Revista Intemperie

Tragedia, morbo y mitología nacional

Por: Intemperie
camiroaga

El trágico accidente de Juan Fernández ha dejado al descubierto el cariño de la gente por las víctimas y también una cobertura periodística que traspasa fácilmente el límite del morbo y de la histeria, y que crea con facilidad mitos sobre la sociedad chilena que no todos están dispuestos a compartir.

Aquí, Julieta Marchant y Arturo Ledezma comentan la cobertura del hecho, poniendo de relieve la ubicuidad de la farándula y los medios, y las sospechas de una operación de distracción política.

 

Arturo Ledezma, editor

Lo primero que pensé, el mismo viernes en que murió Camiroaga, fue “¿cómo irán a usar esto del accidente en los medios y especialmente en el gobierno?”. Me imaginé que iba a ser más o menos así tal como ha sido hasta el momento, dilatado, “electrizante”, manoseado, muy para la galucha. Buscando generar publicitariamente y a contrapelo un poco de esa mitología que nos falta, como escribiera Rojas. Viejas llorando, el Piñera reapareciendo con las manos en los bolsillos, Hinzpeter reculando calladito, Allamand saliendo de una nube de humo con cara de superhéroe, Golborne y Lavín de lejitos, y muchas horas ininterrumpidas de programas especiales respecto de la figura del tipo regio, mino, billetudo, hétero y bonachón que es al final el retrato que nos va a quedar de Felipe Camiroaga. De paso la invisibilización mediática de las movilizaciones estudiantiles, las huelgas de hambre, el paco Gordon que salió cagando, y los 3 meses de paro de los colegios y universidades.

Todo ha sido excesivamente mediático en el peor sentido de la palabra, no cinematográfico como para el tongo de los mineros, sino mediático y al lote para la tele chilena. Todo se ha escrito con pésimos guionistas, como siempre en la historia de Chile, que usan de rompe y raja el boceto crudo de una noticia para generar un juicio menor y sin repercusiones para luego maquetearlo con la finalidad ñoña de lograr una de esas comedias románticas que tanto le gusta al massmedia chileno. La configuración de la tragedia como espectáculo normativo, eso lacrimógeno y drástico que tanto le acomoda a la derecha chilena, con su número cabalístico (21 pasajeros), con su rostro de personaje conocido (el Halcón), y con su historia de vida detrás de cada uno que sirve para decir Somos país, tenemos que unirnos y dejar nuestras diferencias para llorar juntitos, de la mano, que omite, de pasadita, la certeza de saber que, con auto o sin auto caro, nos vamos a morir igual no más (pero eso no lo quiere saber la gallá que ve tele).

Nadie cubrió o habló en televisión acerca del acoso a Galia Diaz en el CNCA, ni del sobrepeso del avión (que llevaba hasta escombros), ni menos aún del apoyo que Camiroaga había dado a los movimientos sociales, principalmente Hidroaysen y los estudiantes, pero no, eso no, porque para ese tipo de noticias no hay minutos ni ganas en la televisión abierta. Sólo se enfocó la tragedia desde el dato rossa conmovedor; desde el despacho tipo panel con la maquilladora, la periodista amiga, la peinadora de Camiroaga, o con una nota en directo desde los estacionamientos de TVN mostrando el espacio vacío que dejó en el pueblo de Chile la sombra del Audi. Por supuesto todo esto cubierto desde la televisación estupidizante que hace la vista gorda a los medios alternativos que, vía redes sociales, trataba a gritos de decir que nos estaban tomando el pelo a dos manos.

Mientras te escribo esto por Chile pasa volando el 11 de septiembre y la tele se esmera en recordar las torres gemelas como forma de reiterar que los televidentes se adaptan a lo global. Mañana de seguro, en lugar de hablar de la historia política reciente del país, los directores de TV redoblarán esfuerzos en mostrar la polémica social de cómo velar el trozo de brazo que encontraron flotando en Juan Fernández que es lo único que les importa ahora y no se ocuparán de cubrir, por ejemplo, con solemnidad y rigor a los 90 mil estudiantes que perdieron el año. Así no más con el chilean way: gato por liebre, jurel por salmón, socialismo por periodismo. Siempre una cosa a cambio, o en lugar de otra.

 

Julieta Marchant, poeta

Una señora abre una libreta: en ella hojas y hojas repletas, una recopilación de los chistes, anécdotas y situaciones acaecidos en el Buenos días a todos. Otra es interrumpida por su propio llanto cuando intenta explicarle a la prensa que Felipe Camiroaga se bajó una vez de su auto para ayudarla a poner la rueda a su carrito donde cargaba los libros que vendía. La imagen de una señora frente al televisor, cada mañana, anotando lo que sucede en la pantalla. La imagen de otra señora a quien, en su dificultad para acarrear sus libros –estaba recién operada–, se topa de pronto con alguien que emerge desde el inalcanzable mundo del espectáculo a socorrerla. En ambos casos, el susurro de una intrahistoria que probablemente alguien que no habite esa experiencia no podrá entender.

Esa es una parte de la historia, la otra es la del avispado periodista. Ese que le pregunta a alguien recién accidentado –por ejemplo, atropellado por un auto– ¿cómo se siente? Me sorprende que sorprenda a la gente la explosión mediática después de este horrible accidente que hemos seguido de cerca (y que si no hemos seguido, nos han obligado a seguir por intravenosa). Estamos frente (y dentro) del mundo del espectáculo, de otro modo no podía ser. “Conveniente”, dicen algunos, como si estuvieran siendo presas del alumbramiento más agudo posible. Sí, conveniente, cómo no, para este Gobierno que intenta tapar los huecos actuales y pasados con una ansiedad e histeria imposibles. Esto no es un acontecimiento, es un modus operandi, y el que recién se dio cuenta francamente vive en Marte. No debemos olvidar a nuestros muertos (una señora, no la misma del carrito ni la de la libreta, decía “¿y si hubiese ido el Presidente, se habría caído el avión?”); no debemos olvidarlos como no debemos olvidar que estamos en un escenario y que el único modo de estar en él es a través de la memoria. Y los medios –sabemos– poco tienen que ver con eso: tapamos con el diario de hoy el diario de ayer. Malvenidos al mundo de la prensa. ¿Y qué? Quedarnos en ese espacio supuestamente crítico y brillante no es suficiente. Hay que salir a la calle con la memoria a cuestas.

 

Foto: Hector Gonzalez de Cunco

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