Revista Intemperie

Héctor Libertella: un fantasma y su arquitectura

Por: Gonzalo León
hector

El controvertido Gonzalo León envía desde Buenos Aires una seductora coartada a favor del escritor argentino Héctor Libertella

 

1. Una grieta. Héctor Libertella, escritor nacido en Bahía Blanca en 1945, falleció un año después de Juan José Saer. Y ésta podría ser una de las tantas “coincidencias” con las que alguien, en realidad cualquiera que esté interesado en una literatura que mezcla todo, podría encontrar si leyera algo de la vida de Libertella, como por ejemplo que nació el mismo día que Jorge Luis Borges: un 24 de agosto. Para hacerlo tendría que recurrir a sus libros, a estos tres que convoca este texto o “sesión de espiritismo”; porque en ellos está su autobiografía, agrietada o en grietas, en las que si uno se asoma y mira la oscuridad que hay en toda grieta, puede observar al fantasma y su arquitectura. Pero en esta grieta no sólo hay autobiografía en el sentido tradicional, porque si bien esta escritura nace de lo autobiográfico, rápidamente se desplaza hacia otros ámbitos, incluso teórico-literarios. De este modo se forma una estructura ágil, inconexa a veces, y con una narrativa clara, independiente del género en el que incursione. Mi experiencia asomándome por esta grieta, aunque reciente, ha sido de pleno gusto, quizá porque asomarse por una grieta implica asomarse a lo desconocido y también a una arquitectura en apariencia quebrada. 

2. La arquitectura. A diferencia de Leónidas Lamborghini, de cuyo fallecimiento el 2011 se cumplieron dos años, no hay películas o reediciones que lo recuerden, a no ser la promesa de ir sacando todo lo que mantuvo inédito poco a poco, como si Libertella fuera un fantasma que no conviniera molestar. A la santidad del jugador de juegos de azar (Mansalva, 2011) fue el último de los libros que leí y se presentó en el café al que solía ir, el Varela-Varelita; muchos de sus antiguos amigos estuvieron presentes (Aira, Ludmer) y uno que otro intruso. En esta novela mantiene la estructura de sus otros dos libros, La arquitectura del fantasma (Santiago Arcos, 2006) y La Librería Argentina (Alción, 2003). La estructura que se repite –capítulos breves, no necesariamente conectados, que recurre a distintos géneros (algunos más ensayísticos, incluso presentaciones de libros, y otros derechamente poemas)–, podríamos llamarla, en lenguaje libertelliano, la arquitectura.

La Librería…, pese a ser un libro más ensayístico, tiene esta arquitectura. Aunque comienza con un texto que podría estar en un libro de narrativa: “La lectura solar se practica en la cubierta de este barco, del lado de arriba, superficie/sentina”. En La arquitectura…, en cambio, las primeras páginas bien podrían ser el inicio de un libro de ensayos: “¿Cómo será la autobiografía de un nonato?”. Para Libertella la arquitectura permanece, como si ésta fuera un rasgo distintivo de su escritura, al menos en estos libros, que se sitúan en su producción literaria del nuevo milenio; porque hacia atrás hay más de diez títulos.

3. Borges y Goyeneche. Hay temas que se repiten o que son recurrentes: la muerte, el Polaco Goyeneche, la cita a Borges y a la tradición argentina. A veces, como en A la santidad… mezcla una anécdota del Polaco con Borges y agrega a César Vallejo: “A propósito de las diferencias alfabéticas entre Borges y Vallejo, yo ya venía pensando en las diferencias genéricas entre el tango y la poesía que hubiera en las letras del tango. De pronto entendí que el Polaco huía de la cárcel de la garganta y la voz potente como paradigma del cantor. El tango y las letras de tango se iban con él más adelante, como ocurre con la vanguardia”. Aquí aparece otra de sus preocupaciones: la vanguardia. Ser o descubrir qué es vanguardia. En Librería… dedica un capítulo entero a analizar la obra de Daniel Guebel (Arnulfo, La perla del emperador, entre otros) y lo que vendría siendo “vanguardia en los años noventa”.

