Revista Intemperie

El lejano este queda en el sur

Por: Felipe González Alfonso

Líos amorosos, muertes e infidelidades son parte del chispeante mundo de Colonos. Felipe González rescata el registro tragicómico que Sanhueza utiliza con gran habilidad para crear esta suerte de Lejano Oeste chilensis.

 

Hacia el final de la película “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford”, irrumpe en una cantina un decimonónico Nick Cave. Guitarra en mano, relata la vida y obra del famoso pistolero del Far West, asesinado a traición por su compañero de infamias, Robert Ford. Este último se encuentra presente, e interpela al trovador para corregir un dato: los hijos de Jessie James no son tres, sino dos. Así, el film es consciente de algo que no sabían quienes lo alabaron por su “realismo”, por su “fidelidad” a unos hechos que ocurrieron hace más de cien años: aún estando vivos los implicados, las historias célebres comienzan a deformarse y su valor ya no radica en el grado de apego al acontecimiento original sino precisamente en el significativo —e inevitable— hiato entre ese hecho y su representación.

De modo parecido, el libro Colonos de Leonardo Sanhueza sabe que recordar es mitificar, y se entrega con delicada y puntillosa deliberación a tal empeño. Inspirándose en la Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters y en la balada de asesinato folclórica —o en su actualización rockera por Johnny Cash o el mismo Nick Cave en su Murder Ballads—, Sanhueza elabora nuestro propio Far West chileno. Se trata del sur de los colonos europeos hacia finales del siglo XX, filtrado por las voces de personajes vivos y muertos que poco a poco reconstruyen el funcionamiento de su mundo cotidiano y mapean el territorio en que habitan: Quillén, Ercilla, Victoria, pequeños poblados perdidos en la Araucanía.

El libro comienza con el relato en prosa titulado “Los peces voladores”, que narra las peripecias del joven belga Gustave Verniory para escapar de la falta de oportunidades laborales en Europa. Pronto se le presenta la ocasión y se embarca rumbo al nuevo continente, al que entra por Valparaíso; desde ahí se dirigirá por tierra hacia su destino. Este relato funciona como preámbulo de “Colonos”, y contextualiza e introduce el despliegue coral de los compañeros de suerte de Verniory. En la segunda sección los chismes y reflexiones de estos personajes comienzan gradualmente a configurar el enorme infierno de sus pequeños poblados: líos amorosos, asesinatos y litigios de toda índole son referidos con dramatismo pero también con humor y chispeante elocuencia (y aquí hay que decir que Sanhueza se destaca sobre todo en el manejo de este registro tragicómico, dentro de la variedad que domina). Algunos personajes incluso son expuestos desde distintos puntos de vista, de manera que sus discursos resultan a menudo complementados, relativizados o revertidos.

Varias series de poemas componen historias relativamente independientes, como sucede en “Los Glantz”, matrimonio arisco y sanguinario que lleva a su haber varios crímenes y que en “Enoc Pineda” asesina a éste y a su hermano:

él atravesó la garganta de mi hermano
y ella me reventó la cabeza con un hacha
y después nos sacaron las espuelas
para no dejar un rastro en el sendero.

O en la seguidilla de infidelidades y abandonos que se desarrolla en “Elise Berger”, “El telegrafista de Elise Berger” y “La esposa del telegrafista”, y que culmina en los primeros versos de “Jean Hasler” con la muerte sangrienta de uno de los partícipes del embrollo sentimental:

Cuando Joseph Enmenegger fue cosido a cuchilladas
y arrojado como un gato a la orilla del camino
¿a quién le importó su vida: a Elise Berger, acaso,
a sus parientes de Friburgo?

Evidentemente, esta suerte de fundación mítica del sur de Chile, lejos de estar poblada por ilustres europeos, abunda en asesinos y adúlteras, en viejos inmigrantes dedicados a las más variadas actividades, pero casi siempre agriados por la nostalgia y la adversidad económica. Los poemas finales, de hecho, poseen el tono desencantado del proyecto inconcluso; el paraíso del progreso que prometía ser América finalmente terminó por transformarse en un sitio decadente e inhóspito; la violencia, la locura y el vicio se extendieron como una plaga sobre los inmigrantes en el caldo de cultivo de las tierras sureñas.

En Colonos, si bien no aparecen los mapuches —se extrañan como en el Corán los camellos, según Borges—, la barbarie irrumpe como un germen invisible que le tuerce la mano a la civilización y la modernización europea termina hecha trizas. Sanhueza reúne y transfigura con destreza las pequeñas astillas de esa experiencia que quedaron flotando luego del desastre; los susurros fantasmales de quienes llegaron esperanzados y, según Colonos, fueron expulsados por una tierra maligna que no hizo más que corromper sus sueños de plenitud:

Unos fueron repatriados, otros dejaron sus hijuelas
para irse a las ciudades, a los manicomios
o a los cementerios recién inaugurados,
pero los que quisimos perseverar en la tierra
también fuimos muertos en vida, ahogados,
unos por la miseria, otros por la codicia…

 

Colonos

Leonardo Sanhueza
Santiago, Editorial Cuneta, 2011

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