Revista Intemperie

Un melodrama desértico

Por: Marco Quezada
tango en el desierto 2

Marco Quezada alaba la prosa de Tango en el desierto, de Hernán Valdés, pero crítica lo explícito de las referencias políticas.

 

Un desterrado político es arrojado a Antófaga (“la devoradora de flores”), ubicada en medio de un desértico paraje. Sin más que lo puesto, recibe una alentadora noticia: la más prominente de las habitantes de la ciudad tiene fundadas sospechas de que fuese su sobrino, y lo invita a su mansión para confirmarlo.

Este es, a grandes rasgos, el comienzo de Tango en el desierto (Alfaguara, 2010), la última entrega del chileno Hernán Valdés, autor de  Zoom (1971), Tejas verdes: diario de un campo de concentración en Chile (1974) y la autobiografía literaria Fantasmas literarios (2006). Pero éste, como decía, es solo el comienzo, a partir del cual se organiza el nudo de la trama: un melodrama delirante tejido por Cybeles, una mujer de pasado glamoroso y modales fascinantes, para seducir al indefenso desterrado y obligarlo a entrar a su pasivo séquito, el que integran, además del oficial Benavides, su propio esposo (el barón Von Floto, postrado en un rincón de la casa en una silla de ruedas y secundado por Frau Kapinski, su fiel escudera, y la única capaz de hacerle frente a los poderosos artilugios que desata, en su afán seductor, Cybeles).

Recurriendo a la lírica del tango, a anécdotas que involucran a los líderes políticos más connotados y sanguinarios de mediados del siglo XX, y a su fecundo talento narrativo (tan fecundo como el vientre de su personificación divina), Cybeles va encantado al desterrado hasta que, ya en su punto justo, le sugiere lo inevitable: “-¿Qué harías por mí?- sentí su aliento cálido sobre mi oído. -Cualquier cosa- dije atolondradamente, sintiéndome, mediante ella, todopoderoso”.

Lo interesante del modo en que se estructura esta trama, es que plantea una serie de analogías bien construidas. Cybeles se inserta en la tradición de las femme fatale -correlación evidente-, pero también en la de los personajes con un talento innato para narrar historias, para construir relatos dentro de la misma novela. En este sentido, es un acierto situar la acción en medio del desierto, pues esta novela toda es el desierto: Cybeles es capaz de crear tantos espejismos como la bruma calcinante de las dunas, pues nunca se señala con certeza que todo lo que sale de sus labios es verdad, ni siquiera su nombre o su condición de tía.

Pero también Tango en el desierto es toda tango, toda elegancia y contención ante un desborde inminente.  Así, la prosa de Valdés se mueve entre la aridez y rispidez desértica y sus seductoras metáforas, una prosa que cubre más de lo que revela, que en su hilar se hace manto más que ventana.

De ahí que el elemento que aparece menos consistente es el que hace referencia a lo político. Primero, por lo explícito de las referencias y la poca creatividad a la hora de poner el velo, por ejemplo, sobre los nombres de los líderes políticos seducidos por la voz y la presencia de Cybeles, perdiendo de ese modo el tono más lúdico que sugiere la representación en bronce de la Venus de Kalipygos, cuya postura “con la mano cruzada sobre el hombro opuesto para recoger por detrás el borde de la túnica, levantándola, mientras volvía la cabeza para admirar y dejar admirar así su gracioso trasero”, alude inevitablemente a la forma escritural de esta novela.

Y segundo, por la pasividad del desterrado frente al dilema de la ética en el arte que instala esta mujer con sus historias de seducción a Franco, a Perón o a Mussolini. Un cuestionamiento que, por ejemplo, Manuel Puig resuelve aludiendo al carácter de ficción de la trama de una película nazi en El beso de la mujer araña, otra novela que recurre al poderoso hechizo declamativo de uno de sus personajes, y frente a la cual Valentín, el preso político, expresa sus reparos solo en un comienzo.

Y es que hubiese bastado con esto, con una lógica resistencia, por mínima que fuera, luego de la experiencia política que implica un destierro. No resulta verosímil que todo se olvide tan rápidamente, y menos por obra y gracia de una mujer, aunque se trate de la mismísima Venus.

 

Tango en el desierto

Hernán Valdés
Santiago, Alfaguara, 2010

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