Revista Intemperie

La novela-novela

Por: Cristóbal Carrasco
el ruido de las cosas al caer 2

Cristóbal Carrasco desconfía del último premio Alfaguara, El ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez: poco convencional, pero anodina.

 

La historia comienza con un hipopótamo perdido en el campo colombiano, pero El ruido de las cosas al caer no es ni será una novela sobre hipopótamos. Juan Gabriel Vázquez, escritor colombiano y autor de esta novela ganadora del premio Alfaguara, escribirá una obra de doscientas cincuenta páginas sobre otras historias, pero de eso hablaremos después.

Antes de la historia está Sergio Pitol.

Veintitrés años antes, el escritor mexicano Sergio Pitol, ganador del Premio Cervantes el 2005, publicó Domar a la divina garza, el segundo tomo del que sería su tríptico de carnaval. Y desde que un amigo leyó esa novela, comenzó a hablarme de las «novelas-novelas», esas que Pitol mencionaba en la primera frase del libro. Cada vez que leía una novela aburrida, convencional y previsible, me decía «ahí va una novela-novela.» Mi amigo también recordaba una entrevista a Bolaño en la Feria del Libro de Santiago, en la que decía que, a su juicio, después de La invención de Morel de Bioy Casares, ya no podían escribirse novelas como antes.

«Novelas como antes -decía- novelas-novelas»

Mi amigo no sabía que Pitol, en aquella primera frase, no había escrito «novela-novela», sino «nueva novela». Y aunque el error podría ser inexcusable, intuyo que sus conclusiones eran razonables: si hay escritores capaces de crear esa clasificación, ellos son Pitol y Bolaño.

Intuyo también que la razón tras la taxonomía accidentada de mi amigo no hay una defensa de la vanguardia ni de la experimentación tout court, sino más bien un rechazo a la roca dura de la convención, que en muchos casos se asimila a la falta de riesgo, a la mediocridad, a esa escritura que tiene tantas ganas de ganar premios literarios.

Y si mi amigo hubiera leído El ruido de las cosas al caer, habría dicho «ahí va una novela-novela.»

Será que El ruido de las cosas al caer pudo haber sido una muy buena novela. Quizás no solo eso. Quizás, pudo haber sido una novela inmensa e indescifrable, y quizás se hubiera convertido en la mejor novela latinoamericana tras 2666. Pero Juan Gabriel Vázquez, su laureado autor, hizo todo lo que no debía hacer. Ya lo dijimos, la historia comienza con un hipopótamo perteneciente al antiguo zoológico del narcotraficante Pablo Escobar perdido en la intemperie colombiana. El narrador observa aquella imagen y evoca su encuentro con el protagonista de la historia, Ricardo Valverde, un aviador retirado, y en parte, símbolo de la narración sobre el nacimiento del narcotráfico colombiano. Y entonces, cualquier lector, leyendo aquellas primeras páginas vertiginosas y emotivas, se habría esperanzado al vaticinar que luego vendrían más relatos de narcotráfico, y que tras ellas estaría la figura de Pablo Escobar, todo ese mito tan bien formado por la prensa de la época y que se reflejaba en la imagen decadente de un zoológico en extinción.

Pero nada de eso sucede, porque de pronto quedan cincuenta páginas para que libro termine y solo han hablado de Valverde, de la esposa de Valverde y de la hija de Valverde. Durante gran parte de la novela, Juan Gabriel Vázquez ha paseado a sus personajes con la indiferencia de un funcionario aburrido y ha sacado todo atisbo de emoción, con un ensimismamiento que bordea el dolo: tenía la mejor historia para contar, y la volvió una obra pusilánime y anodina, una historia sobre aviadores y gringas que se enamoran del colombiano, sobre un profesor de Derecho que se enamora de una alumna y sobre todos ellos juntos. Nada más que eso.

Será también que los premios generan una expectación innecesaria, pero Vázquez no pudo, de todas formas, sobrellevarla, y quedó a medias entre todas las oportunidades que ofrecía la historia. Ni siquiera su prosa está a la altura, y solo alguien muy entusiasmado encontraría en esos párrafos largos un aire íntimo, emparentándola así con una tímida historia de amor en medio de la tragedia colombiana. Pero repito, solo alguien con entusiasmo, porque pese a los premios, pese a los elogios y pese a los hipopótamos, El ruido de las cosas al caer no evoca solo aquella primera frase de Domar a la divina garza, sino también aquella que le sigue, aquella que dice «Lee, al principio sin demasiado entusiasmo, después con franca desgana, dos o  tres párrafos salteados de un capítulo, lo aqueja una sensación muy próxima a la angustia. Cierra el volumen con deseos de no volver a abrirlo en los días de su vida»

 

El ruido de las cosas al caer

Juan Gabriel Vásquez
Alfaguara, 2011.

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.