Revista Intemperie

El arte de mantener al lector en la espera, y en la espera, y en la espera…

Por: Héctor Rojas Pérez
el hombre blando 2

Como un buen relato policial comienza El Hombre Blando de Gregory Cohen, pero al poco andar se convierte en una historia evidente que mantiene a los lectores en una tediosa espera.

 

Comenzar a leer El Hombre Blando de Gregory Cohen es el equivalente a un encuentro en la vía pública, una situación emocionante que necesariamente perdura poco tiempo, y es que el texto nos ofrece un inicio donde se derrocha el impacto del que el resto del libro carece. Comenzar la historia señalando que “Hace nueve meses me enteré por el diario que maté a mi mujer y a mis cuatro hijos”, es una propuesta equivalente al inicio de El Túnel de Ernesto Sábato, en cuanto a la conciencia retrospectiva, con la diferencia de que el personaje de Sábato enuncia los acontecimientos de los que tiene certeza, mientras que Alex Barco García, el protagonista de la novela de Cohen, menciona los hechos que él mismo no se explica. En ese caso incluso el inicio de Cohen me podría llegar a resultar más atractivo, precisamente por la incertidumbre de la situación en la que debieron ocurrir las cosas, tanto así que a través del diario el personaje se entera del parricidio múltiple que llevó a cabo. Hasta ese momento la posibilidad de resolver el enigma que los lectores compartimos con el personaje es una sana  y atractiva invitación a la búsqueda y la lectura detectivesca, tal como ocurre en el género policial. Sin embargo, esta es una invitación que al poco andar se desploma, en la medida en que la construcción narrativa carece de espacios vacíos donde el lector se sumerja en una búsqueda de posibles hipótesis que resuelvan el enigma planteado sobre el asesinato. El enigma no tarda muchas páginas en desarticularse, en dejar de ser un misterio, transformándose simplemente en información reservada para otro momento de la historia. Sabemos pronto que no han muerto y que más adelante aparecerán. La verdad es que uno mantiene la esperanza de que la narración de un giro a traición de lo enunciado, que se desarticulen las suposiciones que hemos sostenido, pero no sucede así y todo lo que se intuía,, llega, volviendo la lectura una crónica profundamente extendida a la espera de que el texto acabe.

Lamentablemente la tensión del relato se destensa tan prontamente, que el libro se disuelve en las manos del lector en la mitad, donde todo rastro del enigma inicial desaparece y apenas se vislumbra a un personaje retorciéndose en su condición de blando desde ese momento y hasta el fin, condición blanda, que tal como el personaje señala de sí mismo, equivale a la carencia de fuerzas para moverse y tomar decisiones, además de ser el inevitable reflejo de un estado narrativo. En esa condición, El Hombre Blando no es una novela, es dos novelas en cuanto a sus dos mitades, pero ninguna de estas es una novela en sí ni tampoco en su conjunto; no hay una construcción literaria, solo un relato. No es casual mencionar el concepto de relato para reemplazar a novela en este caso. Uso este término porque tiene que ver con la aparición de los lectores-espectadores, que sin poder apropiarse del texto, solo pueden conformarse con presenciar la entrega -lenta- de información. Y me parece una habilidad lograr que 137 páginas parezcan tan extensas.

En El Hombre Blando hay un narrador que no participa pero que sabe mucho, también hay personajes que reflexionan sobre lo que sienten y lo que dicen, así como breves diálogos, todos ellos montados en vueltas circulares. Tenemos todas las perspectivas que necesitamos y más “- Alguien estuvo aquí- respondí con una postura inaudita, distante de mí”. Puede verse cómo el personaje participa en un diálogo, pero además lo comenta extensamente. Cuando esto es reiterado, y lo es, el texto se vuelve lento y casi nula la posibilidad de imaginar las situaciones. En definitiva, se modela tanto la lectura posible para transformarlo en una secuencia establecida de cómo ocurre lo contado, que el espectador que lee solo puede recibir las indicaciones. Seguramente se ha dicho tantas veces que en Chile somos malos lectores, que Gregory Cohen llegó a desconfiar de nosotros y decidió entregarnos una novela repleta de guiños sobre qué entender en cada momento.

