Revista Intemperie

La ley de Snell: teoría y poesía de Leonardo Sanhueza

Por: Juan Manuel Silva Barandica
la ley de snell 2

Juan Manuel Silva piensa que Sanhueza se distancia de su anterior poesía en su premiado último libro, y aborda ahora con escepticismo el problema de la representación poética. 

 

Proyectos culturales o simplemente proyectos, estéticos, literarios: poéticas que la imaginación creadora –el oficio– dispone, así como los lectores prevenidos y desprevenidos suponen, digamos, una arquitectura previa a la producción. A pesar de estos atolladeros iniciales, podemos seguir pensando que los libros proponen poéticas, aunque con el cuidado que requiere afirmarlo. En el caso de Leonardo Sanhueza el despliegue de una idea articulante, una conciencia que hila los poemas entre diferentes texturas y tonos, si bien no es clara, está presente. Como presente es en nuestro tiempo la necia voluntad de hacer patente que el productor del discurso poético conoce y se apropia del inexacto acervo –lo que botó la ola– de la filosofía europea, filtrada, por cierto, por el desarrollo editorial y el predominio de la academia norteamericana.  En ese sentido, que desde el título La ley de Snell (Tácitas, 2010. Premio de la Crítica al mejor libro de poesía 2010), proponga tácitamente el problema de la representación moderna a través del cruce de discursos científicos e históricos, y que una de sus preocupaciones centrales sea precisamente la alteración en el modo de presentar la realidad, nos devuelve a ese momento inicial y vanguardista –al menos tópicamente- en que se buscaba suspender el continuo del discurso comercial y comunicativo.

Como plantea el primer poema del libro, la aberración visual, provocada por el tránsito de la luz por el agua u otra materia traslúcida, es la violencia ejercida tanto por el discurso del espíritu (arte) como de la ciencia. Aura y técnica se reúnen, dialogan, para resituar el ejercicio escritural desde una civilidad en la que el personaje del autor, el alto vuelo lírico y la chapucería del más allá se aproximan y se sitúan en lo cotidiano, transformando la realidad desde los fallos de la razón y la intuición. Sanhueza despliega en este libro la experiencia de la visión ahuyentando los fantasmas de vates y profetas: lo visto se deforma también por el paso del tiempo, el cambio de lenguaje y la conciencia; la razón exhibe su doble militancia como tara y agente liberador, revelando con este ingenio ciertos lugares comunes de la convencional.

Si en un principio el libro muestra una inteligencia que tiende a la prosa, la naturalidad que tiene el sonido de los versos así como las imágenes, luego de una interpretación reposada, entregan al lector la experiencia de una poesía que no busca elevarse ni hundirse en la oscuridad de la expresión atosigada de la ciudad. En efecto, este es tanto un libro de ciudad como un libro de tránsito, situado entre un pasado –que halla su correlato en la poesía geográfica chilena, en esa vida desaparecida y aún centelleante en la memoria–  y el fallido discurso del progreso. Sin embargo, Sanhueza no depende del larismo ni de la vindicación de un origen. Libre, como esa idea de la representación esgrimida –en la que la realidad se refracta y refleja–, la infinitud a la que nos retrotrae la imagen del pavo real –figura del libro y el mundo–, aparece para dar cuenta de que el ejercicio de crear y leer son mudables, siendo la creación misma un civil acto lector, una interpretación:

“El arcoíris también: míralo / según lo estudió Descartes / haciendo pasar un rayo de luz / a través de una esfera con agua / para saber qué le sucede al sol / cuando cruza una gota de lluvia / y se desintegra  en un curioso abanico / símbolo  de la esperanza y de las fantasías / que surgen de las peores calamidades / como la mano del brazo inútil /o la cola, inexplicable, del pavo real”

Sanhueza dispone la referencia a la poesía de Chile y América cuidadosamente, con una serenidad llena de respeto aunque no exenta de chasconeo. Se detecta así la simulación borgeana de la simultaneidad (‘El cuento de los mil finales’), el huidobriano choque de modernidad y naturaleza en su apacible estado salvaje (‘Automovil’), el orden del mundo y la ficción artística en la imagen de las manzanas teillierianas (‘Topless’) y también el tópico de la avaricia quevediano (‘Jaguar, Mustang, etc.’). También se esgrimen menciones a Carroll y Kavafis, aunque el libro no se cifra en la cita y el mapa de lecturas, por el contrario, la aparición del culto a los libros pareciera ser otro obstáculo, otra deformación de la lengua que quiere asir las cosas vistas.

Más allá de esto, Sanhueza recolecta retazos, esquirlas que reúnen, sin una lógica aparente, amigos, barrios, juguetes, plantas, animales y familia en el brillo de la trucha arcoíris saltando del río. El breve resplandor de la imagen que fantasmática aparece y desaparece, además de suspender su presencia efectiva y testimonial en el poema, revela otra aberración, esta es la del paso del tiempo por la memoria y la actividad arbitraria que reúne los restos de una arquitectura ya inhabitable.

Sentirse único (‘Records’) no hace más que parodiar el genio romántico, la unión de alma y materia en el lenguaje. El sujeto moderno es arrojado a la exterioridad y en tal afuera cada reconocimiento es un simulacro, una falsa reunión. A raíz de esto, los poemas se suman como chispazos de una poética del errar y de la falsía de la impresión representable. Hiatos, yerros, ausencias que se apilan residuales como palabras y conceptos en la cabeza de un hombre maduro, problematizando el mismo oficio de poeta como óbice al momento de presentar figuras, recuerdos e, incluso, los fracasos implicados en la tarea del decir.

La no pertenencia, el exilio del vitalismo y un cierto tono escéptico e irónico marcan la escritura de este libro de Leonardo Sanhueza, quien, distanciado de su primera poesía como de sus experiencias formativas, no deja de representarlas y pensarlas, aunque cautivo de una reflexión que deforma su propia coherencia. Al cabo, pedir coherencia en poesía es materia de obispos y feligreses.

Hay un desplazamiento del biografismo, del imperio del yo, para privilegiar una suerte de sentido común a la hora de entender los mecanismos que hacen funcionar la maquinaria de los convencionalismos. La insistencia en revertir aquellas cuestiones obvias, así como cotidianizar aquellas aparentemente extrañas y alejadas, refleja la idea de una poesía que resiste y adscribe a los fracasos de la modernidad para hacerse parte de la vida de las grandes ciudades y sus promesas incumplidas. Una poesía que acompaña la fugacidad e intrascendencia de las presencias y fenómenos, entrometiéndose, o bien entrando en los intersticios de cada relación arbitraria y aceptada, como en el poema “Chanson” que muestra la intimidad de la lectura y el sexo, anulando las analogías preestablecidas entre la luna, la noche, la cópula y la tradición poética occidental, al detenerse en el punto en que estas cuatro capas de significación se encuentran y dejan de significar aquello que la tradición  sugería.

 

La ley de Snell

Leonardo Sanhueza
Santiago, Ediciones Tácitas, 2011

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