Revista Intemperie

Escritores y poetas dicen adiós a Amy Winehouse

Por: Intemperie
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Oscuridad y penumbras, ansias frustradas de salvación y culpa. Tratando de evitar de alguna forma el tono de moraleja, y abrirse paso entre la pléyade de discursos prefabricados…

 

Germán Carrasco, poeta

El día que nació Kurt Cobain / cantaron los ruiseñores, escribí en algún poema. Si a veces nos avisan, a veces uno queda preguntando mil veces por qué. Foster Wallace, en la cima de su éxito. La muerte de cualquier poeta siempre es particularmente dolorosa para los que escribimos –Winehouse componía lo que cantaba–, y las notas elegías lo hacen a uno sentir una culpa atroz de no estar a la altura de las circunstancias. A todos les dolió de verdad lo de Amy Winehouse, era cosa de dar una mirada al facebook, lleno de notas de dolor y despedidas, ribbons negros sobre la bandera inglesa, parte de sus poemas en las redes sociales. Pero yo anoche soñé otra cosa, que Amy iba a Rehab y luego se convertía al budismo, como cualquier rockero hace: vamos, no siempre hay que ser rupturista, es la ley de una estrella de rock salir del atolladero y hacerse religioso. Hasta Vicentico en una entrevista del Clinic aparece sorprendentemente flaco hablando de Yoga y ayunos. Entonces, Amy recuerda cuando bebía, por qué bebía, saca un libro que se llama Rehab y otro que se llama Assencion, el segundo es un homenaje a Coltrane que habla de la relación entre religiosidad y música. Ambos libros son traducidos por una editorial menos pasada de moda que Anagrama, que vende como paraguas en día de lluvia. Assencion no es un libro religioso, así como  el primero, Rehab, no es una oda al arrepentimiento y la descripción de excesos, que ellos son el camino a la sabiduría como decía Blake, en Rehab habla bien de los excesos, de cómo estos son –dígase lo que se diga- muchas veces el motor de la creación, de estados de sensibilidad, maneras de escapar del asco de la realidad más tóxica que la droga que es el bisne de la música.

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Álvaro Bisama, escritor

No sé si me gustaba Amy. O sí, me gustaba porque en el fondo cumplía a la perfección con esa cosa tan inglesa de tratar de hacer música negra mejor que la de los negros. La historia del rock es eso: ese deseo, ese fracaso. Lo mejor de la biografía de Keith Richards trata de esas carreteras secundarias donde unos pobre inglesitos aprenden lo que es la vida negra. Amy supo encarnar ese rol, llevándolo a las últimas consecuencias. Yo no era fan suyo pero la escuchaba a veces. Me da pena que ella esté muerta y Britney Spears siga viva. Por supuesto, me quedo con esas imágenes suyas donde parece venir del infierno y ponerse a cantar, con una voz quemada por el alcohol y acicalada por el humo. Por supuesto, me da asco toda la moraleja del club de los 27 años y Janis Joplin y toda esa basura. Jim Morrison siempre me pareció un imbécil, un poeta menor que leyó demasiado lo que leen los escritores jóvenes: Hesse, Saint Exupery, Nietzsche filtrado por su hermana nazi. Por lo mismo, Amy Winehouse no tenía nada que ver con ellos sino con esos bares que bien describe Martin Amis en “Campos de Londres” y que aparecen como centro en la mitad de los cómics de Garth Ennis. No hay simbología alguna en ella, salvo esa oscuridad que nunca abandonó. Por supuesto, tuvo su propio Ike Turner el que era, con suerte, el matón de una pandilla de Ñuñoa y que la explotó haciéndola confundir el ansia con el arte, la violencia con el afecto. Nunca fue una estrella de rock ni de pop sino algo más anacrónico, fuera de lugar, una música venida de otro lado que no logró cuajar nunca sino que, por el contrario, se quedó atrás como una ficción en penumbras, como los restos de un mundo que nunca existió.

 

Úrsula Starke, poeta

Yo quería salvar a Amy porque quería volver a escucharla cantar de esa manera tan soberbia. Esperaba que de pronto se recuperara (Dave Gahan lo hizo) pero se terminó por ir a la mierda como muchos otros. Vi cómo se fue desenvolviendo su tragedia y la adoré por eso, porque los malditos siempre se ven adorables. A algunos les sienta bien la muerte. Finalmente, todo es una triste analogía.