 

El hombre blando

Gregory Cohen
Santiago, Desatanudos, 2011

3 Comentarios

  1. Alejandro Domínguez dice:

    Estimado y atento crítico. Su nivel de comprensión de la novela deja mucho que desear. Muuuucho que deseaaar! ¿Usted acaso, atento crítico, terminó de leer realmente este libro? ¿Cómo es que afirme cosas que no están y lo haya entendido tan mal? Por qué entendió que la familia aparece hacia el final de la novela? No será que la novela es más exigente de lo que usted cree. Se dio cuenta de que el narrador tiene un estado alterado y no hay que creerle a pie juntillas todo lo que dice, por esto mismo es que es una novela y no dos relatos. ¿Qué es o de lectores-espectadores? Le aconsejo volver a leerla con calma y con un poco de imaginación, y sacándose el traje de crítico que tan apretado le queda. Saludos cordiales,

  2. Héctor Rojas dice:

    Alejandro, en cuanto a la construcción narrativa del texto, efectivamente considero que le resta incertidumbre al comienzo de la historia, que se presenta de forma bastante prometedora como lo señalé antes. Hay veces donde la información que se entrega es excesiva. Por ejemplo

    En el fragmento anterior pueden verse los dichos del personaje y luego su reflexión sobre los mismos, que al ser una estrategia narrativa constante se vuelve tedioso. Como lector prefiero encontrar espacios para interpretar, y no solo ser un espectador a quien las mismas voces narrativas, sean o no cambiantes, le expliquen lo que está ocurriendo, es por lo mismo que no estoy de acuerdo en que la novela sea tan exigente como sugieres que es, sino más bien me parece lo contrario; de ahí el concepto de “lectores –espectadores”.
    Señalar que alguien no entendió una novela, o que la novela es muy exigente, es no hacerse cargo de la crítica, sea cual sea la razón de tu aprehensión con ella. Un libro debería poder defenderse por sí mismo.
    Sobre su opinión sobre mi comprensión lectora, su escepticismo de si terminé de leer el libro, o sobre si el “traje de crítico” me queda o no, no me referiré, porque considero que no es análisis crítico ni literario, sino un comentario personal. Sobre su invitación a releer el libro, la verdad es que por el momento opto por rechazarla, pues ya dediqué tiempo y atención a este texto, tiempo que ahora dedico a otros libros, sin embargo, se la agradezco.

  3. Dorys Zeballos dice:

    No experimenté esa tediosa espera de la que habla Héctor Rojas Pérez.

    “Pues le he oído contar a Manuel Machado, el poeta, el hermano de Antonio, que una vez que llevó a Don Eduardo Benot, para leérselo, un soneto que estaba en alejandrinos o no sé en qué otra forma heterodoxa. Se lo leyó y don Eduardo le dijo: “Pero ¡eso no es un soneto!…” “No señor -le contestó Machado-, no es un soneto, es sonite.” Pues así es como mi novela no va a ser novela sino… ¿cómo dije?, navilo…,nebulo, no , no, nivola , eso, ¡nivola! Así nadie tendrá derecho a decir que deroga las leyes de su género…Invento el género e inventar un género no es más que darle un nombre nuevo, y le doy las leyes que me place.” Miguel de Unamuno en su novela-nivola “Niebla”.

    ¿Se puede todavía en el siglo XXI argumentar con tan viejas ideas ya escritas en el siglo XVIII contra Sterne, Diderot, y más tarde contra tantos otros: Gide, Emond,Unamuno en la inútil defensa de un “género novela” que lo único que ha hecho desde que apareció es metamorfosearse una y otra vez?

    “Toda teoría es gris, querido amigo, y verde es el dorado árbol de la vida.” Goethe

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