Revista Intemperie

La época demanda una imagen (de costureras y pasarelas de carretera)

Por: Germán Carrasco
perro

Germán Carrasco alaba la narrativa de las últimas películas y documentales nacionales, critica el escapismo de algunos escritores chilenos y hace denuncias de clasismo, impunidad y otras pastas

 

¿Qué queda de esos intentos de cine comercial de los años noventa? Nada. Fracasos cinematográficos y televisivos, gastaderos de dinerales y energía completamente innecesarios. Quién recuerda hoy “La rubia de Kennedy” de Valsecchi, “Mi último hombre” de Gaviola, “Entrega Total” de Kocking, o “Sub Terra”. Afortunadamente nadie. Y, en narrativa, ¿quién se acuerda de Fuguet diciendo que la única preocupación real de un escritor es decidirse por Mac o PC? Aunque se trata de reinventar, ese autor es una mona vestida de seda que perdió credibilidad hace mucho tiempo.

Pero hoy la lección está aprendida y los cineastas de ficción y de documental aprendieron a filmar con menos dinero y más talento. No están mareados con la plata o la modernidad neoliberal como los que nombré antes.  Organizan festivales. A través de las tramas hablan del síntomas, no le temen a hablar en primera persona ni maquillan el país, no le hacen el quite a los híbridos ni desdeñan filmar con poco. Y algo que me parece muy importante: conocen Santiago y ponen la cámara en el cambio de la fisonomía de la ciudad y en lugares que no han sido filmados.

Aunque hubo excesos con el regodeo en el arte de la extrema pobreza, en el “Chacal de Nahueltoro” y “Valparaíso mi amor”, esas películas son las primeras  que insertan elementos del documental en la ficción, y ahí están los antecedentes del documental de hoy. Esas pelis fueron las primeras que quisieron retratar la sociedad chilena y no imitar melodramas gringos como en el periodo de la producción de Chile-films y los melodramas criollistas. Otra lección aprendida, porque los de hoy no se regodean en el retrato truculento de la pobreza,  pero están lejos del escapismo del cine que aspiraba a lo comercial (¡como si se pudiera aspirar a eso, como si se pudiera pensar en el espectador en el momento de la creación de una obra! ). Las películas actuales se hacen cargo de mundos que no habían sido narrados con anterioridad o que recogen ciertas tradiciones que se fundaron en el cine social de los 60, pero no quieren revivirlo (lo que sería  anacrónico, decadente y fome) sino que buscan nuevos formatos y lenguajes desde lo posible para contar historias honestas, bien planteadas y en donde, muchas veces –sin echar mano a un feminismo talibán y castrante- las mujeres son las protagonistas.

Revisemos al azar: la película Lucía, por ejemplo, de Niles Atallah, da cuenta del mundo de una costurera que vive sola con su padre. El mundo tenue que ellos comparten,  los tapices en el cuarto de ella, el Santiago antiguo que convive con los nuevos proyectos inmobiliarios aparecen nítidos en ese filme que muestra el  mundo de esa mujer como si fuera una galería de pinturas anaranjadas y ocres. No hay una exaltación ni idealización de la marginalidad, no es turismo social. Tampoco hay  una visión grotesca de la pobreza, eso de mostrarla en su decadencia, con una cámara entomológica que trata como bichos a los personajes bailando cumbias desafinadas en una decadencia total parecida al infierno, como le gustaba hacer al insufrible Silvio Caiozzi (que, salvo excepciones, no conseguía ocultar su asco social, al igual que la vieja Donoso en la que se inspiró tantas veces).

La convivencia del Santiago de fachadas continuas y el nuevo Santiago aparece también en “Perro Muerto”, de Camilo Becerra, en donde aparece otra costurera, adolescente, que se queda sin casa y debe deambular con un hijo a cuestas.  Otra muchacha es la que sostiene el documental autobiográfico “Hija”, en donde María Paz González habla en primera persona de la búsqueda de su padre, una película de carretera que nos hace estrellarnos de decepción ante la imagen del padre. La directora homenajea de paso al género Road Movie y a las películas y series japonesas sobre huerfanías. “Hace tiempo que no lloraba en el cine” comentaban algunas señoras luego de salir de la función en un grupo variopinto y democrático que no he visto en otros lados. María Paz González mostrando a su mamá, una mujer sencilla, hablando en primera persona sin  arribismos. La directora hace un valiente exorcismo con una situación familiar.

