Revista Intemperie

Escribiendo como el maestro

Por: Joaquín Castillo Vial

En su segunda novela, Gonzalo Maier nos presenta una Lonely Planet vilamatiana llena de resonancias del autor catalán, aunque con algunas limitaciones, opina Joaquín Castillo.

 

Alguna vez quise escribir un cuento. El problema fue que, a mis quince años, había leído recién El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez, y el resultado de aquella lectura fresca en la memoria fue una historia donde abundaban los paisajes centroamericanos, los barcos a vapor y una serie de elementos que, ciertamente, habían quedado como estancados en mí. Durante mucho tiempo me fue imposible escribir más de dos líneas donde no hubiera algún elemento de ese realismo mágico colorido, lleno de plumas, pájaros exóticos y siempre con ese calor agobiante del trópico. En Leyendo a Vila-Matas, la segunda novela de Gonzalo Maier, sucede algo similar, aunque con resultados distintos.

Desde el título se evoca un constante diálogo con ese escritor catalán bastante conocido en Chile. La novela nos cuenta el viaje en tren de Maier, un chileno que vive en Bélgica desde hace algunos años, quien va a Barcelona para entrevistar a Enrique Vila-Matas. Gran conocedor de su obra, Maier –hablando siempre en primera persona– evoca una serie de conceptos propios del universo vilamatiano dentro de su propio relato. Cuenta, de ese modo, una historia llena de citas a otros escritores, como en un laberinto erudito que refleja otras obras y otras voces. Cita, en algún momento, el prólogo de una profesora argentina a un libro de Piglia: “¿Cómo se lee a un escritor cuando escribe de libros escritos por otros?” En aquella pregunta se puede resumir la obra de Vila-Matas, y quizá también, de pasada, esta segunda novela de Gonzalo Maier.

Pero además de la continua reflexión –en cuanto reflejo– de otras obras y autores, Maier-narrador intenta mostrarnos el momento en el que su vida cambia de manera radical, lo que en la última obra de Vila Matas, Dublinesca –evocada explícitamente– se entiende como el “salto inglés”. Tal como el personaje le cuenta a su psicoanalista en una de sus citas, “quería ser otro, pero un otro indefinido, uno que no conocía del todo”. Ese otro se va construyendo intertextualmente, imponiendo frente a él distintas máscaras que construyen una nueva identidad desde lo leído y lo citado. No llega al extremo laberíntico de los personajes de Vila-Matas, pero sí alcanza a esconderse justo antes de tomar una decisión que lo lleva al famoso salto mencionado.

Un vicio del narrador tiene que ver con su excesivo parecido a Riba, ese protagonista de Dublinesca que se define como el último editor verdaderamente literario. Mientras el personaje de Vila-Matas se define de acuerdo con sus libros de toda una vida (“Mi biografía es mi catálogo” Dublinesca; al igual que Rosario Girondo en El mal de Montano), Maier se define de acuerdo con Vila-Matas. Y sólo con respecto a él.

La evidencia obvia de esa similitud empaña el potencial de la novela. Hay una historia bien planteada y, con ella, temas interesantes. Da que pensar su reflexión irónica con respecto a su matrimonio, su ida a un país lejano y con una lengua distinta, las ciudades dejadas atrás como escenarios puestos en un congelador. Hay, además, una serie de personajes de aspecto preocupantemente vilamatiano: su vecino al que imagina disfrutando de su mujer en su ausencia; Mario, su amigo chileno, tan caricaturesco que evoca necesariamente al Tongoy de otra de sus novelas; la muchacha alemana que parece un poste que va con él en el tren o los antiguos novios de su mujer. Y hay, como en Vila-Matas, referencias literarias abundantes, como Kafka, Safran Foer, Max Brod, Piglia o Caparrós, además de referencias culturales en general.

Dice Vila-Matas en El mal de Montano: “No conocerse nunca o sólo un poco y ser un parásito de otros escritores para acabar teniendo una brizna de literatura propia. (…) Podré ser muchas personas, una pavorosa conjunción de los más diversos destinos y un conjunto de ecos de las más variadas procedencias. (…) Decía Walter Benjamin que en nuestro tiempo la única obra realmente dotada de sentido –de sentido crítico también– debería ser un collage de citas, fragmentos, ecos de otras obras. Yo a ese collage le añadí en su momento frases e ideas relativamente propias y poco a poco fui construyéndome un mundo autónomo, paradójicamente muy ligado a los ecos de otras obras”. La ligazón con otras voces está, en ambos autores, clara; sólo falta en Maier la maduración y la consolidación de esas ideas propias que ya se alcanzan a vislumbrar en Leyendo a Vila-Matas.

Leer a Vila-Matas es un ejercicio que lleva a leer a otros autores y así hasta el infinito. La operación no termina nunca, y es esa falta de conclusión citada de su maestro una de las mayores virtudes del libro de Gonzalo Maier. Es sencillamente un atisbo hacia algo más allá: el viaje a Barcelona cuyo objetivo nunca se cumple, el libro que intenta ser una Lonely Planet vilamatiana que se deja a medio andar, la vida cuyo sentido está en un lugar en el que no se ha buscado antes. El narrador inquieto, que busca, se mueve y reflexiona de manera discontinua da cuenta de una necesidad de encontrar un sentido que, quizá, sólo se entrega en la voz de lo citado desde la literatura.

 

Leyendo a Vila-Matas

Gonzalo Maier
Santiago, Editorial LOM, 2011

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