Revista Intemperie

Hebras viudas, de David Bustos

Por: Intemperie

Nuestros alumnos del Taller de Crítica literaria se lanzaron a escribir y para eso eligieron el poemario Hebras viudas, de David Bustos. Dicen que entre los versos encontraron una voz que se confiesa, una voz íntima que a ratos hace pataletas. Escriben aqui Camilo Tapia y Rodrigo Mundaca.

 

Escarbar en la costra por Camilo Tapia

“Coges el cuchillo para escribir un poema/ no logras empuñar con fuerza” se lee a la mitad de Hebras viudas (2011), el último poemario de David Bustos (Santiago, 1972). A esas alturas ya todo está perdido, ni siquiera la literatura es ese cobijo imperturbable que aquieta la realidad. Sin embargo, Bustos recurre a ella para descifrar las averías de una separación familiar y encarnar el remordimiento de un íntimo lloriqueo.

Hebras viudas es un examen de conciencia que exhibe la imperfecta resignación de un sujeto frente a la caducidad del matrimonio. El poeta parece recoger en el libro los restos de sí mismo y expone la intimidad (de un yo en medio de) de una psicótica restauración emocional. De esta manera, transcribe el padecimiento progresivo del abandono y describe, desde la devoción a la ternura (“Ahora en su dormitorio manipula invisibles diálogos de/ muñecas y peluches/ Ella es el ventrílocuo de su mundo”) hasta la secuelas del destierro (“Clavado a la cruz de la familia disfuncional que somos”), las estrategias de sobrevivencia de la ruptura y el aislamiento. Pero ni los cigarrillos, ni los litros de té, ni Lacan, ni Freud, ni las sesiones en el diván amortiguan el desconsuelo de una existencia que subsiste entre los residuos de sus recuerdos: “Sacas el colchón al sol/ observas la erosión del peso/ sobre la superficie. Hace más de un año/ que nadie duerme a tu lado/ la simetría de una pareja estable/ el viudo colchón de dos plazas”.

Entre medio de este proceso, Hebras viudas delata la paranoia de la culpa y sus efectos. Poco a poco, configura lo que parece ser la última pataleta de un desposeído que reconoce su vulnerabilidad. Bustos calibra de forma gradual un gemido que se condensa en el alarido de su propio arrepentimiento. Así, la poesía derrama constantemente la memoria para escapar del despojo familiar y habitar en los contornos de un tiempo estático y habitual: “Un director de cine neurótico/ cansado ilumina con palabras sueltas/ un escenario que ya hace meses/ ha sido desmontado”.

Así las cosas, es posible leer Hebras viudas como si fuera la bitácora confesional de un desesperado, un diario de vida capaz de sustentar la recóndita intimidad de un emo. No es extraño: David Bustos escarba en la costra de la disolución familiar: “Atrapado en un tiempo que no te pertenece”, para buscar un alivio a su desprendimiento. El ejercicio, por supuesto, roza el trastorno y el despecho. Esta alusión de masoquismo quinceañero convierte a estos poemas, a ratos, en un lamento insoportable, en la reiteración de una necrológica que nadie quiere escuchar.

 

La evasión como forma de olvido por Rodrigo Mundaca

David Bustos (Santiago, 1972) es poeta y guionista. Ha publicado, en poesía, los siguientes títulos: Nadie lee del otro lado (2001), Zen para Peatones (2004), Peces de Colores (2006) y Ejercicios de Enlace (2007). Hebras viudas corresponde a su quinta obra, en la que aborda temas como lo cotidiano, “Me enredo en los rayos del sol / Que se cuelan por las cortinas”; también pasa por el pesimismo o la evasión: “El sueño te ha dado un tiro en la sien / duermes como si no respiraras” y las consecuencias emocionales y domésticas que provoca la ausencia del ser querido, “el viudo colchón de dos plazas”.

En la obra se advierte un cierto nivel de indolencia frente a las vicisitudes de  la vida, como si para el poeta los problemas, a la larga, siempre se solucionasen: “Una bandada de choroyes vuela con elegancia por el barrio. / La fiebre tendrá que bajar”. Esta apatía frente a lo doméstico tiene una breve tregua. Sin abandonar las palabras sencillas el autor busca expresar algo de mucha intensidad, pero sutilmente: “El secreto del fuego es una vena encendida que / palpita en el cuello” ¿Se refiere a la alegría de vivir? ¿Tal vez a la pasión romántica?

A medida que los versos fluyen se impregnan de cierto desgano, “no deseas salir a la calle, te sientes invisible”. A partir de ello se plantea la evasión como forma de olvido, “Cierras los ojos para despertar en otra parte”. También  se explora la soledad y el desamparo de alguien que ha perdido a su pareja, “Sacas el colchón al sol / observas la erosión del peso / sobre la superficie. Hace más de un año / que nadie duerme a tu lado”, a lo que se suma el caos doméstico que produce esta ausencia: “Un botón / pende / de un hilo y arremolina su salida”. Todas estas emociones confluyen en la actividad literaria del poeta, dañándola: “Coges el cuchillo para escribir un poema / no logras empuñar con fuerza / Traduces la palabra sequía / te llevas el pan duro a la boca”.

Hebras viudas es una obra a ratos fluida y a ratos críptica, una propuesta que el propio poeta parece confirmar: “El gigante egoísta que soy / ha transformado esto / en un recinto privado / no apto para bañistas / que quieran sumergirse en una placentera lectura”. En un principio los versos transmiten la placidez de lo cotidiano en color sepia. Este matiz evoluciona a medida que las emociones se acercan al tedio y la apatía, para terminar en el gris de la derrota, cuando el abandono y la displicencia lo abarcan todo: “Imaginas el invierno / Alguien envejece frente al televisor”.

 

Hebras viudas

David Bustos
Santiago, Cuarto Propio, 2011.

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