Revista Intemperie

El pequeño subalterno

Por: Francisco Ovando Silva

En su tercera novela, Rodrigo Díaz Cortez intenta recrear el mundo de un niño en un escenario paródico de la Dictadura, pero naufraga en el intento, opina Francisco Ovando.


Si hay algo que en esta novela se asemeja a la infancia es esa ambición propia de los niños que muchas veces no pueden satisfacer sino a medias.

Después del libro de cuentos (La taberna del vacío, 2000) y las dos novelas que preceden a Rodrigo Díaz Cortez (Tridente de plata, 2007 y El peor de los guerreros, 2011) me enfrenté a El pequeño comandante con expectativas altas. No era para menos si pensamos que este autor ganó el XII Premio Mario Vargas Llosa con su obra publicada el 2007. Sin embargo, debo confesar que quedé con gusto a poco.

La premisa de la novela, aunque ambiciosa, no resulta novedosa: retratar desde la perspectiva de la infancia el ambiente y hechos sucedidos en los periodos de dictadura. Para esto Díaz Cortez entra en la piel de Benito, un niño de edad desconocida que vive en Paitanás, pueblo perdido del norte chileno, y que junto a su amigo Jim recorren los caminos de tierra, leyendo a Condorito y recreando aventuras de piratas y vampiros.

El autor, si bien hace un esfuerzo considerable –aunque a momentos sumamente plástico– por recrear la voz y los ojos de la niñez, en reiteradas ocasiones cae en un uso del lenguaje sobreelaborado, que nos da la impresión de estar leyendo a un escritor adulto y no, como es la intención, a un niño que desde su inocencia toma apuntes en su cuaderno. Creo que es aquí precisamente donde yace su principal falencia.

Desde la inocencia que se presupone del protagonista, esta novela busca dar cuenta del ambiente vivido en dictadura y sus impactos en la vida de un niño. Sin embargo, frente a su ambición, sólo nos logra proporcionar un dibujo inacabado. Es visible en la novela la división de los bandos políticos representada en los personajes: Benito nombra como piratas o vampiros a la gente de izquierda o derecha, los milicos son soldados de madera liderados por Pinocho, la gente que sale en la tele son buscadores de dinero, en las noches parte ‘El Festival de la Protesta’, etc.

Pero todos estos elementos jamás cuajan de manera importante para la historia o la vida de Benito. La ausencia de sus padres por efectos políticos jamás lo afecta de manera conmovedora y la contraposición de su familia –partidaria de la izquierda–, y la de su mejor amigo Jim, de derecha, se termina resolviendo de una manera simplona. El imaginario nacido desde el protagonista se refiere a la dictadura pero siempre velada por una distancia que no permite que estos recursos se vuelvan realmente relevantes para el argumento.

A fin de cuentas las referencias históricas se convierten en un telón dispensable y plano que nos obliga a centrar nuestra atención en los pensamientos y experiencias de Benito, que jamás salen de la cotidianeidad y muchas veces naufragan en una inocencia exagerada que no logra enternecer. Lo que nos queda al final es una novela en la que la pluma de Díaz Cortez gotea en la voz de un niño, y que constantemente agarra menos de lo que podría. El hilo argumental y los efectos que uno podría esperar de una infancia asediada por los problemas políticos de esa época son meramente dibujados y sugeridos. Por esto, el texto está constantemente acechando su nota más alta sin alcanzarla en ningún momento.

Frente a la insatisfacción general que me dejó El pequeño comandante, destaco en todo caso la limpieza de la prosa y la facilidad con la que se deja leer la historia. En algunos momentos se pueden encontrar destellos de composición notables que logran construir ambiente a partir de pocos trazos. Es aquí donde el autor está a la altura de lo esperado, pero lamentablemente esto no basta para hacer de El pequeño comandante una novela recomendable. El libro acaba y deja en el lector la sensación de una historia incompleta.

 

El pequeño comandante

Rodrigo Díaz Cortez
Mondadori, 2011

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