Revista Intemperie

A 20 años de Mala Onda

Por: Intemperie
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Literatura de consumo, norteamericanización y cultura popular, son algunos de los conceptos que surgen a partir de este superventas de Alberto Fuguet, que abrió un debate en la literatura chilena que todavía no acaba, y que aquí prosiguen cinco críticos y escritores nacionales

 

Good vibrations, por José Ignacio Silva A.

El coyote se comió al correcaminos. Así se iba a llamar Mala onda, y hoy, 20 años después, el Chile literario asiste al cumpleaños de la opera prima de Alberto Fuguet, tal vez por ser, entre muchas cosas, un triunfante objeto de mercado. Porque eso inauguró Mala onda, el desembarco definitivo de la literatura comercial en un ambiente cultural absolutamente famélico y desamparado tras 17 años de oscurantismo pinochetista. La novela fue el buque insignia de ese fenómeno editorial (como lo motejó el desaparecido escritor René Arcos Levi) llamado “Nueva narrativa”, una armada libresca que contaba con chalupas potentes como Oír su voz y La ciudad anterior (novela de la que incluso se dijo que Mala onda era su reverso), capitaneadas por autores como Arturo Fontaine Talavera y Gonzalo Contreras. Y el público chileno debió aprender un nuevo vocablo: superventas.

Como le gustaría decir al propio Alberto Fuguet, el libro aterrizó en Chile (tal como su autor) desde Buenos Aires at the right time and in the right place. Su timing fue casi perfecto. Es un mito el que Mala onda cayó mal en la crítica literaria del momento. Claro, la a estas alturas proverbial carnicería –“en aras de la verdad y la justicia”- que se despachó el aún pope crítico en ese entonces, José Miguel Ibáñez Langlois, lleva a caer en ese común y garrafal error. Botones de prueba: Juan Andrés Piña la aplaudió en un extenso artículo en la revista Mensaje, situándola incluso como una digna heredera del boom, y no trepidó en comparar Mala onda con La ciudad y los perros de Vargas Llosa. Jaime Valdivieso, luego de igualar el libro de Fuguet con Si te dicen que caí, de Juan Marsé, le vaticinó un futuro enjoyado y espléndido: “esta novela quedará como gran documento de época”, así comentó Valdivieso en la revista Punto final. Mala onda también atrajo la atención de la recientemente extinta periodista de sociedad Graciela “Totó” Romero (cuyo bestseller en coautoría con Ximena Torres Cautivo, El evento, también cumplió 20 años, a ver si alguien los festeja), quien corona su comentario en la revista Mundo Diners con un lamento: “Lástima que Fuguet se haya colocado, mayoritariamente, como escritor de gusto juvenil. Los adultos debieran leerlo con mayor razón”. Por su parte Camilo Marks fue un manantial de generosidad en su página del diario La Época. De hecho cerró su reseña –tras parangonar a Matías Vicuña con Holden Caulfield- con una inolvidable muestra de entusiasmo calcetinero: “Fuguet es total. Leerlo es big fun. Al final -vaya curiosidad- la novela estaba condenada al fracaso sólo en las páginas de El Mercurio.

Lo cierto es que Mala onda funcionó en la sociedad de ese entonces como lo hace una apertura de ventanas en una pieza cerrada en pleno verano, como el ingreso del viento fresco en un medio donde la hediondez y la asfixia eran regla gracias a la dictadura, que bien poco dejaba respirar al ciudadano de entonces. No por nada en 1992 Alejandro Sieveking declaró su intención de adaptar Mala onda para llevarla a las tablas, lo que el Teatro Nacional Chileno materializó en 1993, bajo la batuta de Willy Semler y con un bisoño Daniel Alcaíno, quien obtuvo el papel de Matías Vicuña tras superar a otros 200 postulantes. Mala onda fue pionera en instalar un juego de espejos en el Chile en dictadura, y en desnudar a la clase dominante, aliada del militarismo, y, de paso, a la ciudad en la que se movía esta elite. Mala onda fue, ni más ni menos, la revelación de un mundo, nos enseñó que los ricos también lloran por su identidad perdida. Tal vez por eso mismo Marcelo Maturana la calificó como una novela imprescindible, literaria y moralmente. A Fuguet lo tomaron en serio, sorprendentemente, sorpresa que su editor en Chile, Carlos Orellana recuerda en sus memorias. Específicamente cuando rememora el que la revista Análisis hablara sin sorna de Mala onda.

