Revista Intemperie

Diáspora en Nueva York

Por: Valeria de los Ríos

Valeria de los Ríos considera Memory Motel, la segunda novela de María José Viera Gallo, un viaje perceptivo a partir de una experiencia de extrañamiento en Nueva York.

 

Memory motel es una novela de formación y una reflexión sobre la memoria; una especie de Bildunsgroman escrita en primera persona y con rasgos autobiográficos, que narra el paso a la adultez desde la dolorosa experiencia de la ruptura amorosa. Al mismo tiempo, es una novela urbana y diaspórica, situada en la ciudad de Nueva York a principios del siglo XXI.

Estas apreciaciones son veraces y, sin embargo, no dicen nada de la experiencia de lectura de esta novela. Y digo “experiencia” de manera deliberada, porque es justamente eso, la experiencia, aquello en torno a lo cual la novela gira.

Se de una experiencia radical de rompimiento matrimonial que deja a Ágata, la protagonista, en una profunda crisis de la subjetividad. La historia no es nueva, y sin embargo, no se trata de una novela autocomplaciente, que explote los beneficios de los libros de auto-ayuda. Se trata, más bien, de una novela íntima y distanciada, es decir, de una novela autoconsciente.

Ágata, la protagonista, es una chilena de 33 años que se mueve con soltura por las calles de Manhattan y de Williamsburg, el barrio de moda en Brooklyn, porque conoce sus secretos como una iniciada. Pero esta ciudad, que muchos miran desde la fantasía y el deseo, no es sólo el escenario exótico donde se desarrolla la vida de los personajes. Ágata es una inmigrante de clase acomodada, una traductora con formación universitaria que llega a la Gran Manzana sin el deseo de lograr el sueño americano. Más bien, sigue el influjo del amor, cuando conoce en Chile a Igor, un artista chileno que vive en Estados Unidos y que la invita a acompañarlo. Hija de intelectuales de izquierda, y luego casada con este artista nacido y criado en el barrio Independencia, debe enfrentar la experiencia, a la vez estilosa y desventajosa, de ser una “latina” anónima en Brooklyn.

A pesar de esta aparente adversidad, se lanza gustosa a realizar trabajos para los que está sobrecalificada. Decide permanecer en ese país incluso después del divorcio, a pesar de haber perdido su trabajo, en un franco acto de rebeldía con su progenitora. Y es que la distancia y la adversidad le permiten salir verdaderamente del “horroroso Chile” del que hablaba Enrique Lihn, es decir, la experiencia de mantenerse fuera de su país natal, sola y empobrecida, es lo que le posibilita escapar al “feudo mental” y enfrentarse por primera vez como sujeto al mundo y a sí misma.

La experiencia de la protagonista se presenta en varios sentidos -literales y metafóricos- como un viaje. Pero como el centro de la novela es la experiencia misma, este viaje por la ciudad adquiere los rasgos de un viaje perceptivo y se convierte en una intensa experiencia visual, olfativa y auditiva. La reflexión en torno a datos perceptivos le permite a Ágata recordar y narrar su experiencia aunque no de manera cronológica.

La vuelta a la percepción, a la experiencia en su más básica expresión constituye a la vez una conexión con lo animal y con la infancia. Una planta carnívora – a medio camino entre lo vegetal y lo animal- ataca a Ágata en la cara, dejándole marcas animalescas, que sólo pasarían inadvertidas como disfraz de Halloween. La infancia aparece de la mano del recuerdo de la muerte de un animal doméstico –Migato- y del hermano con síndrome de Asperguer y fanático de los animales, que le entrega como regalo de duelo y como nota de suicidio un cuento titulado “El idioma de los animales que están en paz con el mundo”, en el que dos animales quieren enterrar a un gato de dos colas, es decir un gato otro, monstruoso o deformado. La conexión con esa historia que la protagonista comienza a traducir desde el idioma inventado por su hermano autista, se convierte en una especie de salvavidas en medio del vacío, que le permite aceptar lo animal o lo monstruoso, sin tener necesariamente que entender todo de manera racional.

Pero sin duda, mi parte favorita de esta novela de amor adolescente en un época postromántica, es la construcción del espacio heterotópico del “Memory Motel”, que aparece en el último capítulo y que le da el nombre a la novela.  Además de las obvias conexiones con Proust y a En busca del tiempo perdido esta construcción espacial evoca referentes cinematográficos como 2001 Odisea en el Espacio, Solaris, El ciudadano Kane o El Eterno retorno de una muerte sin recuerdos, en que los protagonistas se enfrentan a conflictos con la memoria.

El hotel, fundado por un tal Dr. Elkan en los años ’60 consta de 11 habitaciones idénticas  y atiende a personas “necesitadas en conectarse con su memoria, desenterrar recuerdos perdidos o borrar aquellos que impiden vivir en el presente”. Esta construcción se emplaza en Long Island, lugar donde -según la protagonista- se acaba Nueva York y empieza América. En medio de una decoración llena de faros, se puede elegir entre tres tipos de habitaciones: El Hoyo, el Caleidoscopio o La Madeleine. Más que piezas reales, estos nombres hacen referencia a estados mentales que son experimentados por la propia protagonista: el hoyo después de la ruptura, el caleidoscopio urbano de la ciudad de Nueva York y La Madeleine -una alusión evidentemente literaria-, que es la habitación que la protagonista escoge. Allí se encuentra con una canasta llena de galletas, chocolates y dulces, que tienen el propósito de conectarla con la memoria. Comienza a tener recuerdos fugaces de la vida pasada con Igor que quiere olvidar y luego, como en “El árbol” de María Luisa Bombal, la música se convierte en el puente de la memoria.

¿Hay algo más que pueda decir de Memory motel? Que fue finalista del último premio Herralde, un premio que en 28 años de existencia, sólo ha premiado a dos mujeres.

 

Memory Motel

María José Viera-Gallo
Tajamar Editores

Un comentario

  1. Cariesan dice:

    Qué buena reseña, me llevó a Memory Motel, me hizo necesitarlo. Reservaré la Madeleine para esta noche.

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