Nos podemos detener en otro cóctel que ofrece en La Librería…, al asociar a Kafka y a Borges con un ministro de estado francés: “Lo kafkiano y lo borgeano son adjetivos o atributos atribuibles a Kafka o a Borges. Pero qué decir cuando es un sustantivo el que emerge de un apellido. Desde la misma tapa, el título de este libro (se refiere a Siluetas de Luis Chitarroni) remite a Etienne de Silhouette, aquel severo ministro de Finanzas que dibujaba a los contribuyentes del estado como contornos en un pizarrón. Su nombre propio creó una Francia hecha de millones de ‘siluetas’”. No es casual la presencia fantasmagórica de Borges en los libros de Libertella, hay algo ahí que nos da una pista de lo que desarrollará como “concepto literario”. Sin ir más lejos, A la santidad… podría interpretarse como la versión libertelliana de Historia universal de la infamia.

4. Confusión + error + mentira = verdad. Desde luego que también Libertella demuestra ligereza o banalidad en sus textos, en especial cuando involucra a sus “cercanos”: “En la sala de recién nacidos, Danubio Torres Fierro vio al bebé y dictaminó ‘¡Es Mauro’!”. Tamara agregó ‘¡Es Mauro y es David!”. La confusión, el error (en A la santidad de… hay un capítulo completo en donde confiesa su error) o la mentira aparecen como parte de una narración que no pretende buscar la verdad, sino crearla, producirla. En La arquitectura… cuenta cómo incita involuntariamente a Enrique Lihn a confundir un ombú con una magnolia. Libertella frecuentaba el grupo de escritores y poetas que rodeaba a Osvaldo Lamborghini: Arturo Carrera, César Aira, su viuda Tamara Kamenszain y una joven Josefina Ludmer. Quizá aquí podríamos tener una buena pista a seguir y ver dónde se sitúa este escritor dentro de la narrativa argentina.

5. El fantasma. El otro aspecto a tomar en cuenta es el término fantasma, y que es un concepto literario muy propio, o eso intuyo. El fantasma es ese “ente” que habita ese inmenso territorio que está entre el escritor y el narrador, ese territorio es una especie de limbo. Por eso es fantasma. Cuando un escritor muere, queda la obra y todas las confusiones entre autobiografía o ficción se trasladan a un terreno, por así decirlo, espiritual o metafísico. No hay escritor, porque éste simplemente ya no existe; tampoco queda sólo la obra, porque alguien la hizo. ¿Entonces qué queda? El fantasma siempre rondará la obra. Y las dudas de qué tan autobiográfico fue un texto o qué intentó hacer el autor en esta novela o en este texto no podrán ser respondidas, a no ser que se recurra a una “sesión de espiritismo”, en la que la “lectura” será una experiencia mística. Uno lee a los “muertos”. Es aquí donde uno puede preguntarle cosas al fantasma.

6. En lo personal. Puede que estas observaciones estén equivocadas como toda sesión de espiritismo. No importa. Y cuando sucede esto, emerge lo personal, y en este terreno me gustaría contar una anécdota que involucra mi relación personal con este fantasma. Durante mis primeros dos meses en Buenos Aires no sabía que Héctor Libertella estaba muerto: su nombre así como sus libros solía topármelos en las librerías que visitaba. Un par de veces estuve a punto de comprar uno, y luego se me ocurrió la genial idea de comentárselo a su hijo, a quien suelo encontrármelo en la librería de Francisco Garamona. Él las dos veces me quedó mirando y enseguida, sacudiendo la cabeza, dijo: “Mirá qué bien”. Cuando por fin compré el primero no se lo comenté y esperé a leerlo para decirle algo más sensato. Y cuando leí La arquitectura… me sentí como poseído, porque tuve la sensación de que ese libro de alguna manera me había estado llamando. ¡El fantasma existía!, concluí eufórico.

7. Final. No hay final, pero hay fantasma.

 

Foto: Revista Ñ

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