Revista Intemperie

Primos, de Luis López-Aliaga

Por: Juan Manuel Silva Barandica

En su última novela, Luis López-Aliaga atraviesa diferentes capas de la historia de Chile a través de las voces múltiples de una familia.


Parientes de la imaginación helénica que trazara la tragedia de los Atridas, la familia de ascendencia italiana de la que trata Primos, busca representar el complejo discurso de la transición y el fin de la democracia mediante las relaciones familiares. Vecino de Faulkner, López-Aliaga configura un espacio y el paso del tiempo desde las voces, las personalidades y la textura con que cada personaje despliega la realidad sobre sus ojos. Así, las vidas de Flavia y Pablo, el incesto, los viajes, los colonos y la ficción que comparte la historia de Chile con la historia de una familia cualquiera, prueban que el diseño de esta novela, además de alejarse de la intimidad, los espacios cerrados y la sensiblería, retoma venturosamente un perspectivismo, presente ya en el Quijote, aunque orbitando como el buitre la materia funérea, circulando, diríamos, sin representar el meollo, el centro, la cosa imposible.

Otro punto notable, es que la huida del lugar común, es decir, privado, casero y carente de experiencia, se transforma en una curiosidad narrativa que tensiona el convencional límite entre la narrativa histórica y la historia. En ese sentido, la aparición de López-Aliaga como personaje, además de dialogar con antecedentes inmediatos como Rey Rosa, Philip Dick o Roa Bastos, desplaza el límite de lo íntimo a una absoluta exterioridad. Se lee en el diario el crimen y no existe un correlato visible de ese trauma.

Como lo había hecho en Cuestión de astronomía y El bulto, López-Aliaga trata las cuestiones por contigüidad, ausencia o  distancia. Esto, pues tanto la dictadura, la sobrevida burguesa entre los ochentas y noventas, y los problemas identitarios que acaban alzando fronteras entre campos de la memoria y el dolor, son inenarrables. De un modo similar, la experiencia del autor entre el Perú, Chile y algunos antepasados europeos se ve representada con los matices de lo especular o el sueño. Todos los personajes son de algún modo extranjeros y colonizan aquella porción de territorio común, para sí; también los espacios son ámbitos de desarraigo, como si los personajes y sus historias estuvieran en un continuo desplazamiento semántico y vital, sin hallar una conclusión, una síntesis o la imagen nítida del crimen. Porque es posible leer la novela como una alegoría de la transición o como sobrellevar la muerte, la ausencia, el dolor y el fracaso: promesas incumplidas, olvido, silenciosa iteración.

La pluralidad de voces y de enunciaciones rompe también la lógica de una legibilidad de consumo, aunque sin llegar a la algarabía y lo hermético, planteando mediante la representación de espacios, voces y verdades disímiles la compleja red de situaciones casuales y causales que configura el tapiz de nuestras vidas. La escena de la muerte del chancho, figura de la muerte futura, sin un sentido claro, vacía y brutal, más allá de ser un eco de ese límite realista trazado entre civilización y barbarie, muestra cómo la pérdida de una experiencia plena acaba insensibilizando a los personajes con respecto a su propia historia, en la que sólo el narrador repara mediante un diminutivo “la lengüita afuera” para referir a su agonía, que es también la forma de vivir de los personajes, a un paso del ataúd, en espera de su aniquilación.

Dentro de la confusión y el imposible relato del que habla Flavia, el cuaderno azul y su apelación a la gringa, la narración de la historia de estos primos, parientes también de los primos de “La pieza oscura” de Enrique Lihn, logra clarearse y desbrozar los tallos  fuertemente anudados de la novela, al plantearse ese motivo recurrente de los viajes veraniegos. La conversación con los muertos, en un principio ligada a la búsqueda de grandes voces que acaba frecuentemente conformándose con un muertito desconocido, cobra importancia, ya que permite otra lectura, esta es la de una poética mediúmnica, en la que, además de testimonio o hibridación de géneros referenciales, existe un diálogo con la muerte y el orden que a ella circunda. Así la realidad de una tradición o un modo de entender la realidad, como el vínculo que une a las generaciones, puede ser representado dándole voz a los muertos además de los agónicos. Es en esta lectura que advierto, por otra parte, la preocupación obsesiva y generosa de López, quien se interna en la retórica de su propia familia, sin los ambages propios del melodrama, frío como un cronómetro de precisión, permitiendo ver otra novela dentro de la novela: la de Flavia, la de los hijos o los nietos.

 

Primos 

Luis López-Aliaga
Santiago, La calabaza del Diablo, 2011.

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