Por lo que he podido ver, en general el mundo de los que hacen y ven cine no es un mundo esquivo ni snob, quizás porque necesariamente tienen que trabajar en equipo y porque saben que todo cuesta mucho trabajo. Otros ámbitos son más cerrados y agresivos: el mundo del arte con su sofisticación fingida o auténtica, o la agresividad eterna e inexplicable que se observa entre los creadores del mundo de la literatura. Estos últimos se agreden entre sí, mientras que a esos que de verdad definen los perfiles culturales, cortan plata y modelan la opinión desde algunos medios, parecen tener inmunidad total y nadie los toca. Acaso influya el hecho de que la escritura sea un acto solitario, un proceso enrevesado y misterioso relacionado, en lo esencial, con la muerte, en tanto que el cine ES necesariamente un trabajo grupal. Cierro los ojos y trato de pensar por qué aparecen costureras y esas pasarelas que conectan la carretera en más de una película. Porque esos planos se repiten en la pantalla grande del cine nacional por estos días.

Si la  época demanda una imagen, en este momento esa imagen la están dando ciertos cineastas, y especialmente los documentalistas. Los poetas son una bolsa de gatos en peleas eternas, los narradores están ocupados en describir escenas de la vida burguesa y son más livianos y deslavados que la música acústica y sin letras que escuchan, hablan de la arenita en el zapato y de las vacaciones con la novia, la trabajan de transnacionales pero no conocen ni la literatura Argentina, van a Buenos Aires a un congreso de literatura pero lo que les interesa es ir a Palermo o comprar cosas en el Duty Free, lo que me parecería muy bien si es que no nos dejaran en ridículo, como ocurrió no hace mucho en el encuentro de escritoras en Argentina. Es sintomático que algunas personas de la gestión cultural, narradoras y narradores, guitarreros de la gilada acústica y de cualquiera de las deslavadas movidas “culturales”,  no se hayan pronunciado sobre el conflicto estudiantil, no conozcan Santiago y encima escriban con faltas de ortografía.

Le cuento esto a una amiga profesora de la Chile y me dice que coincide y que lo mismo dijo el académico y crítico de cine marxista Michael Chanan de Inglaterra, que andaba en Chile fascinado con los documentales  (¡compró once dvds de docus chilenos!), el movimiento estudiantil y la arquitectura de Valparaíso. Me habría gustado invitarlo a un té para haber charlado y pedido algunas opiniones porque su excitación con Chile tenía al viejo con un entusiasmo impresionante.

Estar atento a la cartelera del cine nacional es importante en estos momentos. Porque no todo aparece en cartelera y porque las películas duran poco en exhibición, lamentablemente. Es una lata decirlo, pero  las cadenas de cine son un monopolio, programan las mismas películas en todas las salas, y censuran algunas, como pasó con El Mocito y Cinemark. Pero aún así, a veces, con suerte, damos con algo, en el Alameda, en el Centro de Extensión de la UC. Deberíamos estar agradecidos de estos filmes, como dijo por ahí un amigo novelero, fascinado luego de ver “Perro Muerto”, del lenguaje maduro de estos cineastas. Arrasan con los premios, pero eso es lo de menos. Lo importante es compartir su amor al lenguaje, su ternura y visión de país. El único problema es que hay que andar como sabueso rastreando sus películas, lo demás es la frescura, oscuridad y silencio de la sala.

 

Foto: Perro muerto, de Camilo Becerra (Chile, 2010)

Un comentario

  1. Sebastián Sampieri dice:

    Muy buen artículo. Eso sí, entre tanto “docu”, “peli”, “lata”, “un té para haber CHARLADO”, le faltó decir “juntarse a platicar”.

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