Revista Intemperie

La diminuta señal del universo

Por: Héctor Andrés Rojas

Un mundo construido de señales que a través de la literatura se llenan de sentido, es lo que encontraremos en La soga de los muertos de Antonio Díaz Oliva. Escribe aquí Héctor Andrés Rojas.

 

Si este libro hubiese sido publicado después de que Nicanor Parra recibiera el Premio Cervantes me habría parecido oportunista, aunque incluso ese comentario habría sido fácil, reduccionista e injusto. Además de no haber ocurrido de esa forma, lo que realmente interesa en La soga de los muertos es una serie de señales que lentamente van siendo descifradas por un lector novato, protagonista de la historia.

Esta novela parte de la premisa de queincluso los personajes vivos están muertos, aun cuando en la fábula contada se haga esa diferencia. Estarán por lo tanto los muertos-muertos y los muertos-vivos, que pudieron morir de manera real, que pueden estar ausentes o distantes, un padre del que poco sabe el protagonista es un ejemplo de estos muertos-vivos, que vuelven constantemente para ser recordados. En la literatura a veces lo que muere es la memoria o las ganas de hacer algo, aunque en ella nada está realmente muerto, sino más bien vivo y conectado de múltiples y fértiles maneras, tal como se construyen los intertextos en esta novela. 

La soga de los muertos además de ser la primera novela de Antonio Díaz Oliva, es al interior del relato, el nombre de la edición artesanal del libro Las cartas del yage, que reúne la correspondencia que Allen Ginsberg le envió a su amigo William Burroughs y que según lo contado, un gringo loco habría vendido en la feria artesanal del Santa Lucía a fines de los años setenta. La soga de los muertos también es la traducción exacta del quechua para ayahuasca, bebida de origen vegetal que se asocia tanto a rituales nativos como a experiencias psicodélicas, lo que el mismo Ginsberg habría experimentado en su visita a Chile, según la prensa de la época. Lo que hay en esta referencia doble al sentido del título de la novela, es lo que yo llamaría la diminuta señal del universo, algo así como pequeñas pistas que invitan a enlazar la fábula contada con la propuesta de Díaz Oliva, aquella en que La soga de los muertos es el nombre de dos libros y de una bebida potencialmente alucinógena. De esa manera es posible construir el sentido y resolver las inquietudes que nos atormentan, en ritos que perfectamente pueden ser literarios.

Es posible distinguir dos referencias temporales en la historia: la primera es enero de 1960 con la visita de Allen Ginsberg y luego el periodo que se inicia en marzo de 1994 y dura hasta 1997 donde el niño que protagoniza la mayor parte de la novela, establece un relato de asuntos personales. Esto último es el eje central del libro, narrado desde el foco íntimo e ingenuo de un niño que apenas comienza a subirse a una micro para trasladarse al colegio y desconoce lo que lo rodea. Y lo que lo rodea es un padre que protagoniza una acción colectiva que intenta poner en discusión la pertinencia de que Nicanor Parra gane el premio Nobel de Literatura. Vale destacar el detalle de que PARRA es también las iniciales de los nombres de los cinco integrantes del grupo que han ido llenando las paredes de Ñuñoa y La Reina promoviendo su objetivo. Uno de los integrantes, P, se había topado en Concepción con Parra únicamente cuando Ginsberg estaba en Chile y producto de la interrupción que hizo en la conferencia logró que el antipoeta lo mirara con reproche o hastío. Él no lo recuerda de esa forma y la incertidumbre sobre la veracidad del recuerdo funciona precisamente porque la memoria, buena o malamente, es una forma de creación literaria.

Para el niño que viaja en micro a su colegio existen una serie de elementos y situaciones que transitan a su alrededor sin que por eso llegue a entenderlas por completo. La misma separación de sus padres es un hecho que mira sin entender, curiosamente y que observa sin apropiarse del dolor que puede haberles causado. Esa desestructuración del núcleo familiar, al igual que las notas con poemas de Parra que le deja su papá son, en términos sencillos, diminutas señales del universo que el niño no llega a comprender. Entonces, en la medida en que no comprende lo que sucede, que no conversa demasiado y que considera que ninguno de sus compañeros es un candidato a ser su amigo, despliega su propia versión del universo a partir de las diminutas señales que distingue en su soledad.  Es así como destaca el parecido de Doc en “Volver al futuro” con la foto que encuentra en el estudio de su papá.

El elemento más interesante que aparece en la novela, es la relación que establece el niño con los diferentes cuadros que cada día ve camino al colegio desde una micro. Estos cuadros los imita o al menos los utiliza como ejemplos para sus trabajos escolares, obteniendo la aprobación de su profesora, pero en la medida en que deja de verlos, la falta de inspiración va cediendo espacio a sus sueños plasmados en ideas, texto y pintura. La presencia y posterior ausencia de estos cuadros en su viaje al colegio es el símil literario de la relación entre su padre, las escuetas notas que le deja, los sueños, Parra y “Volver al futuro”.

Esta es, entonces, una novela sobre diminutas señales y sobre muertos, que únicamente en la literatura es posible llenar de sentido.

 

La soga de los muertos

Antonio Díaz Oliva
Santiago, Alfaguara, 2011

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