Revista Intemperie

Una gran incomodidad

Por: Nicolás Poblete
the sense of an ending

 

Hace solo unos meses se editó el volumen de cuentos Pulso. Ahora esperamos la traducción de la última novela de Julian Barnes, quien obtuvo el premio Booker por The Sense of an Ending:  “El sentido de un fin”, o “La sensación de un fin”, sería una traducción aproximada, que probablemente estará a cargo de Anagrama, que ha publicado buena parte de la obra del inglés.

El autor de El Loro de Flaubert, Inglaterra, Inglaterra y Arthur y George, entre otros, toma en su última entrega a Tony Webster, quien a sus 65 años mira de modo retrospectivo su vida. Tony es un tipo que raya en la dejación y la mediocridad. Ultra perfil bajo y cómodo con su entorno, Tony se conforma con pequeños placeres. Su ex esposa, con quien comparte almuerzos ocasionales y conversaciones superficialmente íntimas, parece ser su único vínculo afectivo. Pero lo que hay detrás de este escenario de pulcritud y tranquilidad es un tremendo resentimiento: Adrian, un ex compañero de colegio, quien se ha suicidado años atrás, le ha dejado a él un diario personal. Tony siente un remordimiento atroz, pues por esos años envió una feroz carta a su ex novia, quien lo reemplazó por Adrian, condenando a ambos con crueles maldiciones e hirientes deseos.

La breve novela consigue hacer un trayecto que va desde la juventud atrevida y llena de astucias e irreverencias, hasta una adultez cuasi cínica y agnóstica. Con la edad, Tony se da cuenta de cuán poco ha influido en su propia vida, y se pregunta si su vida es un avance, un progreso, o una mera acumulación. Hay en estas páginas reflexiones del siguiente tipo: “Todos sufrimos algún daño, de uno u otro modo… Algunos admiten el daño y tratan de mitigarlo; algunos pasan sus vidas tratando de ayudar a otros que están dañados; y luego están aquellos cuya mayor preocupación es evitar más daño, a cualquier costo. Y ésos son los implacables, y de los que hay que tener cuidado”. Y agrega: “Y eso es una vida, ¿no es verdad? Algunos logros y algunas decepciones”.

Con un estilo con ribetes ensayísticos, el narrador nos hace partícipe de sus temores e impresiones, a medida que envejece: “¿Sabes lo que temo? Ser una persona mayor en un hospital y tener enfermeras a las que nunca he visto llamándome Anthony o, peor, Tony”. O: “Me sorprende que ésta puede ser una de las diferencias entre la juventud y la vejez: cuando somos jóvenes, inventamos diferentes futuros para nosotros mismos; cuando somos viejos, inventamos diferentes pasados para otros”.

Como vemos, esta novela dedica varias páginas a reflexiones sobre el pasado, el futuro, las acciones que uno protagoniza, las decisiones que uno no toma. Tony reconoce que es posible ser nostálgicos sobre penas recordadas, así como placeres recordados. Pero lo que lo perturba es la sensación de no poder ser coherentes o no poder tener un punto de apoyo respecto a nuestra propia posición vital: “¿Cuán a menudo contamos nuestra propia historia? ¿Cuán a menudo ajustamos, embellecemos, hacemos cortes astutos? Y mientras más avanza esa vida, menos son los que quedan alrededor nuestro para desafiar nuestro recuento, para recordarnos que nuestra vida no es nuestra vida, sino meramente la historia que hemos contado respecto de nuestra vida. Contada a otros, pero –principalmente—a nosotros mismos”.

El sentido de un término, de un final es, naturalmente, la sensación del protagonista de estar llegando a un punto álgido en su propia vida, y de su impotencia ante la imposibilidad de enmendar los hechos pasados: “Pensé… que podía volver al inicio y cambiar las cosas. Que podía hacer que la sangre retrocediera en su flujo”. Esta trayectoria personal encuentra su correlato en el peso y la preocupación que se derivan de la Historia, con H mayúscula. Reflexiona: “Alguien una vez dijo que su momento favorito de la historia eran aquellos en los que las cosas estaban colapsando, porque eso significaba que algo nuevo estaba naciendo”. Respecto a la Historia, Tony recuerda un cándido intercambio con un profesor, al cual le había dicho que la historia eran las mentiras de los vencedores. Y el profesor le había respondido: “Siempre y cuando recuerde que también son los auto-engaños de los perdedores”. Y, se pregunta, ya como adulto mayor: “¿Recordamos eso lo suficiente cuando se trata de nuestras vidas privadas?”.

Después de una resolución que no descubriré aquí (verdaderamente ingeniosa y totalmente convincente), Tony se pregunta: “¿Qué sabía yo de la vida? ¿Yo, que había vivido tan cuidadosamente? Quien no había ganado ni perdido, sino quien solo permitió que la vida le pasara?… ¿Quien evitó ser herido y lo llamó una capacidad para sobrevivir?”. Las últimas palabras de esta breve novela están lejos de representar un consuelo: “Hay acumulación. Hay responsabilidad. Y, más allá de éstas, hay incomodidad. Hay una gran incomodidad”.

 

The Sense of an Ending

Julian Barnes
Londres, Ed. Jonathan Cape, 2011

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