Revista Intemperie

Cristóbal Block v/s Díaz Klassen en El hombre sin acción

Por: Macarena Figueroa

 

Macarena Figueroa se confiesa cautivada con este narrador sobre expuesto y auto-referente, que destaca en un panorama de literatura joven cruzado por la simplicidad y el minimalismo.

 

Es extraño esto de escribir algo sobre El hombre sin acción.

Fue extraño leerlo.

Seguirá siendo extraña la posible evocación de estas páginas en el futuro, la rememoración de alguna frase que subrayé, la aparición sorpresiva de ese Cristóbal Block que juega con su destino y que escribe un diario que es la antesala de su muerte.

A los autores jóvenes —como es el caso de Francisco Díaz Klaassen— se los lee sabiendo eso: que son jóvenes y, probablemente, muy pretenciosos. Que no sería extraño que, en  vez de proponerse escribir algo que tenga valor en sí mismo, se propusieran crear (como se llama vulgarmente) un texto “que funcione” o que impacte únicamente debido a su originalidad; escritos en los cuales quede en evidencia su preparación literaria, su absoluto conocimiento de las últimas tendencias, de los autores supuestamente ineludibles y de lo que se debe o no se debe hacer al momento de escribir. Tiendo a pensar que los escritores jóvenes temen a la desaprobación y, por eso mismo, intentan instaurarse en lugares blindados.

En El hombre sin acción ocurre lo contrario. Hay un personaje impúdico; que no teme desnudarse y exponerse ante los ojos del lector con todas sus falencias, con su declarada ignorancia ante la vida, su vulnerabilidad y esas fragilidades que lo han llevado a ser lo que es: un joven que se siente perdidamente viejo, un joven que desea morir y, a la vez, “vivir para siempre”; un hombre que escribe para dejar su huella o, tal vez,  para quemarla de una vez por todas, para borrar el rastro real del cuerpo que arrastra y reemplazarlo por la volatilidad de un montón de frases.

La voz de este protagonista -Cristóbal Block- traspasa con vigor la simplicidad y el minimalismo que parecen ser la característica primordial de la literatura contemporánea. Desde la primera página deja en claro que lo suyo son los devaneos de la mente, la incursión profunda en los pensamientos, la cavilación, el ensueño, el cuestionamiento constante. Es un personaje en el que se resume el argumento de la novela, un personaje que, más bien, es el argumento de la novela, el principio y el final de todo… Después de él ya no hay nada, ningún otro personaje se sostiene por sí mismo, ningún otro sobrevive sin la ayuda de su pluma, nadie más que él tiene un peso real en estas páginas.

Pero, ¿quién es Cristóbal Block? Un personaje ficticio que coquetea con su autor de carne y hueso. Aunque, más resueltamente, es un personaje que confunde; un desconocido, en un inicio; después, un desconocido que afirma ser el autor del libro El hombre sin acción y de otro anterior, Antología del cuento nuevo chileno, es decir, un desconocido con los atributos de Díaz Klaassen. Estos son los juegos de la novela, un indicio más del atrevimiento del autor.

Priman la fragmentariedad, el cruce de líneas temáticas, la construcción lúdica de una estructura no convencional que podría resumirse de la siguiente forma: “Un lector X abre el libro El hombre sin acción, de Francisco Díaz Klaassen. Cristóbal Block, el supuesto protagonista, escribe un diario que para el lector X es parte de la novela, pero que para Cristóbal es simplemente su vida, el devaneo de sus tardes. A su vez, este personaje que ya se nos ha presentado como un escritor fracasado escribe o intenta escribir una novela llamada El hombre sin acción, de la cual se nos van intercalando fragmentos. En la novela que escribe, el objeto de atención es él mismo, visto desde una perspectiva que al lector X se le escapa: la del futuro, la de las consecuencias de su muerte y el destino de su diario. En ella, los personajes se enfrentan al Cristóbal que vendrá, o sea, el muerto.

A través de este recurso  (la literatura dentro de la literatura), Cristóbal evalúa su propia creación, siempre con una ironía que al lector le cae simpática. Se quita la armadura y ametralla él mismo su propio cuerpo. Expone sus falencias, su incapacidad de terminar una novela, sus vicios literarios, su caída en los errores comunes del principiante. Pero no eso lo que importa, no son los juegos ni la innovación. Tampoco el sarcasmo. Lo que persiste es la verdadera miseria de Cristóbal, su forma de estar o no estar en el mundo, su relación o no relación con Emilia, ese amor profundo al que aleja como un masoquista.

“Un libro debería poder ser capaz de mantener la atención de sus lectores sin que se adivinen sus intenciones, su trama, o siquiera sus contenidos”, dice Cristóbal, y es algo similar lo que ocurre con este libro.

Block, como personaje, cautiva. La materia desordenada de su diario son atisbos placenteros. Enunciados que se quedan dando vueltas en la mente porque se posan en el borde de abismos insondables, porque con su llaneza rozan esa oscuridad de la que no se puede salir. El vacío, el aburrimiento, la necesidad de trascendencia, la ansiedad, la inquietud, las ganas de estar y de no estar, de existir y de morir, de permanecer y de salir corriendo se transmiten con un componente adictivo que hace que el lector sienta la necesidad de volver internarse en este diario para palear con la estética de lo literario el tedio real y palpable, ese que está en las calles, en los asientos de un bus.

 

El hombre sin acción

Francisco Díaz Klaassen
Santiago, Editorial Forja, 2011

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.