Revista Intemperie

Tomar el cielo por asalto: una entrevista a Patricio Pron

Por: Cristóbal Carrasco
patricio

Entre una generación frívola y un mundo que -a diferencia de las novelas policiales- nunca termina siendo justo. En esa esquina declara estar Patricio Pron, el destacado narrador argentino que en su última novela habla sobre la dictadura ocurrida en su país natal. En esta entrevista con Intemperie, Pron conversó sobre los ideales, los sueños que se quiebran y por supuesto, sobre literatura

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Sobre el escritorio del departamento en que reside Patricio Pron (Rosario, 1979) hay libros de Marcelo Mellado y la película Ilusiones Ópticas. Casi iniciando la entrevista, Pron dirá que el estado de la literatura de nuestro país es particularmente interesante considerando las condiciones materiales de Chile. Dirá también que no podría haber estudiado jamás si en Argentina la educación no fuera gratuita. Dirá que, por cierto, existe una relación entre la gratuidad de la educación y la amplitud de la literatura argentina. Dejando eso claro, Pron descansa y comienza a hablar de sus libros, como si fuera absolutamente consciente de las intenciones que subyacen a ellos.

En tu relato “La cosecha”, explicitas el dilema moral que hay tras la historia. ¿Te interesa hacer eso?

Desde luego las preguntas o los dilemas que enfrentan los personajes de mis libros no son muy diferentes de los que yo me hago en mi vida, y que no difieren de los dilemas de todos los demás. Sin embargo, yo no hablaría tanto de dilemas morales. La literatura que me interesa particularmente y los libros que pretendo escribir, interpelan al lector de tal modo que lo confrontan con sus decisiones de índole ética, posiblemente porque escribir también lo es. Casi todos los personajes, no solo en ese cuento, sino también en El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, se ven enfrentados a ese tipo de dilemas.

¿Sientes que existen otros escritores que tengan esa misma intención?

Sí, pero los escritores que nos hacemos esa pregunta somos una especie de minoría.  Somos  marginales dentro de una disciplina que es, por su naturaleza, marginal, como es la escritura, y que parece destinada a la desaparición. No es inconveniente para mí ni para ellos estar fuera. En esa vocación de ir contracorriente puedo identificarme fácilmente. Por eso, me resulta desconcertante que los escritores depositen el valor de la literatura del lado de las ventas o de la popularidad. Si un escritor ha conseguido expresar los valores mayoritarios de los que emergen las decisiones políticas y económicas que presiden nuestra sociedad, la popularidad o la simpatía no puede sino ser sospechosa.

¿Cómo funciona la relación de los lectores argentinos con los escritores que viven afuera?

Es una relación relativamente más compleja que la que tienen con los escritores que viven en Argentina, pues siento que, quienes estamos afuera, hemos conservado todas las obligaciones y hemos perdido todos los derechos, incluyendo el derecho instituido por Borges de hablar de todos los temas de cualquier manera posible. Se espera que el escritor argentino pertenezca a una comunidad o represente cierto tono “argentino” que a mí me parece inaprensible y por lo tanto inexpresable.

Sobre eso, muchos de tus cuentos, como por ejemplo “Las ideas”, parecen estar narrados con un tono particularmente extranjero. ¿Fue deliberado aquello?

Aquello está muy vinculado con el sitio donde vivía y con los libros que leí. A la hora que escribí esos textos me marché de Argentina y perdí los vínculos naturales con los lectores. A partir de ellos, encontré que la solución para mí era adoptar los giros y manierismos de la traducción, porque la forma de mi vida cotidiana era una traducción permanente. Eso provocó ciertos efectos: perdí la capacidad de producir una literatura propiamente argentina, al menos en su tono. Sobre ese tono, por cierto, se cierne la sombra ominosa de Cortázar, ya que sus libros, que él creía que representaban a jóvenes de los años 60, solo hablaban como pitucos porteños de los 40. Eso, por cierto, provoca en los argentinos una sensación de extrañamiento y un cierto enfado.

