Revista Intemperie

La infancia es el país del cual no todos fuimos exiliados

Por: Juan Pablo Pereira

En Cuerpo perforado es una casa, Gustavo Barrera recorre con impasibilidad los hechos de una infancia poblada de fantasías monstruosas y normales a la vez, opina Juan Pablo Pereira.

 

Una casa con un niño dentro, devenido en el adulto que devoró esa casa y la lleva ahora dentro de él. Entran y salen cosas y personas de esa casa. Frente a cada una, intentar comprender. Esa comprensión forzosamente errada en su momento, frente a las correctas comprensiones que ahora -no entonces- sabemos erradas también, informan la reedificación del castillo infantil, habitado por un cuerpo que en Cuerpo perforado es una casa (Calabaza del Diablo, Santiago, 2011), de Gustavo Barrera Calderón (Santiago, 1975) se exhibe en una vulnerabilidad en parte sufrida por el peso de otros sobre ese cuerpo, en parte lúdicamente buscada. Castillo que, en este caso, parece una versión de plástico, semiderretida de la casa de Barbie. Los accesorios, en este caso, no se venden por separado. La interferencia entre las circunstancias vitales de un niño y el niño que las vive se anudan para dar cuenta de un relato que sería terrible si no fuera divertido, que es terrible por eso. Si la aprehensión de ese relato fuera el sentido de este libro, podría pasar por un acto de denuncia; en este caso, la de la fuerza infligida desde el estereotipo al que un cuerpo no se amolda y deforma de vuelta.

Barrera cancela desde ya dicha posibilidad de denuncia, es decir, la preserva mediante su puesta en suspenso a través de una retórica de la contención. Ya sabíamos (erróneamente, es decir a partir de sus otros libros) que Barrera no hace concesiones a la emotividad; que sabe -uno imagina- que no hay forma de rescatarla, sino impidiéndole cualquier explicitación que lleve a una compasión inmediata. Demasiadas novelas baratas y poesía de cuarta han quemado completamente ese sensor. Queda usar otros, hechos para otra cosa. Resulta notable que esa alteración de los mecanismos, los sujetos, las acciones esperables desde esa normalización rechazada, sea lo que en este poemario parece corresponder al niño que describe y es descrito en este libro, cuyas aventuras y desventuras nos exhiben los primeros pasos de una homosexualidad que transgrede, obviamente, otra normalización, en la que los adultos actúan extraño al cuestionar el extraño actuar de dicho niño, o sea, endosándole dicha extrañeza.

Así, la tranquilidad en la fría relación de hechos (por llamarles de algún modo; “cuadros” sería más exacto) sirve -por oposición a una expresión desgarrada, cargada de adjetivos y finalmente ineficaz- para mostrar monstruos en su normalidad un tanto espantosa, en vez de supuestas anomalías disruptoras de un cuento de hadas (o muñecas). Todos aquí participan de algo así como una tragedia de títeres en tono menor, soportable desde la clasificación en objetos animados, como “mi madre falsa”, “mi madre verdadera”, “el psicópata”, las Barbies con nombre y quizá apellido, el pelícano rosado, el amiguito retardado, la poetisa o la sirvienta. Personas que no son personas ni cosas que sean cosas. Carne o plástico, la materialidad de unos y otros es rotada o amenazada con rotar de lugar constantemente. Todos son actores: un niño que quiere ser de plástico y que tiene como verdadero hijo a un pelícano de plástico rosado, una madre verdadera que es la falsa y viceversa, hermanos que se devoran el rostro, Barbies que se roban las cabezas y así.

Puestos juntos como en este libro, lo terrible y lo risible no son ni lo uno ni lo otro, sino este libro algo así como paralizante; o sea, el catastro de una catástrofe, puesto a salvo del dolor o su opuesto al dejarlo aquí lejos, en lo escrito. Es quizá a través de este expediente, esta dislocación que Barrera logra asentarnos en la sensación un tanto incómoda de que no pretende significar nada, frente a nuestro impulso primero por hallarle significado o siquiera una función a este libro. Por oposición a la idea de que la lectura suponga una colaboración entre el lector y el autor, cabe preguntarse si este libro no está concebido -por ponernos un tanto dramáticos- como una trampa en que un lector pierde o pierde, si es puesto en la disyuntiva de hacer caso a las señales que le indican que se tome en serio esto -en cuyo caso podría quedar como un tonto- o bien hace caso de las otras, las que le indican que todo es más bien risible -en cuyo caso podría verse como un tonto aún mayor-.

El planteamiento de esta pregunta y la aparente imposibilidad de respuesta -algo por lo demás no especialmente novedoso en un poemario contemporáneo- en una tensión que las anude, es sin embargo algo extremadamente difícil de ejecutar y Barrera lo ejecuta, a ratos con maestría. Otra cosa es si este libro remite a algún tipo de placer para el lector. Pero en lo que cada uno encuentre placer no es materia de esta reseña. Por de pronto, la circularidad, las simetrías que ensamblan Cuerpo perforado es una casa suponen un paseo nerviosamente tranquilo por un lugar que querríamos abandonar cuanto antes. Ello asumiendo que podamos salir de allí.

 

Cuerpo perforado es una casa

Gustavo Barrera Calderón
Santiago, La calabaza del Diablo, 2011

2 Comentarios

  1. Claudio González dice:

    Excelente reseña. Claro, no se podría esperar menos, el libro es también excelente.

  2. Notable reseña para un libro estraordinario. Felicitaciones!!!

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