Dos décadas después, ese texto con un spanglish chapucero y una sintaxis desordenada se sigue leyendo, pero ya como un testimonio de museo. Como una revelación, un retrato de época, e incluso como un arma política, como una alarma de conciencia en una sociedad aturdida. La literatura de Fuguet no envejece bien. Sus fórmulas se añejan rápido. Aeropuertos es una dolorosa –para el autor- prueba de ello. También lo evidencian los malos copiones como Hernán Rodríguez Matte que llegaron tarde y mal, y con el tiempo esa decadencia ABC1 se transformó en un gesto deslavado que inauguró un Fuguet para quien la hoy la literatura parece ser algo para matar el tiempo, mientras se transforma en director de cine.

 

Ruptura con el boom y literatura de consumo, por David Bustos

Mala Onda, rompe con el modelo literario de hacer novelas en Chile. En términos formales es bien conservadora, sin embargo por otra parte nos presenta un personaje y un mundo moderno con el cuál la gente, sobre todo de la clase media-alta, podía identificarse. Ésta novela tiene la extraña virtud de introducir al lector a la literatura. Recuerdo que por la época que salió se la recomendé a un amigo, que era enemigo de los libros y cuando la leyó, terminó siendo fan de ese libro y acaso de la obra de Fuguet. En ese sentido es un libro sin mayores pretensiones intelectuales, no tiene la arrogancia de la literatura que a veces se enfrasca en su ombligo.

Pienso además que Mala Onda nace del lenguaje principalmente del cine, no del cine alemán o sueco, sino del cine más comercial, el americano, y desde ese punto de vista cumple como objeto de consumo con los estándares de los lectores de masas, tomando cuenta sobretodo, que la novela sale dentro de un contexto socio-político en Chile en el que calzaba perfectamente ese tipo de literatura, era un espacio que debía ser llenado y Fuguet lo hizo indudablemente.

En cuanto a la recepción crítica de ese momento fue fatal. En los 90’s estaba de moda hablar mal de Mala Onda y Fuguet, casi como un escritor liberal, que adscribía con su mirada a un programa de escritura que estaba fuera de las preocupaciones de cualquier escritor latinoamericano debía cumplir como exigencia mínima. Sin embargo abrió el campo, sabiendo situarse en oposición a los padres y abuelos de la novela latinoamericana (realismo mágico), con un producto menos elaborado, pero con un personaje que a toda luces empatizaba con la realidad o al menos con la realidad más mediada, la que viene de los medios de comunicación. Y eso no es poca cosa, todo lo contrario tiene una gran virtud.

 

Grandes serán las tragaderas que necesita un crítico literario, pero no llegan a tanto como para terminar esta bazofia, por Francisco Ovando Silva

A Mala Onda le pesa, en realidad, la mala suerte. Surgió en el momento equivocado y todo, pero luego se transformó en una de esas historias de ‘una cosa me llevó a la otra’. Y ojo, voy a aclarar que en ningún caso considero que Mala Onda no merezca muchas de las críticas que le han hecho. Pero sí se ganó un par, quizás, injustamente.

En efecto es la prosa inmadura de un muchachito que da sus primeros pasos en la literatura, de sobra evidente que lleno de inseguridad. En cualquiera otra situación normal esta historia no hubiese visto nunca las vitrinas de una librería, pero el caso, por mala cueva, fue otro. El primer capítulo de la novela, leída en el taller de Skármeta (tomado en paralelo al de Donoso en 1989), bajo el titulo de El coyote se comió al correcaminos, fue a parar por obra y gracia del tallerista a manos de Sabanes, entonces editor de Planeta (Argentina), a pesar de que el recibimiento de sus compañeros de taller era sólo un adelanto de lo que vendría. Sabanes contrató de inmediato a Fuguet para que terminara su novela (en ese entonces un mísero capítulo), y de ahí se enfrentó a Juan Forn y a Jaime Collyer como editores, tirando siempre a la pérdida.

En diciembre de 1991, sólo 2 años después de la presentación del primer capitulo en el taller y teniendo Fuguet 27 años, llega a las librerías Mala Onda, transformándose automáticamente en un hit de ventas. Como dije, una cosa lo llevó a la otra.

Sin duda el apuro terrible de los US$ 2.000 que le ofreció Sabanes a Fuguet para que terminara Mala Onda después de leer el primer capítulo es discutible, en cuanto no por nada las cosas le terminaron pasando la cuenta al autor y a la novela. Pero de uno u otro modo debe tenerse en cuenta que en la rapidez verificada (considerando entremedio el libro de cuentos Sobredosis publicado el ’90) entre una cosa y otra no había cabida para madurar demasiado el estilo. Y al final eso pasó, creo yo. Hoy, después de harto camino recorrido, Fuguet ha demostrado tener cierto valor. Pero en Mala Onda se cifra el apuro y el brillo enceguecedor del cual todos los escritores emergentes deberían aprender para no cometer errores. No hay que apurarse y hay que darle el tiempo a la prosa para madurar.

