Revista Intemperie

Indescifrable y envolvente

Por: Francisco Díaz Klaassen

En la primera crítica publicada de Rockabilly, Francisco Díaz disecta en su estilo propio la estrambótica obra de Mike Wilson, inclasificable y por lo mismo fascinante.

 

Algo raro me pasa con Rockabilly (Alfaguara, 2011), la tercera novela del escritor chileno Mike Wilson. El libro me parece muy bueno —sé que es muy bueno—, fascinante por muchas razones, y sin embargo, a la hora de intentar explicar por qué me parece tan bueno, es como si me quedara en blanco. Lo he recomendado fervorosamente desde el momento en que lo leí, pero cuando lo hago termino diciendo cosas tan vagas como que está bien escrito, que se lee muy rápido (de una sentada, digamos, cosa que es cierta), que los personajes están muy bien construidos o que es un libro muy visual.

Pero sé que no se trata sólo de eso.

La premisa de Rockabilly, tal vez una de las más interesantes que se hayan presentado al mercado local en los últimos años, es la siguiente: durante una cálida noche primaveral, en un suburbio de clase media, algo cae del cielo y se aloja en el patio del sujeto que da nombre al libro. A partir de entonces, una “voluntad misteriosa” se apodera de él y de otros tres personajes. Ninguno de ellos se cuestiona esta voluntad: no lo hace Rockabilly, que cava toda la noche en busca del meteorito; ni lo hace Suicide Girl, la adolescente virgen que lo mira cavar y de repente —sin razón aparente— comienza a lactar; ni tampoco Bones, el perro que se vuelve consciente por una noche; mucho menos Babyface, el bebé de 43 años que siente un ansia irrefrenable de matar. Esta voluntad, además de hermanarlos a todos ellos (hay una lógica grotesca en la relación que construyen los unos con los otros, tan atrayente como perturbadora), les da paz, porque es una especie de escape de sus presentes incómodos; así que se abandonan a ella fascinados, como si sintieran un placer morboso al hacerlo, un placer que de alguna manera es el mismo que siente uno como lector al empezar a vislumbrar hacia dónde se dirige la trama y el lugar en el que habrán de confluir los personajes.

Los protagonistas de esta novela son tan desquiciados como geniales. Esto no resulta tan sorprendente si consideramos que provienen del imaginario de quien ya pobló sus libros anteriores con un boxeador que prorrumpe en sollozos en la mitad de un combate, un refrigerador parlante y un grupo de adolescentes huérfanos adictos al meth (y adoradores de Cthulu) que parecen estar sacados de una suerte de versión post-apocalíptica de El señor de las moscas, y cuyo líder, cual Darkman del siglo XXI, tiene la cara “derretida”.

Tampoco es la primera vez que Wilson ocupa como telón de fondo un suburbio (o, más específicamente, la desolación suburbana). Ya lo había hecho directamente en Zombie, una novela en la que lo único que ha sobrevivido al fin del mundo es un barrio de clase alta (también en El púgil, donde, si bien no había suburbios per se, se anunciaba la idea de que en cada esquina, en cada casa, puede esconderse algo o alguien inquietante). La diferencia es que mientras en la novela anterior el suburbio era un esqueleto muerto que traía consigo el eco de una existencia vacía, en Rockabilly el suburbio tiene un latido propio, se presenta vivo, en su máxima expresión (incluso cuenta con la presencia de un Wal-Mart que parece hacer las veces de iglesia, erigiéndose como el centro neurálgico de la comunidad, al que terminan yendo sin falta todos los fieles). Las casas son aquí cuevas donde los engendros que las habitan se van a esconder de un mundo al que no consiguen pertenecer, que en cierta manera los ha expulsado.

Otro de los elementos recurrentes en la ficción de Wilson es el voyerismo. En El púgil, una ampolleta de emergencia de un ascensor empieza a emitir de repente una luz roja, intensa. Luego retumba en el habitáculo la voz del refrigerador, Hal, que se dirige al protagonista para darle direcciones, dando la sensación de que siempre lo ha estado observando, que puede observarlo todo. En Zombie, Frosty, el dealer del suburbio, se sube a un techo y observa los últimos instantes de una paradoja (la vida después del fin del mundo) a la que él mismo pondrá término por medio de una ojiva nuclear. Wilson parece burlarse de esta imagen en Rockabilly, y la repite, con la diferencia de que en vez de Frosty, el que lo observa todo es Bones, el perro. Hay un mensaje aquí, creo: el refrigerador que todo lo ve, el adolescente que lo destruirá todo… En cierto sentido estos dos personajes (Hal y Frosty) son los dioses de los libros de Wilson, los que todo lo ven y todo lo saben, y juegan con el destino de sus subalternos (Art y los habitantes de La Avellana, respectivamente); el hecho de que en Rockabilly el que todo lo ve sea un perro —que más encima sólo es capaz de ser consciente por una noche— parece subrayar el absurdo en el que están insertados los personajes del libro. También confirma, de paso, que esta novela es al mismo tiempo la más oscura y la más graciosa de las que ha escrito Wilson. Como botón de muestra, baste mencionar que la banda sonora de este mundo poblado por seres solitarios y extraños la ponen los Carpenters, y trae consigo la idea de que es un grupo que todos queremos odiar sin conseguirlo.

Pero, si bien hay elementos en común entre los libros anteriores de Wilson y éste, lo cierto es que Rockabilly se desmarca de ellos en cuanto al tono. El autor deja atrás aquí la nostalgia que caracteriza tanto a El púgil como a Zombie, y se abandona a una velocidad frenética, a la acción pura y perturbadora que está anclada en un presente trascendente (de hecho, apenas si tienen pasado, los personajes, y tampoco futuro, narrativamente hablando). Es precisamente en términos de la acción que sobresale una de las características más notables de este libro: el virtuosismo narrativo del que hace gala su autor. Wilson construye y distribuye las piezas que forman el libro (la acción, sobre todo, pero también la configuración misma de los personajes, de las distintas voces a través de las cuales se presenta la historia) de tal manera que parecen encajar perfectamente, como si todo el libro fuera un cubo de Rubik que (casi) termina de ordenarse para el momento en el que llegamos a la última página (pero en el que algo no parece estar bien, no cuajar o calzar del todo).

Al final de estas disquisiciones, sin embargo, me quedo con la idea inicial, con la idea de que lo que hace a Rockabilly una novela tan buena —una de sus mayores gracias, uno de sus mayores encantos— es lo raro que es el libro, lo inclasificable que resulta (ni libro de terror, ni de ciencia ficción, ni thriller, aun cuando es todas esas cosas), el hecho de que uno lo lee y no sabe qué decirse después de que lo leyó. No sabe qué pensar. Pero sabe que leyó algo bueno, algo muy bueno.

 

Rockabilly

Mike Wilson
Santiago, Editorial Alfaguara, 2011

Un comentario

  1. Carlos Calles dice:

    Francisco. Con la reseña me dieron ganas de leerla. Pero no se consigue por acá en México. A ver cómo le hago.
    Saludos.

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