Revista Intemperie

Escasez de verdad en La muerte y la doncella, de la compañía La Mafia

Por: Isabel Sierralta

Isabel Sierralta no se impresionó con La muerte y la doncella, la ya clásica obra de Ariel Dorfmann que ahora vuelve al Teatro Nacional Chileno con un montaje que no logra transmitir la violencia del original.

 

En el Teatro Nacional Chileno se presenta La muerte y la doncella de Ariel Dorfman, texto escrito en 1990, recién comenzado el gobierno de Aylwin, y que aborda las problemáticas de esta “transición a la democracia”. Es conocida en todo el mundo, ha sido montada unas 90 veces y fue llevada a la pantalla grande por Roman Polanski en 1995. Sin embargo en esta ocasión la compañía La Mafia no logró capitalizar la potencia de este texto dramático.

La obra trata sobre Paulina (Antonia Zegers), una mujer que guarda en su memoria el haber sufrido secuestro y tortura en plena dictadura. Ahora, 15 años después, está casada con Gerardo (César Sepúlveda), abogado integrante de la comisión que  investigará los casos de muerte y desapariciones políticas en tal periodo. La obra comienza con la llegada del marido, que aparece acompañado de un extraño visitante, Roberto Miranda (Erto Pantoja), quien lo ha recogido en la carretera luego de un percance con el auto. El drama comienza cuando, en la voz de este sujeto, Paulina reconoce a su torturador, ante lo cual decide ejercer justicia por sus propios medios: ata y amordaza a su ex captor para hacerle confesar sus crímenes. Cuando Gerardo descubre eesto, se desencadena una serie de discusiones: él defendiendo el estado de derecho; ella, su derecho a dudar de aquel sistema, su derecho a voz, a odiar, a reclamar justicia, a descargar su ira contra quien vulneró sus derechos.

Esta es la intensidad de la obra dramática de Dorfman, que por diversos factores no logra ser traspasada a la puesta en escena. El problema más evidente es la falta de una propuesta coherente de diseño integral. Por una parte, la sala Antonio Varas no fue adaptada para poder responder a los requerimientos del texto, sino que se creó un espacio más parecido a un loft urbano que a una casa de playa. Además, la escenografía no responde a ninguna estética definida, sino que mezcla una portentosa entrada de vidrio con mesitas de madera. Se buscó generar un ambiente de tensión haciendo avanzar hacia adelante la entrada del departamento, de modo de ir restando movimiento a los personajes. Sin embargo el efecto resulta artificial y no logra salvar la amplitud del escenario ni las falencias de actuación y de dirección (Moira Miller). Momentos como aquel en el que Paulina golpea a su torturador en la nuca para luego atarlo a una silla, o aquel en que dispara al suelo para evitar que Gerardo socorra al doctor Miranda, no fueron fuente de tensión, sino que se colaron como una anécdota y como un momento de sobresalto para el espectador. La risa del público en momentos que nada tenían de gracioso, hablaba también de un poco meditado manejo del lenguaje, expresividad y de la corporalidad. Por otra parte, el abuso de la pieza de Schubert que el doctor ocupaba en la tortura, poniéndola de cortina musical, anuló por completo su efecto en el momento clave. En este contexto las actuaciones no logran conmover, salvo en el momento en que Gerardo pierde el control con el capturado, única escena donde se logra verdadera fuerza expresiva. Aun cuando Antonia Zegers domina la escena, faltó también potencia en este personaje.

En síntesis, la obra completa logra ofrecer un buen relato sobre los espantosos efectos de la dictadura de Pinochet, pero la puesta en escena no consigue autenticidad, ni transmitir de manera efectiva la verdadera violencia, y los verdaderos quiebres.

 

La muerte y la doncella

De Ariel Dorfman
Directora: Moira Miller
Elenco: Antonia Zegers, César Sepúlveda, Erto Pantoja
Sala Antonio Varas. Morandé 25. Santiago Centro (TE: 977 1701)
Funciones: jueves, viernes y sábado, 20 hrs.

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