Collyer sigue considerando que es una novela desechable. El cura Valente arremetió con su famosa frase Grandes serán las tragaderas que necesita un crítico literario, pero no llegan a tanto como para terminar esta bazofia. Y entre eso y el hit de ventas Fuguet optó por inflar la novela, afirmándose del peñasco del extranjerismo que alcanzó su cúspide en McOndo. Ante todo esto yo digo que mejor sobárselas para callado, y al final, mala cueva no más dijo el conejo.

 

La elite en Dictadura, por Sebastián Andrés Olave

En Chile ya es un caso absolutamente excepcional que un libro sea noticia 20 años después de su publicación. Supongo que es porque Mala Onda tiene gancho, del mismo modo que Los 80, es decir, que parte de su encanto proviene de ambientarse en una época que, por ciertos motivos complejos y que sería demasiado extenso discutir, ha sido idealizada, divinizada y adorada por el público masivo. Sería demasiado largo también hablar de si Mala Onda es sólo la versión nacional de El Cazador Oculto, o más allá de las semejanzas y la admiración declarada del propio Matías Vicuña por Salinger, la novela puede destacar por meritos propios. Quizá otra arista a estudiar sea el peso que la novela ejerció sobre su autor quien, hasta cierto punto, vio eclipsado o pasado a llevar buena parte de su trabajo posterior a partir de las comparaciones, siempre odiosas, con su ópera prima. El propio Fuguet hace unos meses declaró que renunciaba a escribir la segunda parte de Mala Onda, acusando sobreexposición y una serie de presiones externas que él nunca quiso aclarar del todo. También ha dicho que el cine es su medio ambiente nativo, rechazando la escritura de novelas y explicando que en sus comienzos sólo escribía por carecer de medios económicos para hacer películas. Por suerte, Mala Onda cimentó para él las bases de su sueño profundo, dejándonos a cambio, la historia de Matías Vicuña y sus cuicos amigos, la exploración de un cosmos privilegiado que, para la mayoría que pasó la dictadura sin meretrices de lujo o cocaína o paseos de curso a Brasil, nos sirvió para conocer ese mundo distante, un libro que abría una pequeña ventana donde echar un vistazo a la vida y obra de la elite chilena.

  

Norteamericanización y copy/paste, por Sergio Sarmiento

La publicación de la novela “Mala Onda” (1993) representa uno de los hitos relevantes en el inicio de una marcada influencia de la literatura norteamericana en nuestra narrativa, que antes se orientaba predominantemente hacia Europa o Latinoamérica para efectuar el copy/paste –institución nacional– que las letras y otras artes chilenas deben realizar periódicamente para seguir respirando.

Este cambio de espejo, por decirlo de alguna forma, no hubiese sido posible si antes de ello nuestra propia sociedad, producto de las ideas de Hayek, Friedman y la dictadura, no se hubiese norteamericanizado a la manera neoliberal, es decir, vuelto una especie de persa gigante donde la gente trabaja más de lo necesario, donde los que pontifican son los comerciantes, donde comprar y vender es la actividad más noble que se puede realizar y los mundos ideales semejan tiranosaurios enfermos de neumonía. En este nuevo Chile de los noventa, más capitalista, más crudo, más realista, ya no funcionaban los pesados cortinajes de muchas novelas europeas, tampoco los experimentos a lo Perec, ni los resabios surrealistas de gran parte de los escritores del boom latinoamericano, tampoco las utopías, en especial las utopías se encontraban fuera de circulación.

El surgimiento de “Mala Onda”, y también de “Sobredosis”, conjunto de cuentos del mismo Fuguet publicados el año 90, ayudaron a sintonizar nuestra atmósfera externa con la interna, mostrándonos crudamente la nueva realidad en la que estábamos insertos. También nos hizo explorar y conocer a diversos narradores norteamericanos que, a diferencia de nuestros antiguos referentes, privilegiaban la prosa veloz y no el párrafo monumental, la observación sociológica y no la disquisición metafísica, lo cotidiano y no lo histórico, la imagen precisa y no el barroquismo desenfrenado. Me refiero a narradores como Carver, Fante, Coupland, Bukowski, Salinger y Breat Easton Ellis, autor, este último, de “Menos que cero”, vacía novela que habla de la vacía existencia de los jóvenes gringos abc1 durante la década de los 80, obra a la cual, se sabe, Alberto Fuguet hizo el tan chileno copy/paste para escribir “Mala Onda”, dando el puntapié inicial a este “intercambio cultural” que ha trascendido los límites de nuestra narrativa, llegando incluso a la poesía, género en el cual los poetas norteamericanos, desde Pound en adelante, han marcado también una fuerte influencia en sus colegas chilenos.

 

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