Existe también una cuestión biográfica: la biblioteca de mis padres eran autores extranjeros en traducción. Descubrí muy tardíamente que habían escritores argentinos y que estaban vivos.

Una historia difícil de contar

El pasado 15 de mayo fue la fecha que supuso el inicio del movimiento de protestas en España. Un día antes de ello, Pron presentaba su último libro, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. En la portada, un montón de niños sonríen ante una cámara que retrata casi por azar sus caras de felicidad, ante un fondo de guerra. Hay humo, hay escombros, hay edificios destruidos. Hay una atmósfera de lucha, la misma que se respiraba por esos días en España. Pero los protagonistas son ellos, los niños. La historia del libro es la de un hijo que rememora la vida de sus padres y, en ese ejercicio, termina convenciéndose de lo lejano que está de ser como ellos.

La estructura de El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia parece estar hecha como si fuera una gran anécdota, de la que tú sacas conclusiones. ¿Por qué la hiciste así?

Primero, porque la historia era muy dolorosa para mí y no podía escribir durante largos periodos de tiempo, sentía que debía tomar aire. De algún modo la novela da cuenta de esas interrupciones forzosas. A su vez, buena parte de ella fue escrita por evocación de recuerdos que son por esencia fragmentarios. Por último, escribir una novela convencional hubiese contradicho el espíritu de mis padres. Traicionaría los ideales de contestación que los presidían.

¿Cuáles fueron los efectos de la publicación de El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia?

Yo quería contar la historia, pero el precio a pagar era muy grande. Y no solo lo pagué yo sino también mi familia, y por eso, ellos tuvieron la generosidad de dar su versión de los hechos. Pero provocar esos efectos era una de las ideas del libro, es decir, quería contribuir a la discusión sobre la historia argentina reciente. Pretendía que existiera una discusión sobre el hecho de interpelar a un padre torturado, o bien hacerlo con alguien  que ha participado en las fuerzas represivas del Estado. El coraje que se necesita para hacer eso, yo no necesité tenerlo.

¿Qué relación hay con la verosimilitud y la honestidad en este libro?

Tiendo a creer que la honestidad en la literatura está sobrevalorada, pero tuve la impresión de que tenía que ser honesto y aceptar el precio que iba a pagar. Y no me arrepiento. Ahora hay cientos de novelas absurdas, como las de César Aira que acaban teniendo cierta verosimilitud, pese a que no sean historias verdaderas. Supongo que contar una historia que, aun siendo verdad, pueda resultar inverosímil en su plasmación literaria, es un obstáculo para todos los escritores. Quien quiera que intente contar una historia sabe la existencia de ese obstáculo.

¿Cómo funciona el juzgamiento a tus padres en la novela, sientes que fuiste más un detective o un policía?

Es importante esa distinción. Un detective se rige por una convicción ética personal, y al contrario, los policías suponen la sujeción a una cierta legalidad que por su oficio los caracteriza. De tener que escoger, sería detective. No quería juzgarlos porque implicaba establecer una nueva legalidad y ponerme en una situación de superioridad moral que no puede ser el caso de mi generación, que es frívola y escéptica. Al mismo tiempo, esa situación hubiese requerido tener un lenguaje común. Ese lenguaje común fue, por cierto, imposibilitado por la dictadura argentina.

Al final, mi intención es siempre multiplicar las lecturas y producir efectos. De allí que hay en el libro una disquisición en cuanto a por qué no quería que fuera una novela policiaca. El lector tras haber leído una historia de ese tipo siempre emerge a un mundo más justo. Aquellos que no creemos en ello, aquellos que no creemos que exista hoy un mundo más justo, no podemos sino estar en contra de ellos.

Y además de descreer de la justicia en el mundo, Pron terminará diciendo que esta no es una novela de la memoria, que El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, al igual que Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra, procura preguntarse cuánto de todo aquello sirve aquí y ahora. Si tuviera que decir algo, finaliza, diría que escribo libros por eso.

No solo para responder aquella pregunta, suponemos, sino para ser como ellos, para tomar como ellos, el cielo por asalto.

 

Foto: abc.es

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