Revista Intemperie

Y la fiesta deviene en muerte

Por: Karen Bascuñán

En Cuaderno de deportes, la poeta Elvira Hernández retoma el símbolo de las Olimpíadas para denunciar una cultura basada en la guerra y la competencia despiadada, que resuena hasta nuestros días, señala Karen Bascuñán.

 

La poeta chilena Elvira Hernández (Lebu, 1951) publicó su último libro “Cuaderno de deportes” (Cuarto Propio 2010) enfrentándonos nuevamente al filo de sus versos e imágenes. Como nos ha mostrado en sus publicaciones anteriores (“La Bandera de Chile”, 1991; “Santiago Warmi”, 1994; entre otros), la poesía de Hernández puede ser feroz y dejarnos capturados en las sensaciones e imágenes que refieren a nuestro vínculo indiscutible con el espacio público y lo político.

En esta ocasión, Hernández establece un recorrido que se mueve desde el legado de aquella instancia que recoge la tradición griega, donde la multitud, sus líderes y los escogidos se reúnen cada cuatro años: las olimpiadas y la mitología griega. Así entonces, lo que ha sido constituyente desde su imaginario en la construcción de la cultura occidental y con implicancias reales en la construcción de lo social y político, se manifiesta con holgura en su degradación en el escenario simbólico actual.

Hernández nos refiere el vacio en la estructura a la que históricamente gran parte de la humanidad se ha entregado, el Olimpo ya no es Olimpo, los dioses ya no están en el supuesto lugar esperado. Entonces, ¿quiénes ocupan este lugar al que se cedió el poder? Y desde sus primeras palabras, “Cuaderno de deportes”, descorre el velo y nos deja sentir muy de cerca la presencia de los depredadores. La poesía de Hernández nos enfrenta a una suerte de espejismo al que ya nos habituamos, aquello en lo que se ha confiado no es confiable, y la cualidad de supuestos avances de la humanidad quedan descubiertos como estrategias que nos exponen ante otros que merodean con dientes filosos. La metáfora de la cuna de la cultura occidental a través de las olimpiadas es la competencia y lo político, directamente.

En esta competencia, los rasguños y las cojeras de cada competidor se ponen en escena con significaciones que incorporan la ferocidad y la fiesta, la dimensión del goce íntimamente vinculada al temor y la amenaza ¿De qué corren/huyen estos deportistas en “Cuaderno de deportes”? La celebración deviene en espectáculo de guerra, y la Franja de Gaza circula en el texto, dando el salto explícito a la contingencia. Las palabras, en este marco, son dardos o ya están muertas en el espectáculo bélico que nos muestra Hernández, y su poesía no deja de preguntarse por el alcance de la escritura en este campo de amenaza y muerte:

Acércate al lugar
con tu escritura
y encierra allí
si te queda cierre
la bestia desenfrenada de la competencia.

Escritura que quisiera declarar clausura del clima de guerra convocado desde la competencia despiadada. Más aún, la pregunta por el escritor desde el rol de testigo y testimonio de esta celebración que se sostiene sobre la violencia. Hernández despliega las palabras como dentelladas ante la amenaza incansable de mordida feroz, de la voracidad y el simulacro constante en el que nos podemos ver atrapados, la performance que simula ser lo que ya sabemos que sucedió:

El casting tiro los naipes sobre la mesa.
Las cámaras siguen de cerca a los atletas.
Munich pudiera ser Munich. El Zarpazo pudiera ser otro zarpazo.

Entonces, lo social y lo político son el marco de la competencia, la destrucción y la violencia. Si bien “Campo de deportes” reconoce la metáfora y soporte cultural de la tradición griega, también es -en tanto improcesada o descarnada- Santiago de Chile, como escenario tangible de la historia de este país desde hace un par de décadas:

De Herculano y Pompeya sólo nos llegaron
las cenizas. (…)
Grecia se llamó la avenida
en la delantera del Estadio Nacional
y Maratón una calle aledaña
por donde los derrotados del 73
marcaron el paso con rumbo desconocido.
Nunca se supo nada de la Nemesis

La actualidad de cada una de estas imágenes que nos entrega Hernández, señalan la repetición de la trama y el trauma, y como si lo escribiera hoy mismo en el contexto de las manifestaciones estudiantiles, indica en “En la sede local”:

El gimnasiarca del Liceo apunta:
Diez niños muertos en pleno ejercicio

La vida que resiste en los escenarios de guerra silenciados, la rabia digna, los cuerpos marcados, las heridas mutadas en palabras, la memoria mirando las pequeñas vidas, la fiesta de los depredadores, se despliegan en “Cuaderno de deportes”. Y leerlo deja un rastro en la mirada, como palabras tatuadas que se resisten a desaparecer. Tanto hay condensado en la poesía de Elvira Hernández, que la invitación es a leerla con los descansos que se requieran, sus palabras invitan a escuchar los pasos sigilosos que nos rodean, y resistir.

 

Cuaderno de deportes

Elvira Hernández
Santiago, Cuarto Propio, 2010

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