el tono de última letanía, como el clamor de algún Cristo extraviado dirigido a un padre ausente durante sus últimos momentos en la cruz. En este sentido los poemas tienen éxito también en la construcción de un raro tono de esperanza trascendente, que al mismo tiempo que pone todo lo ocurrido en este mundo en un espacio de abandono y resignación, busca un contacto postrero con el más allá.

La figura de una cruz, formada por letras que se leen necesariamente hacia abajo, producen también la idea de un discurso que se hace significado de la manera más concreta, fraguándose en la única forma posible que podría darle sentido a este testimonio de otra forma condenado. La forma del poema parece así corporalizar el intento de transfigurar el relato de una violencia sinsentido en algo que logre elevarse, adquirir peso por sí mismo.

…y me dijo que hiciéramos un trato
que no me iba a pasar nada si nombraba a
dos o tres personas  te vas al tiro para tu casa
nombré a mi primo Ernesto, no sabía a quién
nombrar entonces me dijeron que iba a entrar
a una sala y que tenía que decir eso y nombrar
a más y más gente me pasaron unos zapatos
que no eran míos y me hicieron pasar en el
fiscal y ahí me mostraron fotos y me hicieron
reconocer a la fuerza personas que yo nunca
he visto ni siquiera conozco me hicieron firmar
muchos libros ahí cualquier cosa que yo quería
decir me interrumpía y me decían que teníamos
un trato y yo obligado me humillaba y un
carabinero me dijo que tenía que firmar.

De esta forma, estos poemas crucificados parecen señalar la derrota de un relato histórico oprimido y arrasado por la historia, y al mismo tiempo encauzarlo en un camino de significación, acaso “redención”, lo que podría trazar una huella de continuidad con la anterior poesía de Jiménez.

Destaca en todo caso la novedad de esta poesía, que aborda con éxito un mensaje directamente político, no mediatizado por elaboraciones científicas, jerga académica y ni siquiera metáforas o símbolos tradicionalmente poéticos. No hay aquí impostación ni distancia, ni siquiera reflexión, sino que el contenido se presenta, por así decir, “en crudo”. No estoy diciendo que toda la poesía que hace una denuncia política directa sea valiosa (me pongo el parche antes de la herida), ni que sea necesariamente más fuerte que otra “mediatizada”, pero por lo mismo el hecho de que se logre la fuerza expresiva recurriendo a este delicado expediente hace de estos poemas piezas valiosas, que ponen en cuestión de pasada el rol que se le quiere asignar a la poesía hoy: una especie de libritos cómodos, para alimentar un rato de reflexión ácida (algo así como viñetas cómicas) pero no el abordaje directo de los dramas sociales y políticos que sacuden el tiempo presente. Esto también es denunciable, y los poemas de Verónica Jiménez tienen ese doble valor.

 

Nada tiene que ver el amor con el amor

Verónica Jiménez
Santiago, Editorial Piedra de Sol, 2011

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