Revista Intemperie

Cielo Negro de Simón Soto

Por: Juan Manuel Silva Barandica


En su primer libro de cuentos, Simón Soto devela las coordenadas fallidas de nuestra sociedad a través de los malhadados hipsters, onderos y faranduleros que parecen coparlo todo, opina Silva Barandica.

 

Como aquel texto en que Patricio Marchant describe la relación entre la palabra “compañero” y el nombre de Salvador Allende, dando cuenta del fracaso, el desconcierto que adviene y que hay que enfrentar intelectualmente con el tono de Desolación de Gabriela Mistral; como ese texto de 1989/1990, aunque desde la otra orilla, Simón Soto nos presenta Cielo negro, volumen de cuentos que se caracteriza por la crudeza y familiaridad con esa crudeza, tomando como eje narrativo el Golpe de Estado de 1973.

Ya sea desde la óptica de Victoria Martínez, gruesa cantante partidaria del régimen; el exilio del escritor en ciernes Billy Anderson, para terminar siendo un actor porno; el viaje de un hijo en busca de su padre a través de América y su parodia del primer mundo; o la historia del vidente de Peñablanca Miguel Ángel, devenido Jenny Potronovich, el hiato narrativo entre un imaginario y otro, entre la difusa definición de la televisión a colores IRT y los plasmas, configura también este simulacro de intimidad en el que se confunde la biografía de Simón Soto y los personajes que coinciden con ese nombre. Así, el trunco encuentro con el hermanastro y el notabilísimo relato en el que se confronta la experiencia como acólito y la fiesta interminable del artista contemporáneo a la siega del ojo de Dios, podrían entenderse desde la reconstrucción de las imágenes pop de los ochenta y los noventas, traduciéndolas en un código paródico a la ascéptica, triunfante y crítica situación de los 2000.

Lo que impresiona de Soto, más allá de la factura de los cuentos o de la decisión en torno a cuestiones narrativas, es que sitúa nuestros tiempos como el remedo de imaginarios no resueltos, digamos, ecos o fotocopias de una realidad ya fotocopiada. De este modo, aquello que nuestros hipsters y onderos criollos saludan como a la bandera de los Sea Harriers, Soto devela en su carácter paródico, fascista, caduco y arruinado. Los fundamentos de la artisticidad actual, en su gran mayoría chuscos epifenómenos de los grandes centros de cultura occidental, se representan en esos seres reducidos a un circo pobre: los videntes, los artistas violentos y comprometidos, los cacheros de las pampas y quienes viven imaginando el gran viaje que les abrirá las puertas de la percepción.

Si me fuera dado imaginar otro centro sin sublimar el primero, pensaría que la cristalización de este binarismo provinciano y estúpido en el que estamos sumidos se representa en ese tremendo cuento que es Paulina y María Jesús, quizás el mejor del libro, en el que se parodia el sueño recurrente del escritor, quien  al salir del departamento de unos amigos se encuentra con dos ninfas cocainómanas que acabarán surtiéndolo de los néctares más salvíficos que pueden encontrarse en un edificio Paz Froimovich. Lo notable de este cuento estriba en el ejercicio de análisis en torno a la cristiandad y al catolicismo, jetoneando sus lugares comunes más oscuros, aunque con un respeto y detención digno de una lectura literaria. Soto toma la depravación del dogma y lo desplaza a la situación de enunciación de la narrativa actual, ese fingimiento de interioridad, de minimalismo, se concentra en el Aleph que congrega en una síntesis las experiencias de los noventa y los dos mil: imitar al negro Piñera inhalando cocaína por el ano de Carlita Ochoa, el centro del asunto, el ojo de Dios, la mirilla que nos permite ver toda la mierda que nos rodea.

 

Cielo Negro

Simón Soto
Santiago, La Calabaza del Diablo, 2011

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