Revista Intemperie

Joyce Carol Oates: Memorias de una viuda

Por: Nicolás Poblete
Memorias de una Viuda

 

Memorias de una Viuda es el resultado en formato de libro que la escritora y académica estadounidense, Joyce Carol Oates, recientemente publicó. El relato surge de la experiencia que su título indica, una vez muerto su marido con el que vivió por casi medio siglo. El impacto de su muerte es vívidamente registrado en esta publicación, desde el momento en que la escritora lleva a su marido a la clínica, por un aparente resfrío cotidiano, hasta aproximadamente un año después del deceso. A pesar de que el marido no estaba enfermo y que la infección parecía controlada, una segunda infección dentro del hospital lo condujo a un estado crítico y en cosa de una semana el connotado editor había fallecido.

Este libro de más de cuatrocientas páginas contiene un año completo en términos de secuencia temporal, pero lo que leemos son realmente páginas del diario de la escritora, notas tomadas a altas horas de la noche, en un estado febril e insomne, donde la escritura parece ser absolutamente irrelevante e imposible de concretar. Estos “apuntes” recuerdan la estructura del Walden, de Henry David Thoreau, una unión de fragmentos transformados en un libro. Así, los párrafos tienen un tono íntimo, revelatorio y directo, esbozados con absoluta franqueza y crudeza. La autora no se vale, evidentemente, de ninguna estrategia narrativa para enfrentar su testimonio, pues, dice, la honestidad es la premisa en un libro de este tipo. No hay sentido en una memoria que no sea genuina, y sin embargo, reconoce que escribirla es una forma de ver qué se puede obtener a través del fenómeno del dolor, de la pena. Así y todo, Oates admite dudar de cualquier valor interno que pueda hallarse en este dolor, y, si es que lo hay, si algún tipo de sabiduría surge de la experiencia terrible que implica una pérdida de este calibre, se trata de una sabiduría de la que muy bien podríamos prescindir.

Las prístinas páginas de Memorias están plagadas de reflexiones en torno a la muerte, la pérdida, el dolor, la identidad, la personalidad, y recurrentemente, vemos a la escritora repasando lecturas, citando a otros autores, evocando frases de filósofos que ella ha estudiado con dedicación (Spinoza, “todas las criaturas anhelan persistir en un ser”; Pascal, en sus Pensamientos: “navegamos dentro de una vasta esfera, siempre arrojados a la incertidumbre, conducidos de principio a fin… el suelo entero se resquebraja y la tierra se abre hacia abismos”), pero también de sus acompañantes literarios.

En sus visitas al hospital Oates recuerda a Thomas Mann, La Montaña Mágica, donde el joven Hans Castorp llega de visita al sanatorio de tuberculosos en Davos, en los Alpes Suizos, una década antes del inicio de la Primera Guerra Mundial, y, como en el hechizo de un cuento de hadas, permanece allí por siete años. En este sentido, lejos de ser una memoria quejumbrosa o autocomplaciente, este libro es un documento relevante que, de pasada, agrupa a una serie de autores cruciales de la cultura norteamericana y universal. La autora repasa una y otra vez lecturas que la secundan en su delirio: Emily Dickinson, Sylvia Plath, Anne Sexton y Mariane Moore (“La cura para el abandono es la misma soledad”, señala esta última) son observadas de cerca en su peregrinaje, tanto en sus obras como en sus intensas vidas marcadas por tragedias. Las Metamorfosis de Ovidio, los sonetos y obras de Shakespeare (evoca a Hamlet: “Cuan pesaroso, añejo, plano e improductivo, me parecen los usos de este mundo”), Ralph Waldo Emerson, Herman Melville, entre muchos otros, transitan por las páginas de Memorias.

Sin embargo lo que más impera en estas memorias son noches de insomnio y reflexión, lecturas, apuntes traspasados a hojas y trozos de papel, y televisión; allí está la viuda en su “nido”, como llama a su cama a la cual parece convocada como por una droga, repasando segmentos de “Leaving Las Vegas”, la película protagonizada por un alcoholizado Nicolas Cage, con quien comienza a identificarse en su proceso (irrevocable, inevitable) autodestructivo, ese horror vacui que aterraba a los egipcios. La viuda acumula pastillas para un posible suicidio. Pero luego resurge con una  autocrítica por lo que considera narcisismo, “¿acaso yo soy la primera en perder a alguien?” En este estado donde el tiempo se distorsiona (la muerte del marido la recuerda hace muchísimo tiempo, y, a la vez, hace pocos instantes), una serie de amistades la mantienen activa; hay varios pasajes con referencias a Edmund White, Philip Roth y otras figuras literarias actuales.

