Revista Intemperie

Relectura de un clásico o nuevos problemas para el Martín Rivas

Por: Ignacio Álvarez

Ignacio Álvarez propone que Martín Rivas es una novela de amor que no habla de amor. Así tal cual. Lo central en esta historia sería un conflicto político disfrazado de enredo sentimental, enredo que durante años ha captado la atención del lector distraído.

 

Para el lector curioso, el que no se entrega de inmediato a su trama melodramática, el que prefiere abstenerse de ciertas frases que definirían de un tirón la identidad chilena, el que ha logrado resistir la reducción interminable de sus resúmenes y teleseries, una novela como Martín Rivas puede todavía ser un enigma. Y no estoy haciendo una pura exageración retórica. Incluso si aceptamos ese pesado fardo de prejuicios y concordamos en que la inmortalidad del sentimiento erótico o la descripción definitiva del carácter nacional explican su valor y su actualidad, incluso siendo así de obedientes a la tradición, tenemos todavía el derecho básico de volver a leer. Esto, en el caso del Martín Rivas, es un ejercicio particularmente interesante, porque se trata de una novela de amor que en verdad no habla del amor, un retrato de la nación que le es completamente infiel y un texto fundacional cuya actualidad estriba precisamente en su antigüedad. Después de todo el enigma de toda literatura consiste en esto, en enredar la madeja e intentar, nuevamente, desenredarla.

¿Una novela de amor que no habla de amor? Así es. Leído con cierta distancia (como lo han hecho, entre otros, Doris Sommer y Jaime Concha), el romance de Martín Rivas y Leonor Encina es solo parcialmente una cuestión de atracción sentimental o erótica. Lo que está en juego durante toda la novela, un trasfondo evidente para los chilenos de 1862 pero que se ha vuelto casi invisible para nosotros, es más bien un problema político. Se trata del modo en que las dos burguesías chilenas del siglo XIX (terrateniente, banquera y conservadora la una; minera, ilustrada y liberal la otra) deben hacer transacciones y componendas para convivir y dar forma definitiva a la patria. La hermosa Leonor, toda orgullo, criterio y belleza, es un emblema transparente de las mejores galas morales peluconas, así como el esforzado Martín –su padre es el dueño de una mina en Copiapó– alegoriza el empuje progresista y la racionalidad pipiola. El idilio es una máquina densa en cuyo interior sentimiento e ideología, emoción y convicción se entremezclan buscando la concordia. A su alrededor orbitan los otros miembros de la sociedad chilena del siglo XIX: Rafael San Luis, igualitarista radical y amante desesperado; Agustín Encina, afrancesado obtuso e incapaz de un solo pensamiento independiente, su tía Francisca, liberal en la letra pero alegre pelucona en el fondo; los Molina, familia de mediopelo entre cuyas pretensiones de ascenso se incluye un pacto, imposible y por ende fallido, con los dueños de la tierra. Cada uno de ellos terminará en el lugar que se tiene merecido, porque leer esta novela es asistir a una distribución racional de los bienes y los males de la sociedad.

Ello nos lleva al segundo problema. Podemos considerar el Martín Rivas como una pintura de la patria solo si aceptamos que las naciones no son el conjunto de sus individuos, el territorio que ocupan o, como aparece de vez en cuando, el espíritu o el alma de un grupo humano. Benedict Anderson ha mostrado que se trata de “comunidades imaginadas”, imágenes complejas acerca de lo que somos. No los individuos ni los territorios en sí, sino el modo en que los individuos se imaginan a sí mismos y a sus conciudadanos. Blest Gana y sus contemporáneos son particularmente conscientes de ello, y sus obras están íntimamente ligadas al destino de este objeto novedoso que es el Chile independiente, algo que siempre ha existido y que, al mismo tiempo, debe ser construido literariamente. Una novela como Martín Rivas, entonces, no debiera leerse como un retrato realista de la patria sino como un collage que agrupa miedos, deseos, anhelos y, de vez en cuando, una que otra fotografía.

La mejor comprobación de este principio está en sus omisiones. Según la estimación de Cristián Gazmuri, hacia 1850 la población campesina representaba el 80% de los habitantes de Chile. Martín Rivas, por su lado, ni siquiera lateralmente se refiere a la gran masa rural analfabeta o al gran grupo de pobres que malvive en las ciudades; solo se ocupa de una parte ínfima –los santiaguinos letrados– que es apenas un fragmento de ese pequeño quinto de chilenos que vive en las ciudades. El Chile que imagina Blest Gana (y eso incluye al mediopelo, al pobre capitán Castaño, consuelo de Edelmira, a pipiolos y pelucones todos, al propio Martín, a veces considerado erradamente como modelo de ascenso social) es tan reducido como reducido era el universo de sus lectores. ¿Qué clase de pintura es esta, entonces, que deja fuera a la mayor parte de su modelo? Es mejor concebirla como un “retrato del artista” que habla más del autor y de su clase que del objeto que pretende pintar. Leída de esta forma, Martín Rivas nos enseña que solo una fracción de la población tiene el derecho a imaginarse chileno a mediados del siglo XIX, y que esa fracción resolvería sus conflictos ideológicos mediante la negociación y no, como en otras partes de América Latina, por medio del conflicto armado. Las letras chilenas deberán esperar hasta el final del siglo para que asomen su cabeza los pobres de la tierra, y unas cuantas décadas más para que se les conceda la palabra.

En último término, la sustancia de que está hecha esta novela es la historia. Todo profesor que busque desesperadamente la atención de sus alumnos insistirá en la supuesta actualidad de Martín Rivas, en sus coincidencias con el presente. Hablará del espíritu emprendedor de su protagonista, tan acorde a los tiempos que corren, o bien del esnobismo de Agustín Encina, fácilmente reconocible en algunos especímenes que pululan ante los focos de la prensa televisiva, política o cultural. Eso, y todo lo que se quiera sumar desde esa orilla uniformadora, son rasgos universales presentes también en la Odisea, el Genji Monogatari, en las novelas de Paul Auster o los romances medievales de Chrétien de Troyes, y no nos revelan sino lo que ya sabemos de nosotros mismos. La actualidad de Martín Rivas, en cambio, estriba precisamente en su vejez, en el hecho indiscutible de que, por suerte, la sociedad que creía estar creando y retratando ya no existe. Su poder temporal es el de los objetos antiguos que, mirados con la detención de un coleccionista, de pronto nos revelan el mundo del pasado. Un mundo que puede explicar en alguna medida en qué consiste el presente del mismo modo en que los hijos, a veces, logran comprenderse a sí mismos mirando a sus padres.

Eso puede ser hoy el Martín Rivas. Una historia política, un retrato del burgués decimonónico, una huella de la historia. Una carta escrita en el furor del enamoramiento que nos avergüenza pero que, más que nada, nos confirma que el hombre o la mujer que fuimos pudo sentir una pasión.

 

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