Revista Intemperie

Popmoderno

Por: José Ignacio Silva A.

La historia de desamor de una mujer es lo que se esconde en el fondo de El Gran Hotel. José Ignacio Silva cree que es un buen relato, aunque está muy adornado con recursos onderos como alusiones pop y juegos metaliterarios.

 

Dentro del panorama narrativo joven nacional, surge el nombre de María Paz Rodríguez (1981), profesional polifacética en el mundo literario y sindicada como una de las voces “sub 30” de la literatura criolla. Esto dado que formó parte de la recientemente publicada antología Voces -30, y también es incluida en el libro Junta de vecinas, de escritoras jóvenes chilenas (que se editó en España y no en Chile, vaya uno a saber por qué peregrina razón).

El Gran Hotel (Cuarto Propio, 2011) es la primera novela de esta escritora, aunque tal vez tildar el libro de novela sería algo forzado, no solamente por su corta extensión (no faltará quien diga que este libro es más bien un cuento largo, o una nouvelle, como se dice por estos días, de forma tan relamida), sino que también porque dentro del libro conviven una serie de formatos que lo hacen chúcaro a la hora de los encasillamientos. Esto último no es necesariamente malo.

Antes de entrar en materia, hay que hacerse cargo de un detalle en la solapa de este libro, ítem que adquiere particular importancia, dado que alude a este medio de comunicación. En la penúltima línea del texto, se señala que la autora ha realizado crítica literaria en diversos medios, entre ellos “Revista Interperie” (sic). Pifia que viene como anillo al dedo, cuando una de los lemas de esta publicación es “diga InteMperie”.

Gazapos aparte, y ya entrando en materia, es claro que la autora propone el juego de los símbolos, raya la cancha con un reglamento en el que la alegoría, el pop y el simbolismo llevarán la batuta a la hora de dar relevancia a un discurso que es chato y gris. Argumentalmente, la historia de este libro es la de una mujer, profesora, que hastiada de vagar por la exigente rutina académica, y que transporta inmediatamente al “Autorretrato” de nuestro reciente Premio Cervantes, Nicanor Parra, es posible decir que la protagonista es profesora en un liceo obscuro y ha perdido la voz –y algo más- haciendo clases. Pero el tono gris de la protagonista se da ante el mundo moderno, un mundo hipertecnologizado, donde la sociedad sufre una pulcra devastación. Ante esta vorágine, la protagonista decide plantar cara, y simbolizar la resistencia en un hotel de tres estrellas.

María Paz Rodríguez, en adelante instalará al hotel como la solución de todas las necesidades, tanto espirituales como materiales, y así lo ejemplifica esta suerte de mantra “El Gran Hotel me cuida. El Gran Hotel me espera. El Gran Hotel va a  lavar mis heridas en uno de sus tantos baños. El Gran Hotel será por siempre mi único hogar”. Hasta ese momento la narración fluye con reglas claras, con una voz que cobra volumen a medida que avanza. Sin embargo, no demoran en aflorar los signos que dan cuenta de que María Paz Rodríguez es hija de una época, y es una escritora de su tiempo. Surge un manuscrito -elemento de utilería cada vez más usado en los argumentos novelísticos de hoy- obra de J., una desaparecida pareja de la protagonista, documento que tomará las riendas del relato, dando todas las pistas y disparando el texto en múltiples direcciones. Aquí tal vez esté una de las debilidades, puesto que por momentos, la sobre conciencia literaria, el excesivo juego simbólico entrampa el relato, y lo hace lento y pastoso por momentos, aún cuando el libro tiene solamente poco más de noventa páginas.

El Gran Hotel entonces empieza a mostrarse como un tapiz con diversas texturas y colores. Cohabitan la poesía y la prosa poética, operación que ya había mostrado antes Alberto Fuguet en Missing o Rodrigo Olavarría en su libro Alameda tras las rejas. Tal como sucede en las mencionadas obras, El Gran Hotel se libera de las rigideces de género, intento en el que pareciera que el propósito principal es el registro. Registrar todo, hasta el tedio de la protagonista, así como su ternura, sus espacios vacíos en distintas intensidades, lo que es traspasado en la disposición del texto, e instalando pistas falsas al lector, sombras chinas, las que alternan con momentos de honestidad en que cede el juego y queda de manifiesto el modus operandi que mueve la historia, que continúa con la huida de la protagonista en un auto robado con rumbo al desierto.

Con todo lo literario que intenta ser este libro, igual es posible encontrar lugares comunes, marcas de la narrativa joven de hoy. La referencias a músicos como Patti Smith (tal vez la cantante más manoseada de la literatura chilena actual) o al grupo Joy Division, hoy rozan el cliché. Además, acá están incluidas con faltas de ortografía, pues figuran Patty (sic) Smith y Echo and the Bunnyman, cuando es “Bunnymen”, en plural. Tal vez esto pueda ser un detalle menor, pero ya no lo es tanto cuando los narradores chilenos de hoy sobreexplotan el pop y lo utilizan reiteradamente como un sustento literario.

Tras anudarse y enlazarse, la historia encuentra un desenlace. Tras todos los símbolos y los círculos, la novela se muestra en lo que es en esencia: la historia de desamor de una mujer del mundo de hoy, un desamor del cual la protagonista se debe reponer. El Gran Hotel es una historia interesante, que da cuenta de una escritora con talento, con habilidades para entregar una propuesta literaria apreciable. Veremos qué noticias nos traerá el futuro de María Paz Rodríguez.

 

El gran hotel

María Paz Rodríguez
Santiago, Cuarto Propio, 2011.

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