El mérito de esta memoria radica en su capacidad de mezclar reflexiones de alto vuelo intelectual, con lo burdo, cotidiano y grosero que puede ser (que es) estar en el centro de la pérdida. Cuando la recién viuda le pregunta a la funcionaria de la clínica si le puede facilitar algún dato, algún teléfono de una casa funeraria, la respuesta es: No tengo idea, busque en las páginas amarillas. De este modo, presenciamos el lado (tragi)cómico, el lado grotesco que debe enfrentar la viuda. Aquí no encontramos la elegía de Joan Didion en El año del Pensamiento Mágico, que en el 2006 ganó el National Book Award, y que también revive la súbita muerte de su marido. Más bien, vemos a la viuda lidiando con contenedores de basura en perpetuo reciclaje, en una casa siendo avasallada por el sinsentido y la soledad, en el jardín (patrimonio del marido) siendo aniquilado por el invierno y la falta de cuidado, en la distancia que mantienen los gatos que culpan a la viuda por haber hecho desaparecer a quien los alimentaba. Uno de ellos incluso muere en sus brazos, en lo que parece ser un suicidio animal. Vemos que la protagonista está cerca de un límite; en varias oportunidades reconoce llamar a su propia casa desde otros lugares solo para escuchar la voz del difunto aún en el contestador telefónico. Se niega a borrar el mensaje en el teléfono y se ancla a esa voz grabada como última posibilidad de interlocución.

Un dejo de locura parece invadir la atmósfera. La viuda se encuentra, frecuentemente, hablando consigo misma, establece animadas conversaciones sin aparente interlocutor, mientras maneja su auto, cuestionándose una y otra vez en voz alta, su culpa: mientras yo dormía, mi marido estaba muriendo. En este ambiente transcurre su duelo, que se debate entre morir o persistir, analizando ambas opciones como absurdo. En su estado, impulsos suicidas la acechan. Apunta que Nietzsche dijo que pensar en el suicidio puede hacerte pasar más de una noche eterna, y, sin embargo, cualquier acto de la viuda es una alternativa, ridícula, ingenua, fútil, al suicidio. En un momento clave, sus ojos empiezan a vislumbrar una criatura con forma de reptil, una lagartija que observa en los bordes de su visión, con ojos como cuentas, esperando con paciencia el momento de debilidad, y que se burla: “Extínguete… hipócrita; siempre pensando en ti misma… hipócrita”.

La viuda es ese ser que se encuentra a merced de una serie de iluminaciones que la avasallan, introspecciones que resultan reveladoras; en el hospital se percata de lo que denomina “contenedores”, estos depósitos o lagunas de memoria que acechan en lugares intempestivos y que es necesario evitar. Son charcos cuasi magnéticos que yacen bajo los pies, peligrosos como ácido. Están en los lugares más inusitados, en las esquinas de algún pasillo, en las sombras. En escaleras. Ascensores. En la tienda de regalos del hospital, en los baños. Bajo sillas. “Es posible que lágrimas reales hayan manchado los suelos de azulejos, empapado las alfombras, lágrimas que jamás se podrán limpiar, remover… Y en todas partes el olor de la melancolía, que es el olor mismo de la memoria”.

Otra revelación (tanto para la autora como para quien lee este libro) es el hallazgo de la novela inédita del difunto marido. La viuda tiene en sus manos el manuscrito inédito (incompleto) y teme leerlo, pero finalmente lo hace. Esta actividad es acompañada por la convicción de que realmente no ha conocido completamente a su marido, de que es imposible conocer a (los) otro(s), pues, adicionalmente, “una parte de nosotros muere con ellos a quienes queremos, es enterrada con ellos o transformada en cenizas”. Oates parece confirmar la postura de William James, para quien somos una multiplicidad de personalidades; somos alguien distinto dependiendo de quien esté frente a nosotros. Cuando le preguntan: “¿Cómo estás?”, la viuda piensa que lo lógico sería responder: “¿Cómo te parezco? Así es como estoy”.

 

Memorias de una viuda

Joyce Carol Oates
Madrid, Alfaguara, 2011

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