Revista Intemperie

Formatos bizarros: entre cajitas (in)felices y textos tijereteados

Por: María José Navia
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¿Se extinguirá el objeto libro en la era digital? A propósito del tema María José Navia reflexiona sobre los nuevos formatos que resisten el e-book y la mercantilización de libro

 

Se ha vuelto algo recurrente escuchar, cada cierto tiempo, acerca de las virtudes o maldiciones del Kindle y otros lectores electrónicos. Por lo general, los artículos vienen en tono apocalíptico, de fin-del-mundo (lector), asegurando La Muerte del Libro (con todas las mayúsculas y fanfarrias del caso), aprovechando de lanzar argumentos nostálgico-románticos que hablan de la belleza del objeto libro, del particular olor de sus hojas, etcétera y etcétera. En el otro lado, están quienes defienden a ultranza las infinitas bondades de la tecnología (que las tiene, efectivamente, en medida infinita) y cómo la literatura finalmente se va a beneficiar de esa particular traducción.

Son los argumentos de siempre. Está bien que sigan ahí, y está más que bien que un bando nunca logre vencer al otro, porque la verdad, ambos tienen razón. Y así libros vamos a tener para rato; y dispositivos lectores cada vez más magníficos también.

Y todos contentos.

Frente a esta sospechosa discusión de siempre, que se refiere más que nada, a los lectores y sus preferencias (si pesa más el olor del papel o las bondades del touchscreen en sus vidas) han ido apareciendo interesantes propuestas literarias -en cuanto a formato- que vienen del bando, ya no de los lectores, sino de los escritores. Propuestas que hacen de su formato complejo e imposible de tecnologizar uno de sus mayores atractivos.

Así, por ejemplo, la poeta canadiense Anne Carson escribió un “libro de poemas”/elegía a su hermano muerto (Nox, que significa “noche”, en Latín) y, en lugar de utilizar el tradicional libro de papel, usó una caja. Una caja que se abre y en la cual el poema (que ni siquiera es un poema en el sentido estricto) se desenrrolla como un acordeón en el cual las páginas están unidas unas con otras. El gesto es interesante, no solo porque parece un intento de subversión frente a las prácticas de digitalización de libros (ya que la gracia de esta obra es la particular performance del acto de lectura, obviamente no basta con simplemente digitalizar el texto para poder ser leído en un Kindle…) sino que también impone una nueva forma de lectura, casi ritual.

El libro de Carson no puede leerse en cualquier parte; su lectura es incómoda. No se ajusta a los ritmos de la vida cotidiana de hoy, no puede leerse en el metro (probablemente nuestro compañero de asiento se a) vería muy intrigado y b) nos pediría amable-indignadamente que dejáramos de leer; como tratar de leer El Mercurio en el metro de Santiago en horario punta y extendiendo las páginas no hacia el lado (ya de por sí incómodo) sino hacia arriba; es pesada la caja para andarla trayendo y leer en parques o bibliotecas… se trata, así de simple y así de extraño, de un libro para leer en casa… con todo el espacio del mundo, con toda la paciencia del mundo.

No es el único ejemplo.

Jonathan Safran Foer también ha ido incursionando de a poco en este ámbito de las lecturas difíciles o formatos bizarros. Comenzó (no su carrera literaria, sino su incursión en estos formatos) con su novela Extremely Loud and Incredibly Close (traducida al español como Tan Lejos, Tan Cerca y con película pronta a aparecer en cartelera…) en la cual intentó (con gran acierto, me parece) capturar la tragedia y sentido de desorientación producidos por los atentados a las Torres Gemelas en Nueva York. La novela no es tan radical como el libro de Carson: ésta sí puede transportarse y leerse en todo tipo de espacios públicos y privados pero sí se resiste a la adaptación a Kindle. Por una parte, hace uso de distintas marcas formales en el texto como uso de colores (el Kindle usa tinta (negra) electrónica, por lo que el libro quedaría más apto para el Ipad u otro aparato) y fotografías, sino que, el final de la historia, (parte absoluta y obviamente fundamental de toda novela) no se cuenta “en palabras” sino que a partir de un particular flip-book (de esos en que, al mover uno las páginas rápidamente, van formando una imagen en movimiento) que, obviamente, tampoco se puede recrear en un lector electrónico, a menos que incluyera un link a una animación haciendo el gesto técnico, algo que tampoco valdría tanto la pena pues, la gracia de ese final, es que depende del lector… (depende de hacia qué lado mueva las páginas el movimiento, o la dirección del movimiento, de la figura; y perdonen lo vaga de mi descripción pero no quiero arruinarles la novela).

