Revista Intemperie

Sumergirse en el mantra del poema

Por: Macarena Urzúa
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Macarena Urzúa analiza Ruda, el último libro de Germán Carrasco, en el contexto de su obra precedente, y destaca el valor de una poesía que reflexiona contantemente sobre sí misma.

 

Ruda (Cuatro Propio, 2010) de Germán Carrasco es un poema único, un gran poema y sus variaciones, y también un conjuro, una escritura que intenta proteger a quien lo lea, así como también a quien escribe.

Ante la pregunta sobre esta posibilidad, la posibilidad de ver todo el libro como un poema único, el mismo poeta ha explicado: “Me gusta la anáfora, tiene que ver con la serialidad del pop. Me gusta la repetición, tiene algo mántrico también. Nadie entiende nada, por eso hay que repetir muchas veces. Pero también está el hecho de que uno escribe un solo poema durante toda su vida. Es un mantra con variaciones. Y supongo que tiene que ver con algún tipo de estupidez (propia y de los demás). Eso de repetir muchas veces las cosas. O de no querer que la cámara se mueva demasiado: porque lo que está ahí es hermoso. Por cierto, hablo de una contemplación que no es burguesa, ni alta, ni preciosista (Entrevista en La Nación).

El poeta hace explícita la idea que rodea su escritura, la de hacer un “mantra con variaciones” o bien la repetición para que quede clara la idea, o para contemplar el texto. Así se ve a lo largo de este libro, que se abre con el epígrafe único: “que un bosque de rudas te proteja” y particularmente en el poema homónimo hacia el final del conjunto: un texto dividido en diez secciones, que puede leerse como un canto, o incluso una oda a la plante llamada ruda, donde el epígrafe de la obertura vuelve a aparecer: “Que un bosque de rudas te proteja / Que un bosque de rudas te proteja / Que un bosque de rudas te proteja”

A la manera de Ginsberg, para Carrasco la escritura deviene en meditación, el acto de escribir es un ejercicio que pareciera tener ciertos oídos en mente. “El acto de escribir se transforma en un ejercicio de meditación” señala el autor de Aullido “si escribes todo el día logra llegar ahí, ahí dentro de tu cuerpo, dentro de tus sentimientos, dentro de tu conciencia”.

De la misma forma, el hablante de Ruda expone cómo opera esta poética en el libro, como un hablar en donde se escucha el tartamudeo o el silabeo, la dificultad del habla:

el objetivismo me enseñó a callar
y a escuchar a los demás
en especial a los que hablan raro
lo aconectivo y entrecortado
o el tartamuedo el silabeo
del que hablaba Gonzalo Rojas
‘Azaleas’

Es decir Carrasco se adhiere a esta forma de decir y escribir y se aleja, como sostiene en el texto, de “la prolijidad cuadrada y sin swing”. La relación con la música, la repetición, sampling, variaciones sobre un tema (a la manera del jazz) y el sentido del ritmo, se hace explícita en ‘ El bastón de fresno es de ceniza’: “el poeta es un compositor, no un intérprete”

En la poesía de Carrasco hay meditación, recorridos por la ciudad, por el barrio Independencia, D.F. México, Lima, y otros más. Todos espacios que atravesados por la modernidad, son vistos por el poeta como un espacio en ruinas mayoritariamente, donde el recuerdo es también minoritario, la memoria, tal como la escritura.

Lo que parece ocurrir aquí, utilizando otra vez un término prestado de la música, es un sampling de su misma voz que a la vez tiene ecos de sus libros anteriores, ejercicio que se repite a lo largo del libro, a veces con exceso. Así se ve en el poema “Hombre araña” y su eco con el texto “Como monos”, perteneciente la sección “Plazas cerradas y playas privadas” de Multicancha.

Ruda es también un texto sobre ausencias y presencias, desplazamientos hacia afuera y hacia adentro. Poemas que se escriben desde cierta frontera de quien no pertenece a ninguna parte, pero por alguien que conoce el oficio de escribir, borrar, para luego escribir sobre esa huella de lo borrado.

Hay sin duda una mezcla entre temas relativos a la cotidianeidad y ciertas imágenes que irán desapareciendo (ver la foto de la solapa con el poeta y esa pintura del dragón tomada en cierta calle de Santiago), como se ve en poemas como “Soldador al arco un domingo en Maruri”, texto  que remite a una temática frecuentemente abordada por Carrasco, por ejemplo en Clavados, con poemas como “Los vendedores de paños de cocina” o bien a “Plazas cerradas y playas privadas” y en “Elefantes blancos” de Multicancha, en donde un texto aparentemente objetivista, descriptivo, conlleva una crítica o una mirada un tanto nostálgica y, asimismo una queja a aquello en vías de desaparecer. O refiere también  a ciertas imágenes que rompen esa homogeneidad del espacio urbano, lo que se puede analogar con la crítica a ciertos discursos hegemónicos en torno a la modernidad de la ciudad y esa visión que exalta el progreso y lo moderno de Santiago.

La poesía de Carrasco sin duda obliga a nosotros lectores a detenernos y tal vez leer en voz alta este conjuro, estos poemas que se enmarcan en la estética particular que propone el poeta. Así por ejemplo en “Dr. Paterson”, poema que aluda al poeta norteamericano Williams Carlos Williams, cuya voz resuena a lo largo de todo el libro. Aquí se solicita que “opere” al poeta, y su poema: “escribe lo tuyo, corta los versos / donde te parezca”. El poeta como un fotógrafo o documentalista, que huye con su hijo, su planta, su poema, como se propone en la última sección del libro “Imagen y semejanza”.

Otros rasgos de poética se encuentran en el poema “Pere Lachaise”: “bañarse / en el poema, /ser un clavadista / en sus aguas”. Como Ginsberg, Carrasco medita y se baña en el poema: nosotros lectores dejamos que nos llegue un poco del agua con que se riega a la ruda.

 

Ruda

Germán Carrasco
Santiago, Cuatro Propio, 2010

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