 

Julio Carrasco, poeta

Tiempo después del pick de su popularidad, me interesé por Amy Winehouse y presté atención a sus letras, hasta tomar conciencia real del contenido de la canción favorita de mi ex ex ex novia: “Tears dry on their own”. Enseguida se convirtió a la vez en mi canción favorita y (cosa ridícula de admitir) la eché de menos. Entonces me empecé a preguntar en quién habría estado pensando ella al escucharla mientras estaba conmigo, y me puse celoso. Solo espero que nuestra separación le haya hecho cantar otra canción con una letra de tono similar.

 

Pablo Toro, escritor

Está primero la tribulación mediática, el balazo redsocializado. Y luego la terrible promesa de volver a negro. La constatación de que no hay leyendas posibles, y la noción latente de una conspiración orquestada por el tiempo. La certeza – esta vez fragil- de que nadie es un héroe por estar muerto.

La suya era la belleza del lamento, así, dicho de manera cursi. El espíritu bondadoso de Sam Cooke podía entenderse ahí, en ese beehive desmesurado, con la pérdida irreparable de Aretha Franklin. Su desgarro, esa oscura reverberación de Back to Black, se hacía (se hace) más grande y diversa con cada pasada, recordando que el suyo es el paradero de la tristeza.

Todo lo empeora el tono de moraleja. Los noticieros, los especiales de prensa. El “aprendan jóvenes, no hay que tomar drogas”. El rostro falsamente compasivo de panelistas que pontifican sin pudor alguno. Es mejor cerrar los ojos y no escuchar nada, ni siquiera sus canciones. Quedarse en silencio, reconstruyendo esas notas, evocándolas con el desconcierto de la pérdida. Aunque sea por un rato.

Sabemos que ella siempre estuvo lejos, muy lejos de sí misma, y aún más lejos del resto de nosotros. Con la cabeza en alto y las lágrimas secas. Emergiendo a veces, grandiosa y miserable, entre los escombros de su propia pesadilla soul.

 

Maori Pérez, escritor

Y se murió. Y es una más de la pandilla. Puede que no prevalezca en el desarrollo del rock una época más ajena para una nueva integrante del Club de los 27. No existe un gran estilo o movimiento que acompañe la propuesta que desarrollara Amy Winehouse, y todo lo que se pueda llamar “de vanguardia” (Mars Volta, Arcade Fire, Sparta, A Perfect Circle) nace y se conforma por sí solo como una índole rockera de contra-reacción, sin volverse un colectivo artístico o comercial ni ocupar un sitio siempre junto a otros nombres, sus pares. Los comentarios sobre la muerte de A.W. apelan a una “crónica de una muerte anunciada” en tanto morir es siempre morirnos solos. Nadie (ni los fanáticos ni los medios) convenía demasiado con Winehouse, en ese vivir que fuera tan popular en los 60’s, en los 70’s y en los 90’s, porque en días como estos importan y se economizan la supervivencia y la salud, es decir, vale más una llama que arda lenta y constantemente que una explotando de súbito, con belleza, talento y sobre todo tragedia. Amy Winehouse es la tragedia solitaria de estos tiempos individualistas. Desubicada por brillante. Por rara. Por nueva. Más sola que el natre.

 

Pablo Torche, escritor

Sin el arte el hombre no tiene una oportunidad en este mundo. El arte no es tan sólo una especie de entretención con la cual llenar el tiempo libre, sino una forma de encontrarnos con nuestra propia sensibilidad, una forma más genuina y fidedigna de ser nosotros mismos. Les debemos a los artistas los caminos hacia nosotros mismos. Así la poesía, crepuscular pero sobreviviente en nuestra época de vertiginosidad, así el cine lento y fantasmal, así Amy Winehouse, que descendía sola a la simas de nuestra cotidianeidad desafortunada para extraer algo que sonara real, no formateado.

Había algo completamente propio y único en su búsqueda, algo que circulaba por fuera de los canales plásticos y comerciales, por fuera de los horribles desfiladeros de la industria del pop.  Algo independiente e insobornable que este mundo demanda como el aire; Una nueva forma de mirar las rupturas y reencuentros amorosos, el extrañamiento de los amigos, los melancólicos momentos de autodespreciamiento, con un vaso de alcohol en la mano, y el poderoso influjo que ejerce la autodestrucción, el “malditismo”.

Conoció temprano las desventuras clásicas de la vida, quizás en su lado más amargo. Pero por alguna razón no pudo o no quiso sobreponerse. Todas lo son, pero ésta, por miles de razones distintas, parece una muerte más absurda e injusta. Una muerte que apaga algo que queríamos que se quemara lento, que nos deja con un sabor a impotencia y a culpa y que nos priva también de un pedazo de nosotros mismos que no tenemos los medios para explorar solos.

 

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