No contento con esto, Foer sacó muy recientemente, un nuevo libro bizarro: Tree of Codes, que es un libro que se “forma” al recortar el libro de cuentos Street of Crocodiles (sTREEt of croCODilES) de Bruno Schulz. Schulz fue un importante (aunque no tan conocido) escritor judío que fue llevado a los campos de concentración y murió durante un evento absolutamente desafortunado. Se perdieron todas sus obras y sólo se conserva Street of Crocodiles. Foer, a quien le gustan los temas del trauma y la recuperación del pasado judío, de cierta forma se propone evocar todas esas otras historias perdidas de Schulz. Este gesto se ve interesantemente acompañado, nuevamente, por la performance de lectura que requiere esta obra: las páginas son recortes, casi más vacío que papel, por lo que las páginas hay que darlas vuelta con un cuidado infinito pues en cualquier momento podemos destruir/romper la novela.

(En serio).

Las tres obras son recomendables, tanto por sus contenidos (desoladores, terribles-increíbles) como por el gesto valiente (y profundamente anticomercial también) de recordarnos que la lectura no pasa sólo por el romántico “olor de las páginas” o las virtudes de los avances tecnológicos, sino por la particular experiencia, performance incluso, tan única, que se establece entre el lector y el libro que está entre sus manos.

(Y que, a veces, hace toda-toda la diferencia)

 

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2 Comentarios

  1. Héctor Rojas dice:

    En relación al tema que ponen a la Intemperie, la verdad es que no creo en el pensamiento apocalíptico del fin del libro no digital, porque se trata de una experiencia lectora diferente. El libro digital es un aporte (quiero uno, de hecho) para lecturas funcionales, por ejemplo, si uno viaja a estudiar lejos de casa, la digitalización permite llegar con uno los textos de referencia y uso académico, que sería imposible de transportar en papel con un pasaje de turista.
    En definitiva el el libro digital no atenta al libro en papel, como tampoco Google Earth lo hace al turismo, ni la pornografía a los encuentros sexuales. Solo abre más canales.

  2. Fernando Ortega dice:

    Libro, tablet, códice, papiro, piedras: soportes del fenómeno de la lectura. Leer conlleva un proceso cognitivo complejo, nos involucra tanto racional como emocionalmente con un contenido. El acto performático agrega la arista motriz. Como indica el artículo, tanto el libro tradicional como el embebido en una tablet, tienen sus particularidades, ventajas y desventajas uno respecto del otro. El libro “tradicional” puede ‘hojearse’, lo cual nos permite hacer búsquedas rápidas. En el formato “libro en PDF en el pc” eventualmente también podría realizarse búsquedas con el clásico “ctrl+b” (o “control+f”, depende del navegador), pero el pc, laptop, notebook, quedan fuera por ser poco maniobrables respecto una tablet, la cual podría asemejarse en tamaño y peso a un libro. Acá el punto clave es la ausencia del teclado: no estamos hablando del oficio de la escritura, sino del ejercicio de la lectura. La misma ausencia de teclado en la tablet hace complejo el ejercicio de búsqueda a través de “ctrl+b”, pero los diseñadores de interacción a cargo de las aplicaciones para tablets probablemente aceptarán el desafío y encontrarán interacciones “touch” óptimas para facilitarle al usuario-lector una búsqueda rápida e intuitiva. Más adelante las tablets serán flexibles, antigolpes, sin brillo en la pantalla y con tinta digital a color, etc, etc. Pero no tendrán carga simbólica en sí mismas. Un pedazo de hojas juntas lo tiene, sin duda, y a medida que pase el tiempo, más lo tendrá. Pon un casette sobre tu escritorio y ve cómo de cierta manera su silencio opaca a los demás objetos. El libro objeto se desenvuelve en éste ámbito de la experiencia, es pura forma. Como opinión personal puedo decir que disfruto de ambas lecturas (fondo y forma, contenido y soporte), y más aún, es necesario saber complementar una y otra.

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