Revista Intemperie

Poesía para leer lentamente

Por: Pablo Torche

Inserta en una tradición poco explorada en la poesía chilena, el último libro de Carmen García ‘Gotas sobre loza fría’, aborda con sutileza un mundo poblado de imágenes trascendentales, opina Pablo Torche.

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Con un epígrafe famoso de Paul Celan, “Dice verdad quien dice sombras”, este libro se sitúa con fuerza en una tradición comparativamente poco explorada por la poesía chilena, como es la que trabaja al margen de referentes concretos y cotidianos, y que busca levantar su fuerza expresiva desde un escenario abstracto, por medio de la condensación de símbolos.

Si esta opción levanta sospechas, sin duda que lo hace aún más cuando es escrita por una mujer. A pesar de que se diga lo contrario, mi impresión es que el sujeto femenino despierta recelo, por no hablar abiertamente de rechazo, en el ámbito creativo o de recepción crítica. No se trata por supuesto únicamente de la figura autoral, de si los artículos terminan con “a” en vez de con “o”; se trata del tipo de sensibilidad abordada. En Chile, creo, se favorece una poesía masculina, una poesía que hable de un deseo masculino, de una melancolía masculina, incluso de un carrete masculino (si es que existe algo así). Cuando estos mismos elementos son explorados desde un sujeto femenino hay una propensión muy notoria a tildarlos de cursis, impostados o sensibleros.

Me parece que este es el escenario que enfrenta en parte la poesía de Carmen García, pero lo hace con solvencia, con prolijidad. Desde su primer libro (“La insistencia”), el propósito es buscar versos (muy pocos) que rescaten una sensibilidad profunda, escondida. En este sentido, ésta es indudablemente una poesía vertical, que busca ir hasta el fondo, no abarcar un territorio demasiado amplio.

La apertura de ‘Gotas sobre loza fría’ (Editorial Cuarto Propio, 2010) anuncia con fuerza el lugar del habla: “No hay puentes / solo caminos que conducen de rodillas a la memoria”. Este poemario versa sobre la memoria, una memoria en general dolorosa, atormentada, poblada por la figura de animales, sentimientos personificados, y la imagen deambulante del padre, que adquieren casi la dimensión de demiurgos, levantados para atormentar al hablante. A través de un lenguaje fragmentario, breve, a veces cortante, se busca sintetizar los sentidos de estas presencias fantasmagóricas que luchan por la supremacía. Para que este conjuro sea creíble, tiene que haber concentración, no exceso. Imágenes que trabajen como remolinos, que capturen un ámbito de resonancias más amplio, no que sean simplemente la edición de una cháchara recortada ex post. En este intento los poemas de este libro en general triunfan; pierden cuando se disgregan en demasiados símbolos (lo que ocurre a veces con animales, o colores), en cambio ganan cuando se destilan en torno a una atmósfera más definida:

Mi orina es el fuego
vuelve de tiza las paredes de esta casa
blancas paredes donde el té es el licor de las sombras
canto que es piedra
hueso de pájaro

El mundo de los recuerdos pervive en la memoria. En muchos rasgos es una infancia conceptualizada en términos de desamparo y soledad, pero en el fondo es el retorno a una pregunta espiritual, que parece ser la fuente de la que manan los poemas. Una pregunta insistente por el origen, que será también el final del viaje, y que se responde a través de un cuerpo surcado por imágenes trascendentales:

Me pregunto quién es el que habla por las noches
con la sombra de quién habla el pájaro que tirita en mi cabeza
a quién conoce el silencio
dónde vuela el corazón entre las manos
la cruz en la mitad del rostro
la ciudad oscura donde nadie habita.
En poco tiempo, todo estará cubierto de agua
las casas, los niños dormidos, el vientre de las mujeres
las rosas enterradas.

Brotan de esta fuente de origen, con la cual se busca retomar contacto, oraciones sueltas, o levemente entretejidas, que no se sabe si son frases o símbolos o plegarias. El libro avanza entonces como un ritual hacia ese momento trascendental del inicio. A veces se distrae con símbolos demasiado concretos, pero lo que vale es el atrevimiento para interpelar esos lugares deshabitados, buscando un imaginario para construirlos. Volver a las grietas de los mapas, de donde emergen muertes, surcos, pero sobre todo oraciones o secretos que hablan en murmullos y que es necesario leer lentamente para comprender.

 

Gotas sobre loza fría

Carmen García
Santiago, Editorial Cuarto Propio, 2010

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