Revista Intemperie

Formas de volver a casa: una escritura necesaria

Por: Natalia García

Alejandro Zambra recupera la vivencia de la infancia en tiempos de dictadura en una novela que es, según Natalia García, un ajuste de cuentas de toda una generación.

 

Para hablar de Formas de volver a casa (Anagrama, 2011), me resulta difícil no hablar de mí misma. Y es que se trata de una forma de relacionarse con la literatura que se da en una intimidad muy profunda: aquella que creemos haber perdido al no poder compartirla ya con nadie, pero que vislumbramos en el encuentro de ciertos textos. Una sensación que definí alguna vez, tratando de explicar por qué me gustaba una autora, como una “alegría llorosa”. Cercana, por cierto, a la melancolía, pero que se da solo en la suspensión que produce la lectura y el reconocimiento en algunas palabras que dicen exactamente aquello que necesitamos decir. Esa experiencia, exclusiva de la lectura, me parece el punto de partida de la escritura de esta novela. Una escritura que busca, como espejo distorsionado de la lectura, una explicación de la experiencia y de la identidad.

Formas de volver a casa habla de la necesidad de escribir y de la inutilidad de hacerlo, del anverso y del reverso, de la necesidad de la literatura y de aquello que no es tema de la literatura. Habla de la dictadura, pero no de los protagonistas, sino de  quienes creían que no tenían nada que decir. Personajes anónimos que no fueron  héroes, ni opositores, ni simpatizantes y de aquellos todavía más anónimos: sus hijos. “Recuerdo haber pensado, sin orgullo y sin autocompasión, que yo no era ni rico ni pobre, que no era bueno ni malo. Pero era difícil ser eso: ni bueno ni malo. Me parecía que eso era, en el fondo, ser malo”. El narrador que creía que “no tenía verdaderos recuerdos de infancia”, despliega una historia que solo es posible escribiéndola.

La historia se construye sobre el recuerdo de la infancia en Maipú, en  una villa  para “familias sin historia”. Una familia de clase media a la que el narrador vuelve buscando orígenes, recuerdos perdidos, rastros de identidad. La memoria permite ese regreso a casa y a la mirada de un niño: sus padres, el paisaje, una amiga, la política: “En cuanto a Pinochet, para mí era un personaje de la televisión que conducía un programa sin horario fijo, y lo odiaba por eso, por las aburridas cadenas nacionales que interrumpían la programación en las mejores partes”. Ese es tal vez uno de los aspectos más logrados de la novela: la evocación de los sentimientos y percepciones de la niñez y el paulatino desarrollo de esa mirada hacia la del adulto que prefigura. Es decir, la continuidad de la identidad en el tránsito de vida del narrador. “Me asombra la facilidad con que olvidamos lo que sentíamos, lo que queríamos. La rapidez con que asumimos que ahora deseamos o sentimos algo distinto”. De ahí la necesidad de volver a casa una y otra vez, y figuradamente, a la memoria. El camino, naturalmente, la literatura.

Para el narrador es inevitable la escritura, así como contar su propia historia. Esto, sin embargo, no aparece como problema, sino como un asunto resuelto. No extraña por ello la referencia a “el comienzo bellísimo de Léxico Familiar, la novela de Natalia Ginzburg: ‘Todos los lugares, hechos y personas que aparecen en este libro son reales. Nada es ficticio. Siempre que, debido a mi costumbre de novelista, inventaba algo, me sentía obligada a destruirlo’”. La literatura o la ficción no son problema porque no son pregunta, esa interrogante se ha desplazado hacia la escritura, su función y su necesidad.

Formas de volver a casa es un hermoso y necesario relato protagonizado por un personaje secundario, un personaje perdido, como lo fuimos todos quienes no habíamos nacido para el Golpe y crecimos en el Chile de los 80. Ni protestamos mucho, ni participamos mucho. Oíamos y observábamos una historia que no era la nuestra. Este es el ajuste de cuentas.

 

Formas de volver a casa

Alejandro Zambra
Anagrama, 2011

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