Revista Intemperie

El dolor de la manada

Por: Lorena Amaro

En su último libro de cuentos Alejandra Costamagna logra revelar la monstruosidad sublime que se oculta en cada ser humano, opina una entusiasmada Lorena Amaro.

 

Nada de domésticos tienen los animales imaginados por Alejandra Costamagna: el título parece aludir, más que al acariciable gato de la portada, a los otros: los dueños, que en la mayoría de los once cuentos que conforman este volumen, son hijos o huérfanos de familias en que las buenas maneras esconden algo bárbaro y destemplado. Las estampas domésticas se ven intervenidas por la irrupción de la manada, también de la jauría, por nómades, solitarios que no encajan en los relatos que la idealidad del amor, la maternidad o la fraternidad asignaron para ellos.

Costamagna es una cuentista con algo más que oficio; corre la carrera corta con inteligencia, anudando la simbólica aparición de loros muertos, gatos enjaulados y perras perdidas, con las tragedias que coronan casi la mayoría de los relatos, en que abundan las enfermedades y los pasillos y salas de espera hospitalarios. El cáncer, la enfermedad del cangrejo, es la que aparece con más frecuencia. Heridos, los animales se hacen casi humanos —“Isidora recogió las motas de algodón con sangre de la alfombra y pensó que a su gato le compraría un gorrito para que no se viera tan ridículo ni pasara frío”— y las personas devienen animales —“la madre emite una queja que es como el lamento de un animal dando a luz”—.

El cuento con que abre el volumen, “Yo, Claudio”, sugiere ya varios de los elementos recurrentes en estos relatos. La alusión a la famosa serie de la BBC, inspirada en la novela de Robert Graves, es un chiste: Claudio conoce en un cine a una singular joven que se llama Claudia y el título del cuento se debe a este alcance de los nombres, al espejeo de estos dos personajes que se conocen viendo Alien. Tanto el emperador romano como el engendro de H. G. Giger grafican la alteridad monstruosa, que aparecerá a lo largo de todo el volumen, por ejemplo en “Pelos”, en que una antigua ministra de la dictadura, convertida en una especie de fenómeno de circo, acude a un salón de belleza para depilarse.

Uno de los muchos logros del libro consiste en presentar a esos “otros” (no siempre evidentes) a partir de historias en que también son importantes las identificaciones que establecen los personajes, los relampagueos de la semejanza. Así ocurre por ejemplo con las dos hermanas de un cuento angustioso y bello, “Imposible salir de la Tierra”, a mi modo de ver el mejor de la colección: “Una estaba dormida y la otra despierta, y si la primera entraba en la fase cataléptica, como le llamaban ellas a ese estado en que podían escuchar e incluso ver todo pero no emitir sonidos ni movimientos corporales; en esa fase de suspensión vital, de borrado, la que estaba en apariencia dormida ponía toda su energía en mover un dedo, apenas un guiño en la parálisis del cuerpo, de la manera que la segunda pudiera sacudirla a tiempo y salvarla de la pesadilla. Solían dormir tomadas de la mano”. Su historia es laberíntica; una trágica versión de los gemelos divinos: “Julia no llegará a los veinte años y su hermana se va a quedar sola como una ramita de bambú”. Esta última alusión envía a otra alteridad radical, que ocupa un lugar en varios de los cuentos: Japón y las películas de “terror atómico” que escribe la muchacha con “cara de japonesa” de “Yo, Claudio”. Japón catastrófico en que se desarrollará la acción de otro cuento interesante, “La epidemia de Traiguén” y que aparecerá televisado, también, en “Imposible salir de la Tierra”. En estos dos últimos cuentos, por cierto, se advierten ciertos diálogos con las ficciones bolañeanas: la inminencia de la muerte, su trazado amenazante, el silencio de un bebé “zen” en el asiento trasero del auto, que leo como un homenaje.

Los textos de Costamagna son tragedias muy contenidas, que estallan en el lector. La violenta aniquilación de estos mundos personales, privados, en que es principalmente el lugar de los hijos el que despunta y a la vez tambalea, se encuentra en consonancia con otras narrativas recientes que procuran entender, desde el relato de infancia y sus perplejidades, los desmoronamientos vivenciados por la sociedad chilena en las últimas cuatro décadas. Esto es así principalmente en “Nadie nunca se acostumbra”, historia focalizada en la experiencia de una niña de doce años, alejada de su madre y en el umbral de una nueva conciencia, en que la historia política, contada en sordina, conduce a un complejo intríngulis familiar. Sus protagonistas acabarán espacial y afectivamente desbandados. Y hay aquí algo muy interesante, que se le agradece al obsesivo trabajo de Costamagna: mientras la domesticidad de los animales nos hace pensar en una vida acomodada a las normas familiares o en la lógica del rebaño, supeditado a una figura de autoridad, jerárquica y ordenadora —su pastor—, irónicamente nos pone de frente a una zooliteratura de las manadas, en que las familias se dispersan y los seres devienen animales o humanos por causa de la enfermedad, el deseo, la muerte. Aquí. En Japón. En un pueblo argentino.

En el último cuento mencionado, con que cierra el libro, la contabilidad de perros guachos por parte de la niña forzada a viajar, a seguir viajando, acaba con el encuentro de una jauría, la que amenazará y finalmente destrozará su escuálido mundo, lo que resta del hogar y la infancia. El mundo de los otros animales, los animales domésticos que viven conflictivamente sus afectos, las amenazas de la vejez y la muerte; la familia como bestiario privilegiado en estas recomendables historias de  Alejandra Costamagna.

 

Animales domésticos

Alejandra Costamagna
Santiago, Random House Mondadori, 2011

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