Revista Intemperie

La importancia de estos huesos

Por: Macarena Figueroa

Memorias de la República de Mario Valdovinos es un homenaje a todos quienes soñaron y lucharon durante la dictadura. Uno de los méritos de la narración es que transcurre sin centrarse en los resentimientos sino en la humanidad, asegura Macarena Figueroa. 

 

¿Cuánto pesa el humo, las cenizas, una piel desprendida de la carne? Memorias de la República, la última novela de Mario Valdovinos, es una suerte de respuesta a esta pregunta.  Se trata de una elegía, (con toda la maravilla que encierra la palabra), un canto a un amigo muerto, un homenaje a una época y a una generación de “soñadores, idealistas, cimarreros, vagabundos, metafísicos y asopaos”, jóvenes caminando sobre una cuerda floja suspendida en el límite entre la vida y la muerte.

Como diferentes visiones de una misma película, la novela muestra a dos personajes que podrían ser el reflejo perfecto de dos tipos de personas: las que sobrevivieron a la dictadura y las que no. Quienes persisten pueden narrar su historia, verbalizar sus anécdotas, recordar instantes, fragmentos del pasado, pero ¿qué es de aquellos que se fueron?, ¿de qué forma continuaron viviendo esa vida que les correspondía vivir?, ¿dónde se almacenaron su recuerdos, sus dolores, las marcas de su paso por el mundo?, ¿en qué lugar quedó escrito el relato del minuto previo a sus muertes o el momento de la muerte misma que ningún vivo ha logrado plasmar?

El narrador (el que persiste, el sobreviviente) se aferra a la memoria e intenta compartir ese pretérito indeleble con su amigo del colegio Patria y el Liceo N°6, el “mártir” Gregorio Mimica, dirigente estudiantil detenido en el 73 y asesinado ese mismo año (a sus veintiuno) de un balazo en la cabeza. Ansía un contacto, un intercambio, pero las respuestas no llegan; “el Goyo” ha sido relegado al silencio y la necesidad de diálogo se transforma en un monólogo que, no obstante, parece ser oído por su etéreo interlocutor.

Hay pasión en esta entrega: desgarros, puerilidad, alegrías superfluas y profundas. Ha pasado el tiempo; quien habla ya no es el mismo, está envejecido, vulnerable y se sitúa en un espacio ambivalente, un hospital, ese terreno de nadie que puede ser la antesala del final definitivo. Desde ahí, la proyección a futuro es escasa o incierta. Irrumpen con energía los fantasmas de antaño, la vitalidad de lo que se fue versus el letargo de un presente dominado por jeringas, sábanas con olor a alcohol, ventanales que siempre muestran el mismo árbol, enfermeras intocables, doctores como semidioses que deambulan distantes con la verdad acerca del propio cuerpo y la propia vida en sus bolsillos.

La soledad de este espacio es atenuada por los recuerdos. La sala poblada de seres agónicos parece llenarse de algo trascendente, acaso la presencia del mismo Goyo que toma asiento en el sillón de las visitas para escuchar de noche, cuando todos duermen, el relato de su compañero de banco que no lo olvida, que rememora con nitidez los primeros acercamientos, las primeras charlas, la devoción que compartían, en un inicio por los radioteatros, después por el cine, por la lucha política, por las tetas de las mujeres. Se evidencia el “compadrismo”, la interacción entre compinches más que el intercambio rígido y estereotipado que se asocia a los muertos, la exposición más pura de la verdad y la fealdad a ratos, el sinsentido de los días.

Al igual que en su novela anterior (Post Humo, Emecé, 2010), Valdovinos desarrollauna mirada lúcida y reflexiva sobre la enfermedady la mente del enfermo. Aquellos que están postrados —sin voz, sin micrófono y sin escenario— son puestos por algunos instantes en el centro de atención y se toman la palabra para liberar los enigmas que rondan su nueva mente (la mente de “convalecientes”), el entorno que aterra a todos los sanos, la complejidad que se esconde tras un cuerpo abultado, sumergido en un mutismo aparente que siempre está vinculado a la cavilación más cruda, a lo descarnado y lo incomprendido.

Asimismo, —junto a un marcado espíritu nostálgico— se distinguen las contradicciones que marcan la existencia. Lo maravilloso, lo poético y lo estremecedor es acechado constantemente por la mancha de la fealdad, esa mugre que se aferra a las cosas y a los seres en un momento cualquiera, volviéndolos prosaicos y anodinos. La lucha de Memorias de la República es contra lo trivial; el texto se enriquece al estar dialogando constantemente con poemas de otros autores (sobre todo nacionales), canciones, versos al aire, árboles frutales, aromas, texturas, sabores de antaño.

La objetividad de un momento político se complementa con lo subjetivo de una piel. No hay manifiestos para describir la amistad, la emoción se expresa desde lo más íntimo en esta novela testimonial, incluso el odio y el resentimiento quedan en segundo plano en comparación con la intensidad de estados más armoniosos, como la melancolía, la desolación o la alegría genuina. El amigo sobreviviente ya es adulto, tal vez viejo y por eso mismo observa los hechos con un ojo más maduro, desde una perspectiva inclusive paternal. El sobreviviente reprende al amigo con cariño, como si él mismo hubiese sido el culpable de su muerte y no los milicos, nacidos para matar: “Te pasó por pajarón / por asopado / por buenas peras / por sacoenueces / por agilao / sí poh / por eso te pasó / Di eso, Goyo / asúmelo”.

El testimonio entero evoca al poema de Ernesto Cardenal “Coplas a la muerte de Thomas Merton”, en el que el poeta le habla a su amigo difunto con un tono similar “con el humor tan tuyo te habrás reído / vos Merton ya sin cadáver muerto de risa / también yo”.

Goyo no vuelve a la vida, pero hay algo que el autor inmortaliza con esta novela de no ficción: el espíritu de una época, el eco de la lucha, las huellas de un tiempo que corre sigiloso hasta que se hace notar, las memorias de un país y las de un idealista que murió en la rueda, como tantos otros que no alcanzaron a ser, a enfermarse, a envejecer aguardando la hora de visita en un hospital. Las memorias de una tropa de inquietos que tomaron el tren con demasiada premura. El tren equivocado. Siempre.

 

Memorias de la República

Mario Valdovinos
Santiago, Ediciones USACH, 2011

Un comentario

  1. Luis dice:

    Macarena, Asistí el día Lunes 31 al lanzamiento en la sala Nemesio Antunez, y francamente tu comentario del libro me pareció de una sutileza y belleza que uno que no está acostumbrado a leer críticas literarias en un ambiente de curriculistas, historiadores, psicologos echaba de menos…

    No pude comprar el libro en esa oportunidad pero me interesaba que el contigo lo firmarán..habrá otros día..

    me gustó tu trabajo y espero que se lo sigas desarrollando con la misma entrega y profesionalidad, para poder seguir esa pluma voraz atte Luis Jiménez Vidal

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