Revista Intemperie

Creatividad y movilización ciudadana

Por: Intemperie
arte

Creatividad artística unida a creatividad política para recuperar el espacio público, el tiempo libre y una sociedad que haga más sentido. Aquí Rodrigo Hidalgo y Daisy Alcaíno analizan las movilizaciones estudiantiles desde el punto de vista de la expresión artística que las ha acompañado

 

Rodrigo Hidalgo, Coordinador literario Balmaceda Arte Joven

Se habla de la creatividad de los jóvenes movilizados. De sus originales manifestaciones con besos, maratones y flashmobs. Pero quedarse en la observación sorprendida de esa originalidad es quedarse en la superficie. El componente creativo está puesto al servicio de una estrategia política. Por supuesto, estas formas de protesta le han permitido a los estudiantes captar mayor apoyo de “la sociedad”, o “la gente”. El terreno a disputar es el espacio público, la opinión pública. Un territorio colonizado por la publicidad, por el mercado. Y ahí lo que se ha demostrado no es que los jóvenes manejenel lenguaje de la publicidad. Sino que están plenamente conscientes de que son la carne de ese código. Y por lo tanto pueden dar vuelta su lógica de funcionamiento, y hacer propaganda y publicidad a través de la intervención urbana y de la performance, a través del arte en definitiva. Nunca como ahora quizás tuvo más sentido hablar de un cuerpo social, con miles de jóvenes que usan sus cuerpos como si fuera un soporte publicitario pero para vender sus reclamos.

El mayo francés y “la imaginación al poder” no pueden en ese sentido estar más vigentes. Porque lo que hay detrás del reclamo por una educación gratuita y de calidad es mucho más. No se toca una viga estructural como la educación sin alterar el orden de la casa completa. Estas creativas manifestaciones son para pedir un país más justo en todo terreno, se trata de hacer cambios en el sistema económico y político, en cómo se administra el Estado. Se habla de levantar un Proyecto de País cuando se hizo evidente que en vez de eso hay poco más que una larga y angosta franja de tierra ofrecida como lote en una subasta. Ahí es donde me pregunto qué rol juega la creatividad, qué tan creativos nos hemos permitido ser. Qué tanto deberemos serlo.

Los que vivimos esta suerte de revolución nos habíamos acostumbrado, con rabia y escepticismo, a un adormecimiento colectivo prolongado por mucho tiempo. Primero porque teníamos demasiado encima el miedo a la represión, traumatizados por lo que la prensa llama “los horrores de la dictadura”; y en seguida porque cada intento de levantamiento nos había enfrentado a fracasos internos, mal resueltas las diferencias con nuestras propias formaciones como cuadros, con nuestras biografías y sus cantos, todo se había renovado, todo se había traicionado. Cuando buscamos perder el miedo terminamos tratando de parar al cabeza de pistola encapuchado. Hasta que los encapuchados mismos cambiaron y ya no los pudimos parar, ni nos importó pararlos. Sencillamente nos resignamos.

Los que hace una década y media nos rompíamos la crisma inventando consignas nuevas, ahora parecemos humoristas desahuciados. Sabemos que hay que seguir poniéndoles las fichas, apostando por los estudiantes, preguntando dónde firmo para visibilizar más mi apoyo. Que hay que seguir emocionándonos con su resistencia heroica. Sentir lo que sintieron los viejos, lo que sienten estos muchachos: la clara conciencia de estar cambiando algo, de estar siendo protagonistas como los de mi generación no pudimos serlo. Pero así y todo, miramos con preocupación que la Camila tenga tan cerca de los carcamales del partido, nos asusta que el movimiento se termine centrando en un ícono y que Giorgio termine estampado en una camiseta, que la creatividad y la imaginación no sea tanta como para haber superado las palabras “comisiones”, “voceros”, “asamblea”.

Nos preocupa porque también queremos construir un país más justo y democrático y ya sabemos que votar no basta, que elegir representantes es una trampa cuando los supuestos representantes te traicionan. Pero sabemos que por ahí va a tener que hacerse igual. Y ahí es donde necesitamos creatividad e imaginación para inventar cómo. Cómo vamos a llevar este espíritu a ser gobierno.

La creatividad entonces tiene que ver con asuntos mucho más técnicos, legales, económicos y administrativos que lo “choras” de las protestas. Para desmunicipalizar va a ser necesario ser creativo. Y los jóvenes han entendido que ser creativo pasa en el fondo por crear nada menos que un nuevo país. Así que están estudiando, claro que están estudiando, están pensando al menos mucho más que cuando estaban “en clases”. Y ahora, ahora mismo, de momento, no están marchando, muy poco, están tomando aire y se preparan para el trimestre final del año, para la pelea de fondo. Porque quién lo duda, de acá a diciembre se verán los gallos. Cuando pase esta sospechosa e inquietante calma chicha, producto del reality en que han convertido al accidente de Juan Fernández, y que se alargará con la tradicional embriaguez dieciochera, el corazón de chilenos conmovido, conmocionado como diría Carcuro. Van a perder el año. Pero tienen un país por ganar. A pesar de los que argumentan con la mentira y el garrote.

 

Daisy Alcaíno, estudiante de Periodismo

Diversos sociólogos y analistas políticos han puesto en cuestión los objetivos que motivan a los actuales líderes del movimiento estudiantil. Más allá de la debilidad de este argumento, lo realmente indignante es el nivel de la discusión política en Chile, donde un conjunto de panelistas trata de explicar la realidad de las familias y del estudiantado desde sus oficinas, como un periodista de escritorio que reportea sin nunca haber salido a la calle.

¿Desde cuándo que un movimiento social no es también un movimiento político? ¿No se trata acaso de que las manifestaciones públicas de la ciudadanía se encuentren orientadas hacia una focalización de un cambio en las estructuras de un sistema político absolutamente deslegitimado?. Eso se llama “maduración” de la protesta social, y es parte también de un cambio cultural transversal a la propia institucionalidad política.

Es el empoderamiento de las masas que decide hacerse parte de la construcción de  su estado, derecho que les ha sido negado durante décadas. Lo hacen  con creatividad y optimismo, con marchas pacíficas, que el accionar policial no ha logrado opacar, con una lectura consciente de que aquí todos salimos perdiendo si elegimos el camino de la violencia.

Viviendo en Argentina puedo decir que me resulta aberrante ver que en mi país ha desaparecido “lo público”. No puedo entender que mis amigos tengan que estar horas extras en sus trabajos para pagarse el título y que algunos hasta lo encuentren normal. No puedo entender que no exista ninguna universidad realmente pública en Chile. No puedo creer que durante tantos años mis padres hayan soportado que los “cogotearan” no sólo con la educación, si no con la salud, la vivienda, los préstamos de las casas comerciales, los bancos. Chile es de los pocos países, sino el único, al cual lo han despojado de todo, menos de su dignidad y eso es lo que nuestro pueblo esta reivindicando hoy en las calles, eso se llama educación cívica, cultura e integridad.

Me emociona ver a mi generación bailando en las calles, me emociona que estén luchando por mi futuro y el de todos mis compatriotas sin importar sus costos personales. Pero me emociona sobre todo ver a una de mis profesoras de colegio frenando a los encapuchados y, aunque sea por una sola vez, que le hayan dado tribuna a la gente que realmente ama a su país y confía en su juventud.  A este nuevo canal de expresión es lo que llamo ir “del apagón al florecimiento cultural”, ellos son los héroes de nuestra nueva historia, nos los destruyan, cuídenlos, protéjanlos, denles el lugar que merecen, algún día los harán sentir orgullosos.

 

Foto: Victor Silva

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