Revista Intemperie

Amarillo crepúsculo: de la lírica a la política

Por: Matías Ayala
amarillo

Matías Ayala analiza el enjuiciamiento de la modernidad en el último libro de Andrés Anwandter, pero cuestiona la profundidad de su crítica política

 

El reciente libro de poesía de Andrés Anwandter, Amarillo crespúsculo, destaca en primer lugar por sus 250 páginas, extensión inusual para un volumen del género, en Chile y el mundo (exceptuando obviamente las antologías). Anwandter, conocido por una poesía de la precisión y compresión verbal, entrega ahora cientos de poemas, que se parecen mucho entre sí en términos formales y temáticos. El volumen no parece tener una arquitectura que ordene las páginas, por ejemplo, como podrían ser capítulos. Los poemas, además, no tienen títulos, visualmente se ven muy parecidos, casi todos se agrupan en estrofas de dos versos. El trabajo textual, en que Anwandter era reconocido –esas piezas retóricas, conceptuales y personales de Especies intencionales  (2001) no se encuentran en este libro. Por desgracia, me atrevería a agregar. En vez de tanteos y experimentaciones formales hay aquí la persistente expansión de un procedimiento. En esto se parece al volumen Banda sonora (2006) el que se estructura con versos muy cortos y asemeja ser un largo poema. En él difícilmente se distinguen uno de otros.

Banda sonora era una suerte de texto de inconsciente del telespectador urbano, en el cual se articulaban imágenes y sensaciones y donde la televisión, la ciudad, el mercado, el cuerpo y la memoria se tejían en textos de ritmos monótonos, como un intento de dar forma a la experiencia cultural contemporánea. Amarillo crepúsculo tiene una idea similar, ya que ello se compone de poemas que son montajes –en el sentido cinematográfico– de imágenes, reflexiones, escenas, recuerdos y sensaciones. A veces los poemas consisten en el enfrentamiento de sólo dos escenas narrativas, claramente delimitadas. En otros, hay una yuxtaposición de ideas más a menos abstractas en que el lector no se orienta fácilmente. El montaje es el procedimiento tradicional de la vanguardia –con el que la poesía de Anwandter se emparenta– y aquí es el procedimiento que arma los poemas. Por lo general, los textos enfatizan un estupor melancólico ante lo caótico de la vida contemporánea. En términos de los textos, esto se presenta mediante la sensación de inconclusión que entregan los poemas, o dicho de otra manera, los finales suelen ser especialmente anticlimáticos.

El sujeto de este libro presenta una posición compleja frente a estos males de la modernidad. Por un lado participa de ellos plenamente ya que, según informan los poemas, tiene computador, lavadora, cuenta corriente en un banco, ha vivido en el extranjero, etc. De hecho, no se deduce que el poeta esté especialmente mal ubicado en la repartición de clases sociales y de bienes culturales. Por otro lado, hay persistentes páginas en donde se critican diferentes manifestaciones de la modernización, en especial, su inflexión económica y política en la historia reciente chilena.

Frente a la inestabilidad del montaje de los poemas, esta crítica política tiende a fijar el sentido de los poemas y del libro. Banda sonora, en cambio, no mostraba esta necesidad de hacer denuncia política, ya que participa de las indecibilidad política de cierto arte pop en relación a la cultura de masas (por ejemplo, pienso en Andy Warhol): no se sabe muy bien hasta qué punto celebra las posibilidades democratizadoras o cuándo denuncia sus descalabros morales. Amarillo crepúsculo opta principalmente por lo segundo, reafirmando la certidumbre de la posición del intelectual y su capacidad para juzgar. Hay muy poco gozo en este libro y mucha denuncia. Esta crítica tradicional en la poesía hispanoamericana, el clásico alegato de los poetas sensibles y morales, humanistas y espirituales– en contra de los valores económicos y pragmáticos, amorales y vulgares. José Martí, Rubén Darío, J. E. Ródó hace más o menos un siglo hacían algo bastante similar. Algo más cerca, Jorge Teillier –también de filiación romántica– reactualizó estas críticas y propuso un cierto lugar mítico-literario en el pasado la provincia chilena como lugar de plenitud vital. Para este reseñista, este tipo de críticas a la modernidad aparecen más bien “conservadoras” en un sentido literal: el poeta quiere conservar el mundo en un cierto estado, que por lo general es la idea que tenía del mundo en su infancia. Los cambios sociales suelen ser siempre “para peor” y frente a estos se siente conminado a “levantar la voz”. Por ejemplo, en la página 244 se lee:

Quienes lucran
con saborizantes
autorizados
establecimientos
de enseñanza
ineficaz
añoran ahora
repetirse
otro postre
que se derrite
como los andes
espléndidos
al fondo de la propaganda

“Los capitalistas desalmados (“que lucran con saborizantes y la educación”) desean perpetuarse en su situación de poder (“repetirse el postre”) para el mal de nación (los andes que se derriten)”. Este parece ser el sentido de este poema. Más allá de la certidumbre de esta afirmación, creo que ésta es una idea que no sólo peca de obviedad –son pocos los que quieren dejar una situación de privilegio de poder– sino que además es limitada en su reflexión: la historia de la humanidad presenta repetidamente ejemplos de lo mismo. Los males que este libro apunta a detectar en la historia del Chile reciente y que elabora una y otra vez, son los mismos que componen la historia universal: la conjunción del dinero y el poder político, la falta de memoria como forma de control, entre otras. El énfasis histórico de Amarillo crepúsculo exhibe así una curiosa falta de conciencia histórica mayor. Ya adentrados en el siglo XXI, este reseñista esperaría una versión más matizada sobre la modernidad que una mera denuncia a la “transición” política chilena. Marshall Berman –por citar un autor– en Todo lo sólido se desvanece en el aire (1982) fue un paso más allá, al sostener que el capitalismo es destructivo, pero también una fuente de cambios positivos. Esta contradicción hace de la modernidad una experiencia compleja, como entendieron C. Baudelaire, W. Benjamin y muchos otros.

Amarillo crepúsculo en sus mejores momentos elabora la contradicción entre pertenecer a la modernidad y su crítica. Ahora bien, esto sucede en pocos casos. Da la impresión que Anwandter olvida a Parra y a Lihn –con los cuales podrían establecerse filiaciones–  y vuelve a Neruda, al Neruda que reduce el énfasis en la propia poética (su estilo es más simple), oblitera sus propias contradicciones y sale al mundo para enfrentar sus descalabros. Más provechosos y complejos son, al contario, los poemas más “personales” y descriptivos del libro, los basados en observaciones en primera persona y la memoria. En ellos se enfrentan, en su minucia cotidiana, los cambios en el tiempo, las contradicciones ridículas, absurdas, sentimentales, de la vida. Página 81:

Quisiera poder escuchar
sin aparatos el soplo
de mi hijo
entender sus exámenes
también
pero antes que nada
poder distinguir a distancia
entre todos los ruidos
del departamento
su corazón diminuto
latiendo sin pausa
con el tabique perforado

Da la impresión entonces que Amarillo crepúsculo es un libro excesivamente amplio. Así como el mundo que se retrata es caótico y negativo, la amplia cantidad de poemas sin título y parecidos entre sí dan una sensación de confusa monotonía. Además, si bien el poeta claramente espera  hacer literatura política, su énfasis le resta fuerza a su obra. Paradójicamente, sus momentos más líricos son más logrados y complejos. En definitiva, Anwandter en Amarillo crepúsculo se muestra como un poeta lírico que se esfuerza en ser uno político.

 

Amarillo crespúsculo

Andrés Anwandter
La calabaza del diablo. Santiago, 2012.

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