Revista Intemperie

The Chilean Way o la simpática mirada extranjera

Por: Jaime Gallo

El gusto por saber qué piensa el extranjero de nosotros se satisface en la lectura de The Chilean Way. Jaime Gallo cree que las mejores crónicas de este libro son, justamente, las que nos enrostran defectos y virtudes nacionales.

 

Como un buen proyecto de recopilación de crónicas en prensa del inglés Neil Davidson, The Chilean Way (Los Libros Que Leo, 2010) repasa parte de la experiencia de su autor, un gringo común que ha decidido, por razones también comunes, establecerse en Chile y escribir desde la óptica de un extranjero sobre temas de actualidad con el toque de la experiencia. Una fórmula muy probada de éxito literario por estos lados (cabe recordar How to Survive in the Chilean Jungle de John Brennan, un texto que cuenta incluso, con una segunda parte) debido a ese morbo chauvinista que tradicionalmente nos gusta manifestar: el saber qué piensa el forastero de nosotros, país alejado desde sus inicios de las grandes decisiones del mundo y una provincia que disfruta de las modas siempre con desfase (aunque hoy, cada vez menos). Davidson deja en claro esto desde el primer momento y no duda, mediante un humor sutil, en dejar entrever este defecto vergonzosamente tierno que se manifiesta en el alma nacional.

Puede que me traicione el propio subconsciente (y aflore ese defecto antes mencionado), pero lejos son los relatos “made in Chile” los que sostienen las escenas vitales de la narración. Esto se ve, por ejemplo, en la genial crónica “Los climas imaginarios” en que el autor mezcla el sentir propio de la capital con su a veces esquizofrénico clima, comparando al valle con “una olla comprada en Irarrázabal”. En otras crónicas, en cambio, nos encontramos con una especie de diario de vida, con relatos que no interesan mayormente y cuya reflexión se pierde a medida que el texto avanza hasta llegar a las vivencias del autor en su tierra natal. Por ejemplo, en “Noche en el Museo” asistimos, sin mayor sobresalto, a la experiencia en un museo londinense; o en “Muerte presunta” vemos fallecer a una mascota, al parecer, indeseable.

Por otra parte, se agradece la envidiable formación literaria del autor, que queda demostrada en todas las grandes reflexiones de este hombre que ha pasado los treinta y comienza a mirarse el ombligo, escribiendo para exorcizar sus propios demonios, recuerdos y  miedos.

Si bien, el libro toca temas muy variados pero que nos competen a todos, hay por momentos, analogías que pasan de ser una cita divertida a una simple estrofa de canción popular romántica y no se condicen con la suerte de mesianismo que a ratos expelen los relatos. Por ejemplo,  Davidson teoriza sobre el fracaso del Transantiago señalando que nuestro país “no era el más indicado para un experimento tan radical” debido a que “la mente humana, y sobre todo, la chilena (…) tiene una tendencia inextirpable a aferrarse a lo conocido y a mantener los patrones de conducta ancestrales” por lo que no comprenderíamos la importancia de estos avances modernos. En casos como este, creo que no se cumple el rol de buen hilador de los temas simples al elaborar una sesuda respuesta para una inquietud.

Es este un texto ideal para los que le dan más de dos vueltas a un asunto y tienen tiempo para contemplar cómo caen las hojas en otoño; o para aquellos que están en esa encrucijada de los treinta-cuarenta (muy de moda, muy impuesta), viendo cómo “se nos ha ido la vida” y nos llenamos de hijos, responsabilidades y no tenemos tiempo para vivir añorando, en este país que muy rápido, ha despertado del The Chilean Way  frase que hoy usamos para adornar la simpática anécdota nacional.

 

The Chilean Way. Crónicas 2000-2010

Neil Davidson
Santiago, Los Libros Que Leo, 2010

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